La economía de las modas: pistacho, kéfir y la insatisfacción programada
Un hilo de apenas diez respuestas encierra un diagnóstico brutal sobre la maquinaria del consumo: las modas no son caprichos, sino piezas de un engranaje que fabrica insatisfacción y la vende como felicidad. Del pistacho al kéfir, pasando por los yogures de proteínas y ciertos destinos turísticos, el patrón se repite.
Los pistachos, fruto seco caro pero aceptado por su sabor, han desatado una inflación de imitaciones: todo sabe o huele a pistacho. El kéfir, descrito por unos como «leche caducada y agria» y por otros como elixir de microbiota, se ha convertido en el lácteo de moda, hasta el punto de que el de leche de cabra es tan denso que ya no cabe por el cuello de la botella. Los yogures de proteínas, criticados por su textura pastosa y su perfil de consumidor, completan el tríptico alimenticio.
Pero la moda más polémica no es comestible. Ciertos viajes al sudeste asiático, y en particular a Tailandia, son señalados por albergar una demanda soterrada de actividades ilegales que, pese a las campañas oficiales, sigue alimentando una economía sumergida. El tema, incómodo, revela cómo el mercado turístico segmenta a consumidores con motivaciones que rara vez se confiesan.
El motor de la insatisfacción
Detrás de todas estas tendencias late una lógica común: crear necesidades artificiales y vender soluciones que nunca terminan de satisfacer. «La insatisfacción perpetua es la materia prima de la economía del consumo», se argumenta. El negocio no está en que el consumidor alcance la felicidad, sino en que la persiga sin descanso. Las modas son el vehículo perfecto: caducan rápido, exigen renovación y convierten lo superfluo en urgente.
Un dato concreto: las nueces de Brasil
En el hilo se mencionan las nueces de Brasil (coquitos), alimento de moda por su alto contenido en selenio. Una o dos unidades cubren el 100% de la dosis diaria recomendada, pero su exceso puede ser tóxico. La paradoja resume el modelo: lo que es bueno en pequeñas dosis se convierte en peligroso cuando la moda escala. El mercado no advierte de los riesgos; solo empuja a comprar.
Las modas son el espejo de una economía que juega con nuestras carencias. La pregunta que queda en el aire es si, como consumidores, estamos condenados a perseguir el siguiente fetiche o si algún día logramos romper el ciclo. La evidencia, por ahora, juega en contra.