Cantabria paga cara la demonización de las quemas controladas
Los paisajes pasiegos, esos verdes mosaicos que son la postal de Cantabria, no son obra de la naturaleza, sino de siglos de manejo humano. Cada primavera, los ganaderos quemaban pequeños rodales de matorral para renovar pastos y formar cortafuegos naturales. Pero esa cultura del fuego controlado, que se remonta a generaciones, fue criminalizada a partir de los años 80. El resultado, como argumentan los defensores de la práctica, es una acumulación insostenible de biomasa que convierte cualquier chispa en megaincendio.
Una detención que desnuda la hipocresía
Mientras la administración acusaba a los ganaderos de incendiar los montes, el jefe de la agrupación de voluntarios de Protección Civil de Ramales fue detenido como presunto autor de un gran incendio forestal. La noticia recorrió los mentideros: el encargado de apagar fuegos, quemando el monte. Lejos de ser una excepción, los defensores de las quemas controladas señalan que el sistema crea sus propios pirómanos institucionales: funcionarios que necesitan justificar su presupuesto. "Si dedicas dinero a solucionar X, la gente acaba viviendo de que X no se solucione", resumen.
La matorralización como bomba de relojería
La prohibición de las quemas tradicionales, sumada a la despoblación y al envejecimiento del campo, ha disparado la acumulación de matorral seco. Los montes se vuelven intransitables, y la fauna —jabalíes incluidos— busca refugio en las urbanizaciones costeras. Los defensores de las quemas controladas proponen un sistema sencillo y barato: quemar por celdas hexagonales, empezando por las zonas más altas y dejando que el fuego descienda controladamente. Serían voluntarios locales, sin coste para el erario, salvo el equipo de control. "La administración solo haría labor planificadora, y a muy bajo coste", insisten.
El pasado que no se quiere recordar
Antes de las desamortizaciones, los montes comunales se gestionaban en concejo abierto, y cada vecino velaba por lo suyo. La partitocracia —el sistema de listas cerradas— acabó con esa gobernanza directa. Hoy, las juntas vecinales están infiltradas por los partidos, y la voz de los lugareños se pierde. "Cuando el monte es parcialmente tuyo, nadie lo quema alocado", sentencian. El argumento es simple: propiedad y gestión local reducen el riesgo de incendio.
El dato que descoloca: Francia y Alemania, que miraban a España por encima del hombro, sufren cada verano incendios que antes eran raros. En Cantabria y Asturias, en cambio, el fuego sigue siendo invernal, ligado a las quemas furtivas. Quién iba a decir que la solución al problema está en lo que ya funcionaba. La administración, empeñada en prohibir, ha logrado lo contrario: incendios más grandes y un paisaje que se degrada.