Hilo de la Historia Natural, vol. II.

Igual se trataba de algún miembro atrofia como los brazitos del.trex
Se ha establecido que los carcadontosaúridos son una derivación de los alosauroideos, una agrupación con el rango de superfamilia. Algunos miembros ya tienen espinas neurales algo desarrolladas y son anteriores a Concavenator, como los más antiguos metriacantosaúridos (cuyo significado es reptiles moderadamente espinosos). Sin embargo, falta rellenar muchos huecos para resolver la relación de las diferentes familias de este clado.

En la imagen Yangchuanosaurus, dinosaurio metriacantosaúrido jurásico hallado en China.

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allan un bisonte prehistórico con una flecha de cobre en España
Un equipo de investigadores recupera en la Sierra de Urbasa el esqueleto casi completo de un bisonte de 4,000 años de antigüedad. Este hallazgo es único al conservar una punta de flecha de cobre entre sus costillas.
La Sima Arrafela, un abismo en el Parque Natural de Urbasa y Andía, ha funcionado como una cápsula del tiempo perfecta. Tras una compleja intervención arqueológica que culminó en octubre de 2025, expertos del Gobierno de Navarra han presentado los restos de un coloso que pesaba cerca de 850 kilogramos. Un tanque biológico de casi una tonelada, moviéndose por los bosques navarros hace cuatro milenios, portando en su costado el testimonio silencioso de su último encuentro con el ser humano: una punta de flecha de cobre.
Este descubrimiento no solo es asombroso por su estado de conservación —parcialmente articulado—, sino por su implicación taxonómica. Los científicos barajan dos hipótesis: que se trate del primer registro confirmado de bisonte europeo (Bison bonasus) en la Península Ibérica o de un ejemplar del misterioso 'Clado X', un linaje genético que es, para la paleontología, lo que un "eslabón perdido" es para la evolución. Es como encontrar una edición limitada de un libro que creíamos que nunca se había distribuido en nuestra región.

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Jian changmaensis, dinosaurio emplumado recién descubierto en China. Pariente cercano de los velociraptores, pariente algo más lejano de los pájaros, no era capaz de volar aunque tenía en la práctica cuatro alas.
 
Una bioquímica semejante a la de los seres vivos siguió desarrollándose durante seis años en un suelo esterilizado, lo que apunta a una teoría metabólica sobre el origen de la vida.

Un artículo de Siddhant Pusdekar . Historia original reimpresa con permiso de Quanta Magazine, una publicación editorialmente independiente respaldada por la Fundación Simons.

(imagen visible para usuarios registrados)Lo que parecen ser procesos bioquímicos podrían ser, en realidad, una característica natural de la geología. Ilustración: Samuel Velasco / Quanta Magazine

Durante 15 años, Sébastien Fontaine ha estado intentando cancelar la tierra. Este bioquímico, que dirige un laboratorio en el Instituto Nacional Francés de Investigación para la Agricultura, la Alimentación y el Medio Ambiente, quería saber cuánto carbono libera el suelo: solo la tierra, completamente desprovista de vida. Su equipo selló muestras de suelo en recipientes y las sometió a radiación gamma esterilizante. Después esperaron a que disminuyera el dióxido de carbono liberado por el suelo, una señal de respiración microbiana en curso.

Esperaron, y siguieron esperando: semanas, luego meses. Al observar el suelo irradiado al microscopio no encontraron señales de vida, pero este continuaba emitiendo dióxido de carbono. El suelo no dejaba de respirar.

El laboratorio de Fontaine repitió los experimentos y obtuvo los mismos resultados. Finalmente, convencidos de que no estaban ante un artefacto experimental, se propusieron identificar el origen de aquella respiración en un suelo perecid.

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Ahora, Fontaine y sus colaboradores han publicado que sus muestras de suelo continuaron consumiendo oxígeno y liberando dióxido de carbono durante seis años. En un artículo de 2025 en Science Advances, proponen que un proceso metabólico que sustenta gran parte de la vida también puede darse fuera de las células vivas. Sus experimentos apuntan a cómo podría funcionar en el suelo, en ausencia de las proteínas vivas que normalmente lo organizan. Si tienen razón, algunas reacciones bioquímicas, como las que liberan la energía contenida en moléculas de azúcares ricas en carbono, podrían no ser exclusivas de los seres vivos. Estas reacciones (conocidas como metabolismo cuando las llevan a cabo las células) podrían incluso haber precedido a la aparición de la vida en la Tierra, señala Fontaine.

Los experimentos muestran «qué ocurre con las biomoléculas cuando se las deja actuar por sí mismas», afirma Joseph Sarracena, químico orgánico de la Universidad de Ottawa que no participó en la investigación. Según añade, estos resultados sugieren que la química de la vida no es exclusiva de la vida. «Es la química de la geología».

Los perecid vivientes​

Cuando realizó este descubrimiento accidental, Fontaine intentaba establecer una línea de base para el carbono en un suelo sin vida. Utilizando una jeringa estéril, los investigadores tomaban periódicamente muestras del aire de un recipiente herméticamente cerrado que contenía suelo y medían su contenido en carbono mediante un espectrómetro de masas. Después de que la radiación eliminara los microorganismos del suelo, la tasa de emisión de carbono disminuyó rápidamente, pero no desapareció. Permaneció estable durante más de 100 días.

