Abstenerse del alcohol: ¿decisión saludable o puritanismo radical?
¿Hay que renunciar por completo al alcohol o basta con moderación? El debate se ha reavivado tras un aluvión de testimonios que defienden la abstinencia total frente a la cultura del "beber con medida". Mientras unos celebran los beneficios físicos y mentales de dejar el alcohol —menos calorías, más claridad mental, ahorro económico—, otros señalan que el problema no es la sustancia sino el abuso, y que demonizar a los bebedores moderados es tan irracional como emborracharse cada fin de semana.
La decisión de no volver a beber más suele basarse en experiencias personales negativas: resacas cada vez más largas, kilos de más, o la simple conciencia de que el alcohol, en cualquier dosis, es un tóxico. Quienes llevan años sin probarlo aseguran que han ganado en salud —digestiones más ligeras, sin ardores— y en dinero, pues el presupuesto destinado a copas y botellas se redirige a otros placeres. Un usuario con nueve años de abstinencia lo resumía en una frase: "el agua es muy sana". Sin embargo, el consenso social sigue anclado en el consumo social y ritual del vino o la cerveza, con la excusa de que "la clave está en la medida".
El alcohol como presión social y sus críticos
Uno de los argumentos más repetidos entre los que abandonan el alcohol es que lo hacían "por presión social", no por gusto. El sabor amargo y la sensación de embriaguez no compensaban, según dicen, la necesidad de encajar en un grupo. "Te das cuenta de lo absurdo que es castigarte con esas porquerías por el efecto gregario", señala un análisis. En la acera opuesta, quienes defienden el consumo moderado lo asocian a placeres gourmet —un whisky reposado, una copa de vino con la comida— o a un facilitador social que "ayuda a los tímidos a tener descendientes", en una referencia irónica a la fertilidad y la sociabilidad.
El enfrentamiento alcanza cotas de virulencia cuando se discute la naturaleza del bebedor habitual. Hay quien sostiene que los borrachos son "guano" y que la sociedad es demasiado indulgente con ellos, mientras otros consideran a los abstemios "personajes rígidos y con poco que contar". La polarización es tan extrema que parece imposible encontrar un término medio, aunque la mayoría de las posturas razonables abogan por distinguir entre consumo responsable y alcoholismo.
Datos frente a emociones: los costes reales del alcohol
Más allá de los insultos, hay datos concretos. La cerveza lleva 5.000 años acompañando a la humanidad, como recordó un participante. Quienes han dejado el alcohol destacan la pérdida de peso y la mejora en la concentración, así como un ahorro económico no desdeñable —los gastos en bares y botellas se acumulan. Un dato llamativo: un usuario que solo bebe cerveza argumenta que es el único alcohol que tolera, lo que sugiere que la tolerancia varía y que no todo el alcohol es igual.
Curiosamente, algunos abstemios confiesan no haber podido dejar el café, llamándolo "veneno" con ironía, lo que pone de manifiesto que la renuncia total a cualquier tóxico es difícil. La discusión deriva hacia el doble rasero: se critica el alcohol mientras se normaliza la cafeína, el azúcar o el tabaco.
La teoría de la conspiración del Estado-Capital
Un argumento que emerge con fuerza es que el alcohol destilado fue introducido masivamente por el "duopolio Estado-Capital" para controlar a la población, citando al divulgador Alex Cosma. Según esta tesis, antes del siglo XX se consumía principalmente cerveza, sidra o vino, siempre con comida para evitar la embriaguez fuerte. La introducción de aguardientes y licores habría sido una estrategia para aborregar al proletariado. Aunque esta teoría no está demostrada, alimenta la desconfianza hacia el relato oficial que presenta el alcohol como un placer inofensivo.
Un dato curioso: las excusas del "nunca mais"
El clásico "nunca mais" de la resaca es tan viejo como el alcohol mismo. Un comentario lo compara con la pataleta del día después, que se olvida en cuanto se vuelve a beber. Como dice el refrán, "nunca mais... hasta la próxima". Pero en esta ocasión, el empeño de algunos por aguantar sin recaer sugiere que quizás, para una minoría cada vez mayor, la abstinencia ha llegado para quedarse.
En cualquier caso, la decisión es personal. Si el alcohol te sienta mal, te vacía la cartera o te nubla el juicio, dejarlo tiene todo el sentido del mundo. Pero convertir a cada bebedor en un enemigo de la sociedad solo conduce a más ruido y menos diálogo. Brindemos —con agua, por supuesto— por la libertad de elegir.