Profecías apocalípticas que nunca llegan a cumplirse
¿Cuántas veces se ha anunciado el colapso total y definitivo del sistema? El mensaje que abre esta discusión es una letanía de pronósticos que, a la fecha de la conversación, seguían sin materializarse: el derrocamiento del Gobierno, la expulsión de invasores en una supuesta guerra civil europea, los millones de desaparecidos en sótanos de Valencia, el colapso económico por langostas, las muertes masivas por un chip de grafeno en las vacunas. Ninguno de esos escenarios se había producido. El autor del mensaje lo usa como arma arrojadiza contra quienes llevan años anunciando el fin de todo.
La discusión deriva pronto hacia el terreno personal. Quien abre el fuego reconoce haber consumido benzodiacepinas con vodka en su juventud, y lo usa como coartada de su propio historial. La respuesta no se hace esperar:
centraminas como si fueran pipas. El intercambio sube de tono, pero deja un poso interesante: la autocrítica de quien admite haber tenido una época de excesos y ahora la esgrime como credencial de haber cambiado.
El eje del asunto no es la burla, sino la pregunta que queda flotando: ¿alguna de las profecías apocalípticas se ha cumplido? La respuesta, en el material disponible, es que no. Ni una. Y eso, en un ecosistema donde se lleva años anunciando el fin de la economía, el colapso sanitario o la invasión silenciosa, tiene consecuencias.
El desgaste de las profecías que nunca se cumplen
El primer bloque de la discusión se centra en la acumulación de pronósticos fallidos. La lista es larga: el derrocamiento del Gobierno, la guerra civil europea, los desaparecidos en sótanos, el colapso económico por langostas, las muertes masivas por el chip de grafeno.
Ninguna de esas predicciones se había cumplido a la fecha de la conversación. Quien las enumera lo hace con sorna, pero el argumento de fondo es serio: cuando un relato se construye sobre catástrofes inminentes que nunca llegan, el relato se desgasta.
Hay quien responde con un
todavía no, que es la respuesta más honesta que se puede dar cuando se lleva años esperando el fin del mundo. Y hay quien directamente pasa página y se centra en el consumo de sustancias: las benzodiacepinas con vodka frente a las centraminas como si fueran pipas. La discusión se convierte en un intercambio de credenciales de autodestrucción, lo cual dice bastante del nivel del debate.
El punto interesante es que el autor del mensaje inicial no se limita a burlarse: reconoce su propio historial de excesos y lo usa como prueba de que ha cambiado. Es una estrategia retórica vieja: yo estuve allí, yo lo viví, y por eso ahora puedo reírme de vosotros. No deja de ser una forma de autoridad, aunque sea una autoridad construida sobre el consumo de ansiolíticos.
La derecha como sierva del capital globalista
El segundo foco del debate es político.
Se sostiene que la derecha no existe más que para hacer como que hay oposición a la izquierda, y que en realidad son fieles siervos y lacayos del gran capital globalista mundial. El ejemplo que se pone es el de Milei: lo primerísimo que hizo, se argumenta, fue salir corriendo a pedirle pasta al FMI, y todos los supuestos luchadores por la libertad y el antiglobalismo callaron cuando lo hizo.
La tesis se desarrolla: toda la disidencia solo es basura que lo único que le interesa es quitar a unos globalistas para poner a los globalistas siervos del capital de su palo.
Milei es lo que en Latinoamérica llaman vendepatrias, y se está cargando la estructura empresarial de Argentina, según esta línea argumental. Ya han cerrado unas cuantas grandes empresas del agro argentino, que es el núcleo de su economía, y acabarán en manos de inversores extranjeros. La explicación que se da es que sirve a los intereses del sionismo y que le han puesto para eso.
Es una tesis fuerte, y conviene tratarla como lo que es: una opinión política, no un dato.
Lo que sí es un hecho es que el FMI ha sido el interlocutor financiero de Argentina en este periodo, y que la estructura empresarial del agro argentino ha sufrido cierres y ventas. Las causas y los beneficiarios son materia de interpretación.
El escudo social y la sostenibilidad del gasto
El tercer bloque entra en economía doméstica. Alguien pregunta:
si todo va tan bien, ¿por qué es tan urgente aprobar un escudo social? La pregunta no es retórica. Un escudo social se aprueba, precisamente, cuando hay algo que proteger, y eso contradice el relato de la recuperación triunfal.
En paralelo, se plantea un ejercicio de simulación económica: un país de la UE que pide mucho dinero prestado al Banco Central Europeo y lo invierte en dar ayudas a gente que no trabaja, aumenta en tres años un 15% las pensiones de los jubilados y da subsidios a los extranjeros que llegan al país.
¿Ayudaría eso a aumentar el PIB? Y si los extranjeros que reciben ese dinero son tan numerosos como para aumentar un 25% la población del país en diez años, ¿cuánto podría aumentar el PIB? ¿Sería sostenible? Si no lo fuera, ¿cómo podría producirse el colapso?
La respuesta que se da desde el escepticismo es que el viejo paradigma económico cada vez tiene menos sentido, y que los adelantos tecnológicos van a cambiar las reglas.