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El tipo de recipiente lleno de tierra utilizado para los experimentos del laboratorio «representa los microcosmos en los que se desarrolló toda la historia», explica Bouquet. Foto: Clémentin Bouquet
Cuando compartió los resultados con otros investigadores, estos le aconsejaron considerarlos un artefacto experimental (una fuente de error que no merecía la pena investigar) y seguir adelante. Pero él no pudo hacerlo. Necesitaba comprender si un proceso metabólico que solo se conocía en células biológicas (una secuencia cuidadosamente orquestada de reacciones químicas que requiere varias moléculas y enzimas) estaba teniendo lugar en un suelo estéril. Para averiguar qué estaba ocurriendo, su equipo añadió una pequeña cantidad de enzimas extraídas de cultivos de levadura. Inmediatamente, las emisiones de carbono del suelo aumentaron bruscamente. Especularon que esto se debía a que las enzimas habían acelerado una reacción que ya estaba produciéndose.

Convencer a la comunidad científica, sin embargo, fue una tarea ardua. Cuando Fontaine envió el manuscrito a diversas revistas, algunos revisores fueron «muy positivos, mientras que otros mostraron una gran desconfianza, especialmente respecto a la esterilidad del suelo», recuerda. En 2013, los resultados se publicaron en la revista Biogeosciences. Aun así, Fontaine no logró quedarse tranquilo. Afectado por la dureza de las revisiones, decidió demostrar de forma concluyente que sus muestras de suelo irradiado seguían libres de vida. Durante la década siguiente, su laboratorio fue avanzando de manera intermitente en esa obsesión.

Consideraron la posibilidad de que el suelo no estuviera realmente perecid e intentaron destruirlo con dosis aún mayores de radiación, presión y calor. Aun así, el suelo continuó emitiendo carbono durante meses.

Mediante microscopía electrónica, Benoit Kéraval, entonces estudiante de doctorado en el laboratorio de Fontaine, encontró células en el suelo irradiado. Sin embargo, las técnicas de tinción no revelaron moléculas de ARN ni de ADN, lo que indicaba que las células estaban inequívocamente perecid. Cuando añadieron microorganismos de forma experimental para simular una contaminación, las células recolonizaron rápidamente el microcosmos del suelo y liberaron mucho más dióxido de carbono. Por tanto, lo que observaban en la muestra esterilizada probablemente no era consecuencia de unas medidas antisépticas insuficientes.

En 2018, cuando Clémentin Bouquet se incorporó al laboratorio, el equipo ya confiaba en sus hallazgos y estaba preparado para investigar los mecanismos subyacentes.

Electrones en el suelo​

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Durante seis años, Bouquet y Kéraval estudiaron dos conjuntos de muestras selladas e irradiadas: uno de suelo normal y otro suplementado con glucosa. Durante 142 días tomaron muestras de aire periódicamente y observaron que la tasa diaria de emisión de dióxido de carbono disminuía, pero no desaparecía, tal como había ocurrido anteriormente. Después, las muestras permanecieron más de 1.000 días en una incubadora mientras los investigadores se centraban en otros experimentos relacionados con el procesamiento y almacenamiento de carbono por los microorganismos del suelo.

Cuando volvieron a medir las muestras, en los días 1.606 y 2.442, las emisiones se habían ralentizado aún más, pero el suelo seguía respirando. Las muestras enriquecidas con glucosa mostraron tasas de emisión más elevadas, lo que reforzó la sospecha de Fontaine de que catalizadores no biológicos presentes en el suelo pueden inducir reacciones semejantes a la degradación metabólica de los azúcares.

Durante el metabolismo, los azúcares se descomponen en moléculas de carbono más pequeñas que alimentan el ciclo de Krebs, una serie de reacciones en las que se extraen electrones de alta energía de moléculas ricas en carbono. Los electrones liberados por el ciclo de Krebs pasan después a través de otro conjunto de reacciones que consumen oxígeno. Para algunos investigadores, resultaba difícil aceptar que este proceso pudiera producirse fuera de una célula. Fontaine necesitaba demostrar que el suelo podía desempeñar una función equivalente.

Diseñó una pila de combustible capaz de detectar electrones desplazándose a través del suelo en forma de corriente eléctrica. Su equipo añadió suelo que había sido irradiado casi cinco años antes y cerró el circuito. A través del suelo circuló una corriente varias veces superior a la observada en el sistema de control, que contenía una solución salina. Según Fontaine, el experimento demostraba que el suelo estéril puede sostener un flujo de electrones indicativo de procesos semejantes al metabolismo aerobio del ciclo de Krebs.

