Jaén y Córdoba: solo un 5% de extranjeros, la tasa más baja
En un pueblo de la Castilla profunda, la escena se repite: una tienda que abre a las ocho, un acento distinto al otro lado del mostrador y la impresión —difusa, imposible de fechar— de que alguien tiró un dado sobre el mapa de España. La duda de fondo es si queda alguna región donde cruzarse con una persona nacida en África o en Sudamérica siga siendo
anecdótico. La respuesta breve:
sí, pero menos de lo que sugiere la conversación. La larga depende de qué se mida y, sobre todo, de dónde se mire.
¿Qué provincias españolas tienen menos población extranjera?
Jaén y Córdoba, con un
5% de población extranjera, figuran a la cola del país. Lo apunta la estimación que circula entre quienes siguen el asunto, y choca con la intuición general: dos provincias del sur, con economías muy expuestas a las campañas agrícolas, donde la presencia foránea sería
casi residual. No consta desglose por nacionalidades ni comparación con la media nacional, y ahí empieza el problema: sin ese cruce, el 5% es un titular, no un diagnóstico.
En paralelo, quienes recorren el medio rural sostienen justo lo contrario de lo que sugiere la escala provincial. Las
zonas de viñedos y de ganado ovino concentrarían tanta presencia extranjera como cualquier periferia urbana. Hay incluso quien defiende que la excepción no es el pueblo pequeño, sino un puñado de comarcas del norte. La provincia explica menos que el sector.
El origen pesa más que la comunidad autónoma
Depende del tipo de flujo, no del territorio. En Santiago el patrón es nítido: escasez de población subsahariana y magrebí frente a una
presencia latinoamericana muy visible. En Castilla-La Mancha el reparto se invierte, con más nacidos en el África subsahariana que en el Magreb. En el arco metropolitano de Murcia y Alicante la densidad es
de otro orden, hasta el punto de que hay quien describe una presencia que lo ocupa todo.
La lectura económica es sencilla: idioma, red familiar y tipo de empleo —campaña agrícola, ganadería, construcción, cuidados— seleccionan el destino mucho más que la comunidad autónoma. De ahí sale una escena difícil de sostener con una sola cifra: la misma provincia puede parecer vacía en la capital y no serlo en el pueblo de al lado.
La percepción se dispara antes que el dato
Circulan estimaciones que no aguantan la menor verificación. Una de las más repetidas asegura que en cinco años habría llegado la mitad de los nacidos en Bolivia. Otra sostiene que determinados orígenes presentan dificultades de integración irreversibles.
Ninguna de las dos cosas va acompañada de una fuente, y conviene decirlo sin rodeos: son impresiones convertidas en cifra.
Hay un contrapunto geográfico que casi nadie mira. En ciertas comarcas del norte la población extranjera es residual, pero el indicador que se dispara es otro: el
consumo abusivo de alcohol. El vacío demográfico no equivale a
Arcadia.
El mapa que no cuadra
El detalle incómodo no es el 5% de Jaén y Córdoba. Es la posibilidad de que el mapa que todos dan por evidente —periferia saturada, interior vacío— esté mal ordenado. Si las provincias con menos población extranjera están en el sur, la geografía que dibuja la percepción falla en el punto de partida. Y mientras nadie publique el desglose por nacionalidad, lo demás es
humo.