La caja de 85 € que no arregla un PC que se apaga a 40 grados
Hay un momento en toda afición al hardware en que uno confunde el síntoma con la cura. El termómetro de Santa Cruz marca 40 grados a la sombra, el equipo se apaga a los veinte minutos de Battlefield y la solución que se pone sobre la mesa cuesta 85 euros y ocupa el sitio de tres torres juntas. La que terminó funcionando costaba cuatro veces menos y no era una caja. El caso, contado paso a paso, deja una lección incómoda sobre dónde está de verdad el cuello de botella.
Una torre que pide sitio de mudanza
El plan original pasaba por la Aerocool Strike-X Air Gaming Series, una caja de 85 euros que, según las opiniones que circulan por las tiendas, rebaja la temperatura de los componentes «de 40 grados a 10». Quien la ha montado avisa de lo mismo: es
muy TOCHA, más grande de lo que sugieren las fotos, y en un escritorio normal obliga a reorganizar media habitación. La propia defensa incluye un matiz que desarma el argumento: para un Athlon II X4 760K con una Radeon HD 7770, esa torre es excesiva, pensada para equipos de rendimiento extremo con doble gráfica. En su liga natural —dos tarjetas en paralelo, cada vatio disipado contando— brilla. Aquí no había nada que brillar.
El problema real estaba en el disipador de serie
Antes de gastar en chapa, el cuello de botella era otro. El procesador ronda los 80 vatios de consumo y el disipador que trae de fábrica es, en palabras de quien ensambla estos equipos,
de risa: su capacidad provoca apagados por protección térmica incluso en pruebas de rendimiento. La alternativa sensata pasaba por un disipador de contacto decente, del Nox Hummer H-100 al Deep Cool Archer o el Zalman Performa 5, que se encontraba por 18 euros. Frente a la refrigeración líquida —el Cooler Master Seidon 120V se ofrecía por 37 euros—, la conclusión era clara para ese micro: por aire y con cuatro heatpipes de cobre basta.
¿Cuánto calor es realmente demasiado?
Instalado el nuevo disipador, los números llegaron. Jugando a Battlefield 4 en ultra, la placa se ponía a
51 grados, el procesador a
61 y la Radeon HD 7770 a
75. Antes, con el disipador de serie, el equipo se apagaba a los cinco minutos. El contraste dejaba una duda razonable: ¿seguía caliente o era lo esperable con el termómetro ambiental disparado?
La advertencia sobre la gráfica también llegó: no es una tarjeta para jugarlo todo en ultra y forzarla tiene un coste que acaba pagando el conjunto. Pero las lecturas empezaron a bailar. De un día para otro, el procesador aparecía a 35 grados en reposo y a 43 bajo carga, con picos absurdos de
5 y 7,5 grados que no cuadraban con nada. El ventilador se ponía al mínimo, la caja estaba fría y el aire que salía por detrás salía frío. La sospecha derivó hacia un posible programa sobrecargando los núcleos en segundo plano. La respuesta era más simple: una lectura mal interpretada. La BIOS marcaba 35 grados y el programa medía otra cosa.
Doce euros contra ochenta
En paralelo, la corriente más austera plantó batalla. Su propuesta: abrir un lateral de la torre y meter aire con un ventilador de 12 euros, o directamente tirar de uno de sobremesa. El argumento tenía dos patas: un ventilador doméstico mueve más aire que cualquier refrigerador de PC con lucecitas, y la caja de 80 euros no hace nada que no haga la ventilación forzada. El cálculo energético también entraba en juego: el disipador del micro consume
1,3 vatios; el ventilador de sobremesa,
60. En un año, la diferencia amortiza el disipador.
La réplica técnica llegó por el lado de la física. El aire caliente sube; el aluminio disipa mejor que el acero; y el pulso entre presión positiva y negativa —más flujo de entrada que de salida, o al revés— sigue sin ganador claro. También apareció el recurso de moda: sumergir el equipo en aceite mineral no conductor, con el reparo de que la densidad del líquido frene los ventiladores de la gráfica. La conversación derivó, de paso, hacia los viejos Core 2 Quad, capaces de subir a 3,7 GHz con 1,28 voltios y quedarse cerca de los 70 grados, mérito de llevar el IHS soldado al cristal en lugar de pasta térmica.
Qué queda por resolver
El resumen de la peripecia es incómodo para quien vende cajas. El equipo dejó de apagarse sin cambiar de torre, las temperaturas resultaron ser las esperables y el gasto grande no se hizo. Con estos datos, la pregunta ya no es qué caja comprar, sino por qué se asume que la solución a un calentón empieza por la pieza más cara y no por la más barata de toda la cadena.