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Cuando Clémentin Bouquet se unió al laboratorio en 2018, codirigió un experimento de seis años que sugiere que la bioquímica similar a la de la vida tiene lugar incluso en suelos estériles. Foto: Öykü Ataytür
Durante mucho tiempo se consideró que el ciclo de Krebs no podía producirse fuera del entorno controlado de una célula, repleta de enzimas que mantienen el sistema en funcionamiento y aumentan la probabilidad de que las biomoléculas entren en contacto entre sí. En una prepublicación de 2025 depositada en bioRxiv, Fontaine y sus colaboradores informan de la observación de cuatro de las ocho moléculas intermediarias conocidas del ciclo de Krebs en muestras de suelo estéril con seis meses de antigüedad. Muchas de estas moléculas se formaron después de la irradiación.

Según los autores, sus resultados sugieren que los agregados de suelo pueden catalizar estas reacciones incluso en ausencia de vida.

¿Un origen para la vida?​

Para Joshua Schimel, ecólogo de suelos de la Universidad de California en Santa Bárbara, los hallazgos de Fontaine no resultaron demasiado sorprendentes. «La glucosa, de forma natural, durante su oxidación, va a generar algunos de estos intermediarios del ciclo de Krebs», señala. Además, muchos suelos son ricos en óxidos de hierro y de aluminio, que pueden catalizar esta conversión, añade.

La idea de que los metales pueden catalizar reacciones bioquímicas es fundamental en una teoría sobre el origen de la vida que ha cobrado fuerza durante la última década. Metales como el hierro y el zinc se encuentran en el núcleo de muchas de las enzimas más antiguas presentes en los seres vivos. Algunos investigadores, entre ellos Sarracena, creen que pudieron catalizar estas reacciones antes de la aparición de la vida. Diversos estudios, incluido el suyo, sugieren que las reacciones químicas responsables de degradar y construir derivados de la glucosa (normalmente asociadas a los organismos vivos) podrían haber existido antes que las enzimas y los genes que las hacen posibles en las células actuales.

«Un pequeño grupo de investigadores, entre los que me incluyo, pensamos que deberíamos organizar nuestras ideas sobre la vida de otra manera: deberíamos situar el metabolismo en la base de lo que hace la vida, y considerar los genes como un mecanismo de control de nivel superior», afirma Sarracena.

Las reacciones metabólicas sin células podrían ser mucho más frecuentes de lo que se pensaba y no requerir condiciones especiales para iniciarse, señala Markus Ralser, bioquímico del Hospital Universitario Charité de Berlín, quien describió algunas de las primeras reacciones metabólicas sin enzimas.

«Esto encaja bastante bien con mi manera de pensar sobre cómo comenzó el metabolismo durante la evolución», dice refiriéndose al nuevo trabajo. «Si fuera algo muy difícil de lograr, el planeta no estaría lleno de vida en la actualidad». No obstante, esta idea se complica por las condiciones de baja concentración de oxígeno que existían cuando surgió la vida.
 
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Otra explicación posible para los resultados observados es que las enzimas liberadas por las células irradiadas permanezcan en el suelo y continúen realizando su función bioquímica. Incluso degradadas, las enzimas poseen esqueletos moleculares estables que podrían seguir siendo capaces de catalizar reacciones, señala Sudha Rajamani, astrobióloga del Instituto Indio de Educación e Investigación Científica de Pune, que no participó en el estudio.

Ralser coincide con ella. «Mi intuición me dice que todavía queda una gran cantidad de enzimas ahí dentro [en el suelo irradiado de Fontaine], incluso después de seis años», afirma. Para saber si los metales y minerales del suelo pueden llevar a cabo espontáneamente estas reacciones, los investigadores tendrían que eliminar las enzimas de la mezcla. Pero eso es muy difícil: sería necesario calentar el suelo a temperaturas tan elevadas que se dañaría su propia estructura.

Sin embargo, según Bouquet, la actividad de estas enzimas disminuye «exponencialmente» una vez que salen de las células. Además, añade Fontaine, no se conoce ninguna enzima capaz de permanecer activa durante seis años. No duda de que las enzimas liberadas por células vivas o recientemente perecid contribuyen a las emisiones de carbono en los suelos naturales, pero los resultados experimentales a largo plazo hacen «muy improbable que la respiración observada se deba a enzimas».

Para Bouquet, perseguir esta obsesión durante años ha puesto de manifiesto que «incluso en un contexto tan cercano y familiar como el suelo terrestre, no siempre somos capaces de distinguir o reconocer los procesos que indican la presencia o ausencia de organismos vivos». Actualmente investigador en el Collège de France y en el Museo Nacional de Historia Natural de París, busca los orígenes prebióticos de otras cascadas bioquímicas.

«Me parece especialmente fascinante imaginar la supervivencia de procesos que podrían preceder a la propia vida», concluye Bouquet, «justo ahí, bajo nuestros pies».

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El artículo original, The Dirt That Refused To Die, se publicó el 1 de junio de 2026 en Quanta Magazine.

Traducido por César Tomé López

El artículo La tierra que se negaba a morir se ha escrito en Cuaderno de Cultura Científica.
 
Muy interesante. No aclara si han probado a repetir el experimento con bajas concentraciones de oxígeno (aunque han apuntado a la dificultad en esas condiciones), comparables a las que había antes de la aparición de la vida.
 

