Un particular compra un generador para que a un anciano no le falte el oxígeno
¿Qué pasa cuando el suministro eléctrico falla y en casa hay alguien que depende de un concentrador de oxígeno? La respuesta, en un caso concreto, fue una hipoxia severa, un traslado a la UCI y una factura que acabó pagando un tercero. El episodio ocurrió en el contexto del apagón nacional del 28 de abril de 2025 y tuvo como protagonista a un
español de 96 años, con EPOC grave, demencia media y diabetes tipo II, que vive con su hijo en España mientras su hija, arquitecta casada con un empresario, reside en Estados Unidos y envía cada mes
5.000 dólares para sufragar los gastos derivados de su dependencia.
La secuencia es sencilla de contar y difícil de digerir. El mediodía del 28 de abril la asistenta española que cubre las cuatro horas de ayuda domiciliaria matinal se marchó y llegó la cuidadora de origen colombiano contratada por el hijo. Poco después, el hijo y la cuidadora salieron a comer y a pasear, una rutina que, según el relato, se repetía con frecuencia. Mientras no había nadie en casa, el concentrador de oxígeno se quedó sin corriente por el apagón y nadie conectó la bombona de respaldo. El anciano, que necesita
2,5 litros por minuto, sufrió una hipoxia severa. La asistenta lo encontró solo, cianótico, tirado en el sofá, y tardó tres cuartos de hora en conseguir una ambulancia. El hombre acabó en la UCI del hospital comarcal.
Qué se juega un dependiente cuando se va la luz
El caso expone un problema material que no depende de la voluntad de nadie: los equipos de oxoterapia domiciliaria necesitan electricidad o bombonas de reserva. La bombona de emergencia del anciano, según los datos que maneja su entorno, le da para unas
16 horas. En un apagón generalizado, con todos los dependientes de oxígeno reclamando reposición a la vez, ese margen se convierte en un colchón frágil. La pregunta no es retórica: ¿cuántos hogares españoles con dependientes respiratorios tienen un plan B real para un corte prolongado?
La respuesta que dio el autor del mensaje inicial fue comprar un generador y dos baterías portátiles para que el concentrador del anciano no vuelva a depender de la red. Lo hizo, dice, sin esperar gratitud ni recompensa, y rechazó después el reembolso que le ofreció la hija al llegar desde Estados Unidos. El detalle económico importa: el gasto no fue una donación a una organización, sino una compra directa de material para un caso concreto.
El reparto de tareas y el agujero de las horas centrales
La organización doméstica del anciano tiene cuatro horas de asistencia profesional por la mañana, de ocho a doce, con aseo, comidas, medicación semanal, control de tensión y glucemia y administración de insulina. A partir del mediodía entra la cuidadora contratada por el hijo con el dinero que envía la hermana. En teoría debía encargarse de la compañía, de vigilar que no se cayera, de llevarlo al baño y de darle comida y medicinas. En la práctica, el día del apagón no había nadie en el domicilio.
El relato del mensaje inicial sostiene que el hijo había dilapidado el patrimonio familiar en México y en España, que vive de la pensión del padre, de una prestación no contributiva y de la ayuda mensual de su hermana, y que esa ayuda se destinaba en parte a sufragar sus propias salidas. Son afirmaciones de una de las partes implicadas, no hechos confirmados por una resolución judicial. Lo que sí consta en el material es que la hija ha echado al hermano de la casa y ha amenazado con denunciarlo, y que la asistenta domiciliaria ha pedido una excedencia para mudarse con su marido y con la hija al domicilio del anciano, que será quien le pague directamente por cuidarlo.
El coste de la dependencia cuando falla la familia
El caso ilustra un patrón conocido en los servicios sociales: la carga recae sobre una sola persona, normalmente la que vive lejos y tiene ingresos, mientras el cuidado cotidiano se delega en trabajadoras contratadas con mayor o menor formalidad. La cuantía mensual que llega desde Estados Unidos —
5.000 dólares— no es una cifra menor, pero tampoco garantiza la presencia física. Y la presencia física es lo que faltó exactamente el día en que se fue la luz.
El material también deja un debate de fondo sobre el papel de la sanidad pública y de las prestaciones de dependencia. Hay quien sostiene que el sistema acabará tensionado por el envejecimiento y por la carga que generan los dependientes de larga duración; otros defienden que la respuesta está en reforzar la atención domiciliaria y en protocolos de emergencia para pacientes con oxoterapia. El caso concreto no resuelve esa discusión, pero la aterriza: un generador y una batería portátil bastaron para evitar que se repitiera.
Qué pasó después y qué queda abierto
La hija llegó desde Estados Unidos, quiso pagar el generador y las baterías, y se encontró con una negativa. Después echó al hermano de la casa y acordó con la asistenta que se traslade al domicilio del padre a cambio de un salario. El hermano, según el relato, pasó toda la semana sin dormir en casa del padre. El asunto no ha llegado a los tribunales, al menos con lo que se sabe hasta la fecha de esta discusión.
Queda por ver si la denuncia anunciada se presenta y con qué recorrido. Queda por ver si el generador y las baterías se usan algún día de verdad. Y queda, sobre todo, una pregunta incómoda: cuántos ancianos dependientes de un enchufe están hoy a merced de que alguien, en el momento exacto del corte, se acuerde de conectar la bombona. La respuesta, por ahora, la da un particular con una factura de Leroy Merlin.