Topónimos árabes en España: de Medina del Campo a Guadalquivir
La toponimia árabe de España vuelve cada cierto tiempo al centro de la conversación, y cuando lo hace arrastra siempre la misma pregunta: cuánto de aquel pasado queda todavía escrito en el mapa. La discusión que nos ocupa se alarga ya más de un año. Y arranca con una tesis sencilla: los nombres de origen árabe no son patrimonio exclusivo del sur, sino que alcanzan enclaves tan norteños como
Medina de Pomar (Burgos), ya limítrofe con Vizcaya, o
Almanza (León), a los pies de los Picos de Europa. Quien defiende esa idea lo hace con una lista larga y, en algún tramo, discutible.
El repertorio habitual se ordena por prefijos. Los que empiezan por
Al: Alcázar, Albacete, Alicante, Almería, Alcalá. Los que llevan
Guad: Guadalquivir, Guadalaviar, Guadalajara, Guadarrama. Los
Ben: Benidorm, Benicàssim, Benavente, Benalmádena. Luego están los Jabal (Javaloyes, Jabalcón) y los Cala (Calatayud, Calatrava, Calamocha). Sobre el papel, media península parece estar pidiendo explicación.
Qué significan los prefijos Al, Guad y Ben
Nada de esto es nuevo. Cualquiera que estudiara
EGB recuerda que 'Al' es el artículo determinado árabe y que 'Guad' viene del río, del *wadi* que los cronistas anotaron durante siglos. Ahí está el detalle que incomoda a algunos: la huella árabe no se limita a un puñado de pueblos perdidos, sino que estructura nombres de capitales, ríos y sierras que hoy usamos a diario sin pensar. El mapa lingüístico de España es un palimpsesto, y esa capa está bien pegada.
Hasta ahí, filología. El problema empieza cuando el asunto se mezcla con la política y cada cual decide qué parte del pasado merece ser reivindicada. Porque en la misma conversación caben el entusiasta que defiende el legado andalusí como algo propio y el que responde que ese legado está sobrevalorado. Entre los dos, mucha gente que solo quiere saber de dónde viene el nombre de su pueblo.
¿De dónde viene el nombre de Valladolid?
La etimología más repetida en internet atribuye el nombre de la capital castellana a
'Balad al-Walid', la ciudad de Walid. Es llamativa, tiene perfume y se comparte mucho. También es la que más reparos levanta entre quienes se dedican a la lingüística, que suelen tirar por el latín. Lo interesante del caso es la mecánica: una hipótesis atractiva circula más rápido que su refutación y acaba instalada en el imaginario como si fuera un hecho probado.
Con las Medinas pasa algo parecido, aunque aquí el origen sí está bastante asentado. Medina del Campo, Medina de Rioseco, Medina de Pomar, Medinaceli y Medina Sidonia comparten un nombre que remite a la primera ciudad santa del islam. Quien lo sostiene lo cuenta con una curiosidad añadida: el topónimo llama la atención a los visitantes árabes que llegan a España y se encuentran su propia palabra repetida por media Castilla.
Medinas y el origen discutido de La Mancha
De las aportaciones que se salen del guion hay una especialmente citada:
La Mancha derivaría de 'al-mansha', que en árabe vendría a ser tierra llana y sin ríos. Encaja con el paisaje, lo cual no siempre es garantía de nada. Y hay más candidatos en liza. Marchamalo se traduce como
prado hermoso. Atea (Zaragoza) apuntaría a un origen árabe que a su vez podría remontarse a un asentamiento celtíbero anterior. Juslibol, también en Zaragoza, es un caso aparte y casi una broma histórica: no es árabe, sino el grito cruzado *Deus lo vol*.
También aparecen los escudos heráldicos, que no son toponimia pero se cuelan en la charla. Varios municipios del antiguo reino nazarí, como Vélez-Málaga, Comares o Alozaina, lucen simbología que recuerda su pasado andalusí. La conversación derivó hacia la heráldica y de ahí a los enfrentamientos entre comunidades, un salto que se repite cada vez que el tema se toca.
La Alhambra, Guadarrama y los nombres en disputa
No todos los nombres que parecen árabes lo son, y ahí está la parte más entretenida.
Guadarrama se ha explicado como 'aqua derramae', la sierra que reparte aguas entre vertientes, un nombre de raíz romana y no árabe.
Andalucía mismo remite a los vándalos, de origen germánico, por mucho que suene a otra cosa. Y sobre
La Alhambra hay quien sostiene que era blanca, revocada de blanco, y que lo de 'la fortaleza roja' es una lectura posterior.
Añádanse los debates sobre Cádiz (del latín Gadir), Jaén (de Villa Gaieana), Sevilla (degeneración de Hispalis) o Córdoba (Corduba) y se entiende por qué la discusión no avanza: cada topónimo es una pequeña guerra académica. Algunas llevan siglos sin resolverse. La toponimia es un terreno donde conviven el rigor, la leyenda y el interés por arrimar el nombre a la bandera propia.
Al final, la conversación se atasca exactamente donde cabía esperar, y no por culpa de la filología. Una parte defiende que el legado andalusí es parte constitutiva de lo español. Otra lo mira con hostilidad y le niega cualquier valor. Y en medio, los nombres. Siguen ahí, en el mapa, en el GPS y en el registro civil, sin pedir permiso a nadie.