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Antepasados de los búfalos de hasta 500 kilos pastaban en la Península hace 4 millones de años​


El hallazgo de varios esqueletos casi completos de 'Parabos tigneresi' en el yacimiento ibérico de Camp dels Ninots, la Pompeya del Plioceno en Girona, obliga a revisar el origen y el estilo de vida de los ancestros de los actuales búfalos y bueyes.

Durante mucho tiempo, los orígenes evolutivos de los grandes bóvidos y sus relaciones con los linajes más cercanos han permanecido en la incertidumbre debido a la escasez de fósiles bien conservados. Estos animales (bisontes, búfalos y vacas) fundamentales tanto para los ecosistemas globales como para la agricultura humana a lo largo de nuestra historia mantenían en secreto sus primeros pasos como especie.

Sin embargo, el extraordinario descubrimiento de varios esqueletos casi completos en el yacimiento de Camp dels Ninots (Caldes de Malavella, Girona) ha aportado la pieza que faltaba a este rompecabezas prehistórico.

El estudio, publicado este miércoles en la revista PLOS One, revela que los primeros bóvidos de gran tamaño ya alcanzaban los 500 kilogramos de peso hace unos 4,4 millones de años, durante el Plioceno temprano europeo. Este incremento de masa corporal supuso un paso crucial hacia la diversidad moderna de los representantes de la tribu Bovini.

Un equipo internacional de investigadores, liderado por Leonardo Sorbelli, del Instituto Leibniz para la Evolución y la Biodiversidad de Alemania, ha analizado los restos de al menos 14 individuos hallados en este yacimiento. Los fósiles han sido identificados como pertenecientes a Parabos tigneresi, una de las cinco especies similares a búfalos que habitaron el continente europeo durante aquella época geológica.

El espécimen más grande analizado rozaba la media tonelada de peso, una cifra inferior a la de la mayoría de las vacas actuales, pero notablemente superior a la de cualquier otro bóvido registrado en ese mismo período.

Un refugio húmedo en la península ibérica​

Los científicos sugieren que este aumento de tamaño pudo ser una respuesta adaptativa a los profundos cambios climáticos y ambientales que transformaron el continente europeo durante el Plioceno. Además, la detallada anatomía de los restos óseos recuperados indica que estos animales habitaban predominantemente en entornos húmedos y densamente vegetados.

Esta deducción encaja de manera precisa con las reconstrucciones paleoclimáticas de Camp dels Ninots, un antiguo lago de mar (formado en el cráter de un volcán) que funcionaba como un oasis rico en agua y recursos vegetales.

“Los bóvidos de Camp dels Ninots se encuentran entre los fósiles más exquisitos del Plioceno de Europa”, destaca Sorbelli. “La excepcional preservación de estos animales nos ha permitido comprender mejor su anatomía y, por lo tanto, la ecología de los primeros bóvidos de gran tamaño que poblaron el continente”.

¿El inicio de una línea o el fin de una dinastía?

A pesar de la riqueza de los datos obtenidos, el encaje exacto de Parabos en el árbol genealógico de los bóvidos sigue generando debate. Tras realizar minuciosas comparaciones anatómicas con otras especies, los autores proponen dos hipótesis principales: o bien representan a los miembros más antiguos conocidos de la tribu Bovini, o bien constituyen los últimos coletazos de un linaje relacionado, los Tragoportacini, que terminaron siendo reemplazados de forma definitiva por los verdaderos búfalos, bueyes y bisontes.

El estudio identifica así el Plioceno temprano como el verdadero punto de partida de la era de los grandes bóvidos en Europa. esto ofrece nuevas vías de investigación para esclarecer la historia evolutiva de estos mamíferos antes de la configuración de las faunas modernas.

“Trabajar con estos fósiles ha sido tanto un desafío como una satisfacción”, concluye el investigador principal del Instituto Leibniz. “La excepcional preservación y la abundancia de los restos nos han proporcionado una cantidad de datos única para períodos geológicos tan antiguos, lo que abre una nueva ventana a nuestro mundo antes de la llegada de los humanos”.

Antepasados de los búfalos de hasta 500 kilos pastaban en la Península hace 4 millones de años

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Una bioquímica semejante a la de los seres vivos siguió desarrollándose durante seis años en un suelo esterilizado, lo que apunta a una teoría metabólica sobre el origen de la vida.

Un artículo de Siddhant Pusdekar . Historia original reimpresa con permiso de Quanta Magazine, una publicación editorialmente independiente respaldada por la Fundación Simons.

(imagen visible para usuarios registrados)Lo que parecen ser procesos bioquímicos podrían ser, en realidad, una característica natural de la geología. Ilustración: Samuel Velasco / Quanta Magazine

Durante 15 años, Sébastien Fontaine ha estado intentando cancelar la tierra. Este bioquímico, que dirige un laboratorio en el Instituto Nacional Francés de Investigación para la Agricultura, la Alimentación y el Medio Ambiente, quería saber cuánto carbono libera el suelo: solo la tierra, completamente desprovista de vida. Su equipo selló muestras de suelo en recipientes y las sometió a radiación gamma esterilizante. Después esperaron a que disminuyera el dióxido de carbono liberado por el suelo, una señal de respiración microbiana en curso.

