La noche en que Ucrania tembló: misiles, drones y apagón total
La madrugada del ataque, las alertas aéreas sonaron en todo el territorio ucraniano. Explosiones en Kiev y Lvov, drones zumbando y, según fuentes no verificadas, el misil hipersónico ruso Oréshnik impactó contra un «objeto de infraestructura crítica». El resultado: un apagón total en la capital y sus alrededores que dejó a millones sin electricidad sin que las autoridades —DTEK mediante— supieran cuándo se restablecería el suministro.
El episodio reabrió el debate sobre la estrategia de ataques rusos contra la red energética ucraniana. Mientras unos lo interpretan como una operación militar selectiva contra infraestructuras que sostienen el esfuerzo bélico, otros señalan que el coste de cada proyectil —se habla de 100 millones de dólares por misil Oréshnik— y el limitado efecto material lo convierten en un ejercicio propagandístico más que en una maniobra táctica decisiva.
La controversia no se queda en el campo de batalla. En el plano narrativo, aparecieron acusaciones de que el ataque sería una represalia por un supuesto bombardeo ucraniano previo contra trenes de pasajeros en Rusia. Los partidarios de esta versión consideran la respuesta proporcionada; los críticos, en cambio, la ven como una escalada deliberada que castiga a la población civil sin distinción.
Más allá de los hechos concretos, la noche de los «bum» y «cataplúm» —como la bautizó el debate ciudadano— evidencia la fragilidad de la infraestructura crítica en tiempos de guerra. Kiev, que alguna vez fue el espejo de la resistencia, se sumerge periódicamente en la oscuridad, y las promesas de restaurar la luz chocan con la realidad de un sistema eléctrico castigado por más de dos años de bombardeos.
¿Hasta dónde está dispuesta a llegar Rusia en su campaña de desgaste? ¿Y cuánto puede soportar Ucrania sin un suministro eléctrico fiable? La respuesta, como la luz en Kiev, sigue en el aire.