El HIMARS en Rusia reabre el debate de la ingeniería inversa
¿Puede Rusia desmontar un sistema HIMARS, entenderlo y volver a fabricarlo? Esa es la pregunta que sostiene el asunto del supuesto lanzacohetes estadounidense en manos rusas, un episodio que circula sin una sola fotografía que lo acredite. El titular es rotundo —comprado, ya en Rusia—, pero el material disponible se queda en la sospecha y en la comparación técnica. Nadie ha enseñado el chasis, ni la cápsula, ni el cohete. Y sin foto, la historia cojea.
La pieza central es sencilla: se atribuye a Rusia la adquisición de un HIMARS, el lanzacohetes ligero que Estados Unidos ha entregado a Ucrania y que se ha vendido como arma casi milagrosa. Lo que sigue no es la confirmación, sino el eco. La compra se da por hecha en el titular y se desmonta en los comentarios.
Hasta que no haya fotos, no me lo creo, resume la postura más repetida.
¿Por qué se discute si Rusia es capaz de copiar el HIMARS?
La respuesta corta: porque ya lo ha hecho otras veces. El argumento de fondo es que la
ingeniería inversa es una especialidad soviética y rusa, la misma destreza que sirve para crackear software y romper cifrados. De ahí salta el ejemplo clásico: la industria armamentística alemana de la Segunda Guerra Mundial y su rastro en la URSS, con los ingenieros trasladados y los planos reinterpretados.
Ahí se enciende la disputa. Un lado sostiene que los cohetes soviéticos eran la V2 alemana mejorada, y añade la pregunta incómoda: si los alemanes eran tan buenos, ¿para qué se necesitaba su talento? El otro responde que copiar y mejorar no son lo mismo, y que la URSS desarrolló misiles cuando Alemania apenas empezaba. La discusión deriva hacia el fusil de asalto: el
StG 44 alemán como supuesto origen de todo, y el
PPSh-41 soviético como prueba de que el Ejército Rojo no esperó a nadie para armarse.
El matiz técnico que ordena el desorden: un subfusil y un fusil de asalto no son la misma categoría. Munición distinta, alcance distinto, empleo distinto. En combate urbano —el escenario de buena parte de los enfrentamientos del frente oriental— la distancia se acorta y las diferencias se difuminan. La discusión es más de catálogo que de trinchera.
La comparativa que deja al HIMARS en mal lugar
Aquí el asunto cambia de tercio. Si el HIMARS llega a Rusia, ¿importa? El argumento más incisivo es que Rusia no lo necesita. Frente a los
seis cohetes del sistema estadounidense, buena parte de los lanzacohetes rusos disparan más del doble de proyectiles, y los modelos más pesados montan cabezas con carga destructiva superior cohete a cohete.
De ahí la conclusión que se repite: el HIMARS es un
katiuska con mejores relaciones públicas. Su ventaja real no estaría en el tubo, sino en los satélites que le pasan el blanco y en el propio cohete. La propaganda hace el resto, como antes con los Javelin, los Bayraktar y demás nombres de moda.
La secuencia de éxitos atribuidos al sistema se pone en cuestión con el mismo rasero. Y la sospecha de fondo es comercial: insistir en la miel del HIMARS para que alguien acabe comprando la colmena. La venta como objetivo, la guerra como escaparate.
Gray Eagle, F-35 y el resto del escaparate
Mientras se discute el lanzacohetes, el foco se desplaza a lo que viene después. Estados Unidos planea entregar a Ucrania
cuatro drones de combate MQ-1C Gray Eagle, con alcance suficiente para adentrarse en territorio ruso. Un paso más en una escalada que se lee como amenaza directa.
En el otro platillo de la balanza aparecen los problemas que arrastra el F-35: incidentes por el sistema de oxígeno de los pilotos, sin resolver del todo, y aviones en tierra por ese motivo. A nadie le extraña que se airee cuando toca comparar. Y sobrevuela un argumento recurrente: que Estados Unidos compra, o directamente recluta, talento ajeno para sostener su ventaja.
La parte histórica también tiene su hueco, con guiños al autogiro de De la Cierva y a Peral. La conversación salta de los cohetes a los inventores, de la balística a la nacionalidad de la patente. Es el síntoma de un asunto que se discute más por identidad que por datos.
Lo que falta para dar el asunto por bueno
La pregunta sigue abierta porque el material es escaso. No hay identificación del lote, ni número de serie, ni prueba gráfica. La exigencia de imágenes recorre toda la conversación: hasta que no se vea el aparato, la compra es un relato. Y mientras tanto, cada bando rellena el hueco con lo que ya creía antes de empezar.
No es un detalle menor. Si el anuncio se sostiene sin pruebas, el efecto es el contrario al buscado: refuerza a quien dudaba y da munición retórica a quien niega cualquier capacidad rusa. El asunto del HIMARS acaba funcionando como un espejo de las posiciones de partida, no como una noticia.
El cierre, en el mismo sitio donde empezó
Al final, el HIMARS en Rusia queda donde estaba: en el titular. Si aparece la foto, hablamos. Si no, seguiremos discutiendo si copiar es lo mismo que vencer, con el catálogo en la mano y ninguna prueba sobre la mesa.