Esperaron, y siguieron esperando: semanas, luego meses. Al observar el suelo irradiado al microscopio no encontraron señales de vida, pero este continuaba emitiendo dióxido de carbono. El suelo no dejaba de respirar.

El laboratorio de Fontaine repitió los experimentos y obtuvo los mismos resultados. Finalmente, convencidos de que no estaban ante un artefacto experimental, se propusieron identificar el origen de aquella respiración en un suelo perecid.

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Ahora, Fontaine y sus colaboradores han publicado que sus muestras de suelo continuaron consumiendo oxígeno y liberando dióxido de carbono durante seis años. En un artículo de 2025 en Science Advances, proponen que un proceso metabólico que sustenta gran parte de la vida también puede darse fuera de las células vivas. Sus experimentos apuntan a cómo podría funcionar en el suelo, en ausencia de las proteínas vivas que normalmente lo organizan. Si tienen razón, algunas reacciones bioquímicas, como las que liberan la energía contenida en moléculas de azúcares ricas en carbono, podrían no ser exclusivas de los seres vivos. Estas reacciones (conocidas como metabolismo cuando las llevan a cabo las células) podrían incluso haber precedido a la aparición de la vida en la Tierra, señala Fontaine.

Los experimentos muestran «qué ocurre con las biomoléculas cuando se las deja actuar por sí mismas», afirma Joseph Sarracena, químico orgánico de la Universidad de Ottawa que no participó en la investigación. Según añade, estos resultados sugieren que la química de la vida no es exclusiva de la vida. «Es la química de la geología».

Los perecid vivientes​

Cuando realizó este descubrimiento accidental, Fontaine intentaba establecer una línea de base para el carbono en un suelo sin vida. Utilizando una jeringa estéril, los investigadores tomaban periódicamente muestras del aire de un recipiente herméticamente cerrado que contenía suelo y medían su contenido en carbono mediante un espectrómetro de masas. Después de que la radiación eliminara los microorganismos del suelo, la tasa de emisión de carbono disminuyó rápidamente, pero no desapareció. Permaneció estable durante más de 100 días.

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El tipo de recipiente lleno de tierra utilizado para los experimentos del laboratorio «representa los microcosmos en los que se desarrolló toda la historia», explica Bouquet. Foto: Clémentin Bouquet
Cuando compartió los resultados con otros investigadores, estos le aconsejaron considerarlos un artefacto experimental (una fuente de error que no merecía la pena investigar) y seguir adelante. Pero él no pudo hacerlo. Necesitaba comprender si un proceso metabólico que solo se conocía en células biológicas (una secuencia cuidadosamente orquestada de reacciones químicas que requiere varias moléculas y enzimas) estaba teniendo lugar en un suelo estéril. Para averiguar qué estaba ocurriendo, su equipo añadió una pequeña cantidad de enzimas extraídas de cultivos de levadura. Inmediatamente, las emisiones de carbono del suelo aumentaron bruscamente. Especularon que esto se debía a que las enzimas habían acelerado una reacción que ya estaba produciéndose.

Convencer a la comunidad científica, sin embargo, fue una tarea ardua. Cuando Fontaine envió el manuscrito a diversas revistas, algunos revisores fueron «muy positivos, mientras que otros mostraron una gran desconfianza, especialmente respecto a la esterilidad del suelo», recuerda. En 2013, los resultados se publicaron en la revista Biogeosciences. Aun así, Fontaine no logró quedarse tranquilo. Afectado por la dureza de las revisiones, decidió demostrar de forma concluyente que sus muestras de suelo irradiado seguían libres de vida. Durante la década siguiente, su laboratorio fue avanzando de manera intermitente en esa obsesión.

Consideraron la posibilidad de que el suelo no estuviera realmente perecid e intentaron destruirlo con dosis aún mayores de radiación, presión y calor. Aun así, el suelo continuó emitiendo carbono durante meses.

Mediante microscopía electrónica, Benoit Kéraval, entonces estudiante de doctorado en el laboratorio de Fontaine, encontró células en el suelo irradiado. Sin embargo, las técnicas de tinción no revelaron moléculas de ARN ni de ADN, lo que indicaba que las células estaban inequívocamente perecid. Cuando añadieron microorganismos de forma experimental para simular una contaminación, las células recolonizaron rápidamente el microcosmos del suelo y liberaron mucho más dióxido de carbono. Por tanto, lo que observaban en la muestra esterilizada probablemente no era consecuencia de unas medidas antisépticas insuficientes.

En 2018, cuando Clémentin Bouquet se incorporó al laboratorio, el equipo ya confiaba en sus hallazgos y estaba preparado para investigar los mecanismos subyacentes.

Electrones en el suelo​

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Durante seis años, Bouquet y Kéraval estudiaron dos conjuntos de muestras selladas e irradiadas: uno de suelo normal y otro suplementado con glucosa. Durante 142 días tomaron muestras de aire periódicamente y observaron que la tasa diaria de emisión de dióxido de carbono disminuía, pero no desaparecía, tal como había ocurrido anteriormente. Después, las muestras permanecieron más de 1.000 días en una incubadora mientras los investigadores se centraban en otros experimentos relacionados con el procesamiento y almacenamiento de carbono por los microorganismos del suelo.

