La Guardia Civil mira hacia otro lado en Ceuta: ¿protocolo o falta de medios?
Un vídeo difundido en redes muestra a un hombre burlándose y amagando agresiones contra una pareja de guardias civiles en Ceuta. Los agentes permanecen impasibles. La escena ha reabierto la vieja pregunta: ¿cuánto margen de actuación tienen los agentes cuando el conflicto es a cara descubierta? Las respuestas dividen a los analistas entre los que exigen intervención inmediata y los que recuerdan que en las calles de Ceuta cada detenido son treinta minutos de zona desprotegida.
La primera corriente sostiene que la tolerancia con el provocador sienta un precedente peligroso. Si el mismo gesto lo hiciera un ciudadano español, argumentan, el desenlace habría sido otro: denuncia, calabozo y una jueza con los prejuicios de costumbre. La comparación apunta a una asimetría en el trato que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad dispensan según quién se dirija a ellas.
En el lado opuesto, la lectura táctica: con la presión migratoria actual en Ceuta y Melilla, los efectivos son insuficientes. Trasladar a un detenido al cuartelillo exige tiempo y personal del que no se dispone. “Por cada uno que se llevan, media hora de zona desprotegida”, resume un análisis. La contención no sería pasividad, sino cálculo.
La tercera corriente va más allá y carga contra la política de inmigración del Gobierno, al que acusan de haber puesto a los agentes en una posición inasumible. El “estado fallido” aparece como diagnóstico, aunque la etiqueta dice más del hartazgo que del diagnóstico.
Lo que descoloca no es la discusión, sino el dato: mientras no lleguen refuerzos, el umbral de tolerancia con la provocación seguirá siendo alto. Y la pregunta incómoda es si esa tolerancia se aplica con el mismo rasero a todos los ciudadanos.