Cromwell, la doble cara del hombre que dividió a Irlanda
En Westminster, una estatua de bronce lo consagra como prócer de la democracia británica. En Dublín, su nombre se pronuncia como una maldición. Oliver Cromwell, el Lord Protector que derrocó una corona, es también el arquitecto de una de las campañas más sangrientas de la historia de Irlanda. La pregunta es incómoda: ¿héroe o villano?
Los cargos son graves. En la isla vecina, se le acusa de genocidio. Las cifras no se discuten: ciudades arrasadas, tierras confiscadas, católicos desplazados. Su estatua, erigida en 1899, sigue en el Parlamento británico como un recordatorio incómodo.
Sin embargo, hay una paradoja que los defensores de Cromwell esgrimen: fue el mismo hombre que, años después, permitió el regreso de los judíos a Inglaterra, expulsados siglos atrás por Eduardo I bajo acusación de usura. Tampoco hay consenso sobre si aquella ferocidad fue excepcional o simplemente el espíritu de una época brutal.
La historia no perdona. Para unos, Cromwell es un genocida; para otros, el producto de un siglo violento. Entre medias, la opinión pública se mueve entre la indignación y la indiferencia. ¿Se puede juzgar a un hombre del XVII con los criterios del XXI? La respuesta, como la estatua, sigue en Westminster.