Cuando volvieron a medir las muestras, en los días 1.606 y 2.442, las emisiones se habían ralentizado aún más, pero el suelo seguía respirando. Las muestras enriquecidas con glucosa mostraron tasas de emisión más elevadas, lo que reforzó la sospecha de Fontaine de que catalizadores no biológicos presentes en el suelo pueden inducir reacciones semejantes a la degradación metabólica de los azúcares.

Durante el metabolismo, los azúcares se descomponen en moléculas de carbono más pequeñas que alimentan el ciclo de Krebs, una serie de reacciones en las que se extraen electrones de alta energía de moléculas ricas en carbono. Los electrones liberados por el ciclo de Krebs pasan después a través de otro conjunto de reacciones que consumen oxígeno. Para algunos investigadores, resultaba difícil aceptar que este proceso pudiera producirse fuera de una célula. Fontaine necesitaba demostrar que el suelo podía desempeñar una función equivalente.

Diseñó una pila de combustible capaz de detectar electrones desplazándose a través del suelo en forma de corriente eléctrica. Su equipo añadió suelo que había sido irradiado casi cinco años antes y cerró el circuito. A través del suelo circuló una corriente varias veces superior a la observada en el sistema de control, que contenía una solución salina. Según Fontaine, el experimento demostraba que el suelo estéril puede sostener un flujo de electrones indicativo de procesos semejantes al metabolismo aerobio del ciclo de Krebs.

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Cuando Clémentin Bouquet se unió al laboratorio en 2018, codirigió un experimento de seis años que sugiere que la bioquímica similar a la de la vida tiene lugar incluso en suelos estériles. Foto: Öykü Ataytür
Durante mucho tiempo se consideró que el ciclo de Krebs no podía producirse fuera del entorno controlado de una célula, repleta de enzimas que mantienen el sistema en funcionamiento y aumentan la probabilidad de que las biomoléculas entren en contacto entre sí. En una prepublicación de 2025 depositada en bioRxiv, Fontaine y sus colaboradores informan de la observación de cuatro de las ocho moléculas intermediarias conocidas del ciclo de Krebs en muestras de suelo estéril con seis meses de antigüedad. Muchas de estas moléculas se formaron después de la irradiación.

Según los autores, sus resultados sugieren que los agregados de suelo pueden catalizar estas reacciones incluso en ausencia de vida.

¿Un origen para la vida?​

Para Joshua Schimel, ecólogo de suelos de la Universidad de California en Santa Bárbara, los hallazgos de Fontaine no resultaron demasiado sorprendentes. «La glucosa, de forma natural, durante su oxidación, va a generar algunos de estos intermediarios del ciclo de Krebs», señala. Además, muchos suelos son ricos en óxidos de hierro y de aluminio, que pueden catalizar esta conversión, añade.

La idea de que los metales pueden catalizar reacciones bioquímicas es fundamental en una teoría sobre el origen de la vida que ha cobrado fuerza durante la última década. Metales como el hierro y el zinc se encuentran en el núcleo de muchas de las enzimas más antiguas presentes en los seres vivos. Algunos investigadores, entre ellos Sarracena, creen que pudieron catalizar estas reacciones antes de la aparición de la vida. Diversos estudios, incluido el suyo, sugieren que las reacciones químicas responsables de degradar y construir derivados de la glucosa (normalmente asociadas a los organismos vivos) podrían haber existido antes que las enzimas y los genes que las hacen posibles en las células actuales.

«Un pequeño grupo de investigadores, entre los que me incluyo, pensamos que deberíamos organizar nuestras ideas sobre la vida de otra manera: deberíamos situar el metabolismo en la base de lo que hace la vida, y considerar los genes como un mecanismo de control de nivel superior», afirma Sarracena.

Las reacciones metabólicas sin células podrían ser mucho más frecuentes de lo que se pensaba y no requerir condiciones especiales para iniciarse, señala Markus Ralser, bioquímico del Hospital Universitario Charité de Berlín, quien describió algunas de las primeras reacciones metabólicas sin enzimas.

«Esto encaja bastante bien con mi manera de pensar sobre cómo comenzó el metabolismo durante la evolución», dice refiriéndose al nuevo trabajo. «Si fuera algo muy difícil de lograr, el planeta no estaría lleno de vida en la actualidad». No obstante, esta idea se complica por las condiciones de baja concentración de oxígeno que existían cuando surgió la vida.
Pero esto no es nuevo ni sorprendente. Las enzimas de los seres vivos son absorbidas por las partículas de arcilla y siguen funcionando. Un caso que trae de cabeza a los agricultores es el de la ureasa, echan urea en un terreno y en un par de días se les ha ido a la atmósfera como amonio. Puedes autoclavar ese suelo y sigue siendo capaz de hacerlo. No hay células. Y lo mismo para el ciclo del fósforo, del azufre o de degradación de celulosa, la betaglucosidasa. Y suelen tener el máximo de actividad en el pH del suelo donde se encuentran. De origen animal, bacteriano, vegetal o fungico. Romper, el catabolismo, no suele necesitar energia. Otra cosa sería hacer azúcares a partir de CO2 y H2O.
 
