Comprar nueve paquetes de dónuts de golpe no es un capricho: es una decisión económicamente racional, al menos según los precios que ofrece PrimaPrix.
Quien haya entrado alguna vez en un PrimaPrix sabe que el local huele a oportunidad y a caos. Pero la última hornada de ofertas ha llevado el concepto al extremo: nueve paquetes de dónuts estilo americano (156 gramos cada uno) a 0,70 euros la unidad, cuando el precio habitual en los supermercados ronda los 2,40 euros. Once cajas de bombones de chocolate a 1 euro (frente a 2,50) y tres piezas de camembert ‘Le Rustique’ –hecho en Francia– a 1 euro cada una (normalmente 4 euros). La cuenta total: 20,30 euros. Lo mismo en un súper convencional habría costado 61,10 euros. Un ahorro del 67%.
El perfil del cazador de gangas
Detrás de la compra hay una estrategia de stockpiling que mezcla lógica financiera y cierta obsesión. El comprador declara congelarlo todo en cuanto llega a casa: dos arcongeles, uno de 98 litros y otro de 202, permiten alargar la vida útil de los productos durante meses. “Hay cosas que descongelo y me como con meses de caducidad”, asegura. La pregunta es si el ahorro compensa el riesgo de acumular alimentos procesados y el coste energético de mantener los congeladores. Con una diferencia de 40,80 euros por compra, el margen parece suficiente para cubrir holgadamente la electricidad extra.
El diferencial geográfico que lo explica
El debate revela que no todos los PrimaPrix son iguales. Mientras en algunas zonas las ofertas escasean (solo tortillas de patata a 1,99 el kilo), en Lugo –donde reside el protagonista– los chollos son recurrentes. El motivo, según se apunta, es que la ciudad es pobre: “La mayoría de la gente es pobre. Pero es barato”, resume un comentario. Las tapas gratuitas y los precios bajos en productos de marca contrastan con la realidad de urbes como Madrid o Barcelona, donde el mismo dinero rinde menos. Aquí surge una paradoja: la renta baja de la zona permite a los residentes acceder a descuentos que un ciudadano de una capital no puede aprovechar porque simplemente no tiene ese PrimaPrix cerca.
¿Negocio o estilo de vida?
Hay quien critica la operación por insalubre –“esa diabetes, cómo va”, bromea uno– o por el desorden vital que sugiere. También aparece el contraargumento del ‘chollometro’: otros aseguran que productos similares se encuentran gratis en la basura de ciertos supermercados a determinadas horas. Pero el comprador defiende que nadie encuentra dónuts y camembert francés en un contenedor. Y si se congela, la caducidad deja de ser un problema.
Lo que queda
El primapricseo se perfila como una microeconomía paralela donde la eficiencia del gasto se enfrenta a la lógica de la nevera. Con estas cifras, la compra masiva tiene sentido económico. Pero la pregunta que flota es si merece la pena llenar el congelador de bollería industrial. Los números dicen que sí. La salud y el orden doméstico ya son otra historia.