Incursión armada en Bélgorod: la guerra cruza la frontera rusa
La madrugada del 12 de marzo, columnas de blindados cruzaron la frontera y entraron en territorio ruso por las regiones de Bélgorod y Kursk. No eran tropas ucranianas regulares. Según los vídeos difundidos por la Legión «Libertad de Rusia» y el «Batallón Siberiano», se trataba de unidades integradas por desertores capturados en el frente y emigrados rusos entrenados y equipados por Ucrania. La operación, que se presentó como un ataque contra la dictadura de Putin, se convirtió en el primer avance con equipo pesado de estas formaciones sobre su propio país.
El gobernador de Briansk anunció «medidas preventivas para evitar actos terroristas» y las explosiones se sucedieron en la región de Bélgorod mientras los combates seguían en curso. La incursión coincidía con la jornada electoral rusa, un detalle que no pasó desapercibido.
¿Cuánto duró la incursión en Bélgorod?
Doce horas. Menos, según algunos recuentos. Al final del día, según una versión difundida en el seguimiento del día, las tropas rusas habían repelido los ataques en varios sectores de la frontera estatal y las formaciones ucranianas se habían retirado a sus posiciones, dejando tras de sí un balance de bajas y vehículos destruidos.
Un recuento difundido en el seguimiento del día hablaba de 100 bajas y 6 vehículos destruidos, 5 de ellos tanques.
La comparación con el frente de Kúpiansk resultó inevitable. Un análisis que circuló esa misma noche señalaba que
los rusos libres habían hecho más en una noche que los rusos de Putin en un año en Sinkivka, a 10 kilómetros al norte de Kúpiansk. El contraste servía para contextualizar la magnitud del avance, pero también para relativizar el estancamiento en el frente oriental.
El batallón suicida y la financiación occidental
La lectura más crítica no tardó en aparecer.
¿Otro batallón suicida como los de Krinky para que no decaiga la financiación occidental?, se preguntaba una de las voces más escépticas del seguimiento. La tesis: operaciones de alto impacto mediático y bajo recorrido militar que sirven para mantener la atención y el flujo de dinero hacia Kiev.
En la misma línea, otro análisis recordaba que
estos cuerpos se integran por miles de desertores capturados en el frente y emigrados rusos entrenados y equipados por Ucrania. No era la primera incursión, pero sí la primera con una cantidad importante de equipo pesado. La pregunta implícita era si el objetivo era militar o narrativo.
Bakhmut, Adveeka y el problema de los escombros
La incursión reabrió el debate sobre la estrategia ucraniana.
Recuperar Bajmut y Adveeka no, pero hacer el subnormal en la frontera sí que lo hacen bien, resumía una postura. La respuesta no se hizo esperar:
de esos dos pueblos solo quedan escombros, y era mejor que siguieran los rusos entre los cascotes ahora que los ucranianos vuelven a tener munición de artillería.
El argumento de fondo era que avanzar en el este es muy difícil por las trincheras, las trampas y las minas preparadas durante meses. Una ofensiva dentro de territorio ruso, en cambio, se presentaba como más práctico.
Bélgorod y Kursk como compensación por la pérdida de los territorios del sur, llegó a plantearse.
Las elecciones rusas como telón de fondo
La coincidencia con los comicios añadía una capa de lectura política.
¿Llegaron a tiempo para votar por Navalny?, ironizaba una de las intervenciones. Otra apuntaba que
a ver si afecta algo a las elecciones y en vez de ganar Putin por un 80x100 gana por un 79x100.
El «Batallón Siberiano» también anunció su participación en la operación, presentada como una cita con las urnas muy particular. La Legión «Libertad de Rusia» lo dejó claro en su mensaje:
no solo soñamos, trabajamos duro para hacer realidad esos sueños.
El resultado: doce horas y un reguero de cadáveres
Al cierre de la jornada, el balance era ambiguo.
Bien o muy mal, depende de si miras para los rusos que los han hecho puré antes de llegar siquiera a poner el pie en Rusia o de los ucranianos que aún están en la frontera y muriendo como ratas en un barril. La incursión no había tomado ninguna ciudad. No había llegado a Moscú. No había cambiado el mapa.
Lo que sí había hecho era demostrar que la frontera rusa no es inexpugnable.
Varias columnas de blindados burlaban a las Fuerzas rusas y entraban sin aparente oposición, dejando en evidencia las grietas del ejército ruso, según una de las lecturas del seguimiento. La pregunta que quedaba flotando no era cuánto duró la incursión, sino cuántas veces más puede repetirse antes de que alguien empiece a tomársela en serio.