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«Todo el mundo ha estado dibujando mal las alas de los pterosaurios»​


Un nuevo estudio de investigadores de la Universidad de Bristol sostiene que muchas de las reconstrucciones de alas de pterosaurios que aparecen en libros, museos e ilustraciones científicas podrían ser incorrectas. El problema es que las alas estaban formadas principalmente por tejidos blandos (membranas de piel, músculos y fibras), y esos tejidos rara vez se conservan en el registro fósil.

Debido a esa falta de evidencia directa, los científicos han tenido que reconstruir la forma de las alas a partir de los huesos y de unos pocos fósiles excepcionales que preservan tejidos blandos. Con el tiempo, muchas ilustraciones acabaron pareciéndose demasiado entre sí, como si todos los pterosaurios tuvieran alas de diseño similar.

Los investigadores utilizaron modelos teóricos y comparaciones biomecánicas para analizar una gran variedad de posibles formas alares. Descubrieron que las reconstrucciones habituales tienden a situar a casi todos los pterosaurios en una categoría de vuelo parecida a la de aves planeadoras oceánicas, como los albatros, incluso cuando algunas especies tenían anatomías y estilos de vida muy diferentes.

Una de las mayores incertidumbres es dónde se unía exactamente la parte posterior de la membrana del ala a las patas traseras. Dependiendo de si la membrana llegaba hasta el tobillo, la rodilla o una zona más alta de la pierna, la forma y las propiedades aerodinámicas del ala cambian considerablemente. Esa única diferencia puede alterar las conclusiones sobre cómo volaban estos animales.

El estudio no afirma que las reconstrucciones actuales sean totalmente erróneas, sino que probablemente simplifican en exceso la enorme diversidad de pterosaurios. Los autores sugieren que estos reptiles voladores pudieron exhibir una gama mucho más amplia de configuraciones alares y estrategias de vuelo de lo que normalmente se representa.
 
Pero esto no es nuevo ni sorprendente. Las enzimas de los seres vivos son absorbidas por las partículas de arcilla y siguen funcionando. Un caso que trae de cabeza a los agricultores es el de la ureasa, echan urea en un terreno y en un par de días se les ha ido a la atmósfera como amonio. Puedes autoclavar ese suelo y sigue siendo capaz de hacerlo. No hay células. Y lo mismo para el ciclo del fósforo, del azufre o de degradación de celulosa, la betaglucosidasa. Y suelen tener el máximo de actividad en el pH del suelo donde se encuentran. De origen animal, bacteriano, vegetal o fungico. Romper, el catabolismo, no suele necesitar energia. Otra cosa sería hacer azúcares a partir de CO2 y H2O.
"Sin embargo, según Bouquet, la actividad de estas enzimas disminuye «exponencialmente» una vez que salen de las células. Además, añade Fontaine, no se conoce ninguna enzima capaz de permanecer activa durante seis años. No duda de que las enzimas liberadas por células vivas o recientemente perecid contribuyen a las emisiones de carbono en los suelos naturales, pero los resultados experimentales a largo plazo hacen «muy improbable que la respiración observada se deba a enzimas»."
 
"Sin embargo, según Bouquet, la actividad de estas enzimas disminuye «exponencialmente» una vez que salen de las células. Además, añade Fontaine, no se conoce ninguna enzima capaz de permanecer activa durante seis años. No duda de que las enzimas liberadas por células vivas o recientemente perecid contribuyen a las emisiones de carbono en los suelos naturales, pero los resultados experimentales a largo plazo hacen «muy improbable que la respiración observada se deba a enzimas»."
Calentito...
 
Hemos visto recreaciones de las camadas de tiranosaurios en documentales y películas pero nuevos hallazgos indican que eran diferentes a como las suponíamos.

En todos esos filmes se solían ver camadas con pocos retoños, en los que los progenitores harían una gran inversión en cuidados y crianza, estrategia reproductiva habitual en esos dinosaurios que han llegado a nuestros días llamados aves.

(una muestra de la mítica serie documental "Caminando con dinosaurios")

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Pero parece que la estrategia era la contraria, más parecida a la de los reptiles: muchos cigot, pocos cuidados y retoños precoces que salían, llenos de dientes, a buscarse la vida por sí mismos desde el principio pese a su reducido tamaño.

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Parafraseando a Vizcaíno Casas, la cría de tiranosaurio no era una, grande y libre sino muchas, pequeñas y cabreadas.
 

Gran descubrimiento paleontológico en Teruel: hallado el que sería el primer dinosaurio Diplodocus fuera de Norteamérica​

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Los fósiles encontrados en El Castellar han sido descritos en un estudio publicado en la revista científica Journal of Vertebrate Paleontology y de confirmarse sería el primer Diplodocus documentado en Europa.

Investigadores de la Fundación Conjunto Paleontológico de Teruel-Dinópolis han identificado por primera vez fósiles del emblemático dinosaurio diplodocus fuera de Estados Unidos. Los restos, hallados en el yacimiento de La Tejería, en el municipio turolense de El Castellar, han sido descritos en un estudio publicado recientemente en la revista científica Journal of Vertebrate Paleontology.

La investigación ha permitido atribuir los fósiles al género Diplodocus, un saurópodo que hasta ahora solo había sido reconocido en depósitos jurásicos de Norteamérica.

(imagen visible para usuarios registrados)Vértebras de la cola del Diplodocus de El Castellar (Teruel, España) junto con una figura indicando en oscuro los fósiles estudiados.Dinópolis

El hallazgo está representado por catorce vértebras de la región media y posterior de la cola, además de varios chevrones, huesos que se articulan con la parte inferior de las vértebras.

Los restos proceden de sedimentos de finales del Jurásico, con una antigüedad aproximada de 150 millones de años. Su análisis ha permitido clasificarlos como diplodocus gracias a una serie de características anatómicas distintivas, entre ellas grandes cavidades neumáticas en las vértebras, centros vertebrales alargados sin crestas laterales, profundos surcos longitudinales en la superficie inferior de las vértebras y chevrones bifurcados.

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Los saurópodos, conocidos popularmente como “cuellilargos”, fueron dinosaurios herbívoros, cuadrúpedos, de cuello y cola largos y cabeza relativamente pequeña. Dentro de este grupo, los diplodócidos se caracterizan especialmente por la gran longitud de sus colas.


Sergio Sánchez Fenollosa, investigador de la Fundación Dinópolis y primer autor del trabajo, señala que el estudio anatómico y los análisis evolutivos realizados han permitido identificar el ejemplar de El Castellar como perteneciente al género diplodocus sp. Según explica, se trata de uno de los diplodócidos más completos descubiertos hasta la fecha en Europa y constituye la primera evidencia de este género fuera de Norteamérica.

(imagen visible para usuarios registrados)Fotografías y cartografía de algunos de los huesos del Diplodocus de El Castellar en el yacimiento La Tejería, excavados por la Fundación Conjunto Paleontológico de Teruel-Dinópolis.Sánchez-Fenollosa

Intercambio entre Norteamérica y Europa​

El investigador destaca además que este descubrimiento aporta una de las pruebas paleontológicas más sólidas de episodios de dispersión e intercambio faunístico entre Norteamérica y Europa a través del protoocéano Atlántico durante el Jurásico Superior. Asimismo, considera que el hallazgo contribuye a mejorar el conocimiento sobre los ecosistemas mesozoicos ibéricos y la diversidad de saurópodos que habitaron la Europa jurásica.

Por su parte, el director-gerente de la Fundación Dinópolis y coautor del estudio, Alberto Cobos, señala que el diplodocus de El Castellar habría alcanzado una longitud aproximada de 25 metros. Esta circunstancia lo sitúa entre los grandes saurópodos gigantes del Jurásico de España, junto a otros dinosaurios descubiertos en Teruel como turiasaurus y losillasaurus.

Cobos recuerda además que los fósiles de estos dinosaurios, incluidos los del nuevo diplodocus, se exhiben actualmente en la sala de los dinosaurios del Museo Aragonés de Paleontología de Dinópolis, en Teruel.

El diplodocus es uno de los dinosaurios más reconocibles de la cultura popular desde su descubrimiento en Estados Unidos en 1878. Por eso, y ya desde comienzos del siglo XX, réplicas de su esqueleto se exhiben en los principales museos de historia natural del mundo, convirtiéndose en un símbolo de la paleontología mundial. Su presencia en exposiciones y producciones audiovisuales sobre dinosaurios ha contribuido a convertirlo en uno de los “lagartos terribles” más conocidos por el público en general.


https://www.heraldo.es/noticias/ara...io-diplodocus-fuera-norteamerica-2051917.html​

 

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Se está completando el conocimiento sobre los fósiles de Algora (Guadalajara), en un yacimiento de 100 a 94 millones de años (Cretácico Superior). Se han hallado muchos ejemplares de tortugas, peces, cocodrilos y algunos dinosaurios de este periodo muy poco representado en Europa. Entre estos últimos animales destacan un saurópodo titanosaurio y terópodos abelisáuridos representados por fósiles de dientes y una extremidad anterior parcial. De estos dinosaurios carnívoros se han encontrado pocos vestigios en Europa, pero estaban entre los mayores depredadores en Gondwana, el supercontinente del sur. Éste en concreto se ha relacionado con Majungasaurus, Arcovenator e Indosaurus.

Descubren huesos de dinosaurio en el yacimiento de Algora, Guadalajara - Castilla-La Mancha Media

Algorachelus peregrinus, tortuga cuyos restos abundan en el yacimiento, del que toma el nombre.
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Interesante página de El Campillo, programa de educación ambiental del Parque Regional del Sureste, con su reconstrucción de paleoambientes del Mioceno en las actuales tierras madrileñas.

Triceromeryx – EL CAMPILLO

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