El debate entre si el gasto público sostenido en transferencias genera crecimiento o solo lo aparenta es antiguo, y aquí no se resuelve. Lo que sí queda claro es que la pregunta por la sostenibilidad no es una ocurrencia: es la misma que llevan años haciéndose los organismos internacionales.
La IA como árbitro y el problema de la neutralidad
Un cuarto foco, más metodológico, aparece cuando se intenta usar una inteligencia artificial como árbitro imparcial.
Alguien pide a un robot sin ideología que evalúe el escenario económico, y la respuesta se presenta como prueba objetiva. La réplica es inmediata: la IA esa que la han fabricado los globalistas pero ahora resulta que es sin ideología. Ya es que me tengo que descojonar de lo retrasados que podeis llegar a ser.
El argumento tiene miga.
Una IA entrenada con textos producidos en un marco económico concreto va a reproducir ese marco, por mucho que se presente como neutral. Quien la usa como árbitro está, en realidad, apelando a una autoridad que no controla y cuyo sesgo no puede auditar. Es el mismo problema que cuando se citaba a los expertos como si fueran neutrales: la neutralidad no existe, solo existen marcos.
La contra-respuesta es que el viejo paradigma económico está siendo sustituido por otro, y que quien no lo vea perderá el tiempo con gilipolleces que ya no tienen sentido.
El desacuerdo no es sobre los datos, sino sobre qué marco interpretativo es válido. Y ahí, ninguna IA puede arbitrar, porque el marco es precisamente lo que está en disputa.
El colapso sanitario y las listas de espera
El quinto bloque entra en servicios públicos. Se citan datos:
las listas de espera en hospitales públicos en máximos históricos independientemente de la comunidad, el paro más alto de la UE desde hace veinte años, la mayor tasa de fracaso escolar de Europa, juzgados colapsados y falta de servicios públicos esenciales en ciudades. Son cifras que, si se sostienen, dibujan un deterioro estructural.
La réplica no se hace esperar: ¿cómo eran las listas de espera durante la dictadura? ¿Mejores o peores que ahora?
La comparación histórica es tramposa, porque el nivel de prestaciones y la expectativa de vida eran radicalmente distintos, pero sirve para recordar que el deterioro actual no se mide contra un pasado idealizado, sino contra lo que había hace diez o veinte años.
El problema de fondo es que
el deterioro de los servicios públicos es compatible con un relato oficial de recuperación económica. Y eso es lo que genera la desconfianza: si la economía va bien, ¿por qué las listas de espera están en máximos? La respuesta puede ser que la economía va bien para unos y mal para otros, o que el gasto se ha desviado a otras partidas. Ninguna de las dos es tranquilizadora.
El experimento médico y los efectos a largo plazo
El sexto bloque es el más delicado: el de las vacunas.
Se sostiene que la gente está palmando masivamente de turbocánceres y enfermedades cardiovasculares por haberse pinchado un experimento médico basado en ARN. Nada de chips, tan solo un experimento médico a nivel mundial con una tecnología con la que morían antes de tiempo el 80% de los animales. Es una afirmación grave, y conviene tratarla con cautela: no hay confirmación oficial de esa causalidad, y la comunidad científica mayoritaria no la respalda.
La matización que se hace es interesante:
es consecuencia de meterse algo que no sabes sus posibles efectos secundarios a largo plazo. Sucedió antes con la cocaína, la heroína, la anfetamina y el tabaco, todos ellos medicamentos recomendados por las autoridades sanitarias del momento para algún tipo de dolencia. Y volverá a suceder porque la gente jamás escarmienta. Es un argumento histórico, no conspirativo, y por eso tiene más recorrido.
La respuesta de quien no se vacunó es que prefiere esperar.
La discusión no se cierra, porque los efectos a largo plazo de cualquier intervención sanitaria solo se conocen con el tiempo. Lo que sí queda claro es que el debate sobre la vacunación ha dejado de ser científico para convertirse en identitario, y eso dificulta cualquier conversación racional.
El trabajo físico y la supuesta blandura de las nuevas generaciones
Un último foco, más sociológico, aparece en los mensajes destacados.
Alguien cuenta que un tío de 23 años, cuadrado como un toro y que iba al gimnasio, aguantó tres días en la obra, y que su sobrino de 17 años entró a las 8 y a las 11 ya no aguantaba. El contraste es con su propia experiencia: con 14 años curraba la jornada completa cargando sacos de 50 kilos, dos a la vez de un viaje, con 17 la entrada para el piso y con 23 piso en Torrevieja.
La conclusión que se extrae es que
hay mucha titulitis y flojos hoy en día. Es una queja generacional clásica, pero tiene un fondo real: el trabajo físico duro ha desaparecido del horizonte de expectativas de una parte de la población joven, y eso genera tensiones en sectores como la construcción.
El problema no es solo la falta de mano de obra, sino la falta de disposición a un tipo de trabajo que antes era la norma.
La ironía final es que quien se queja de la blandura ajena suele tener una posición desahogada, y eso debilita el argumento.
La queja sobre la juventud es tan vieja como la juventud misma, y casi nunca ha acertado en sus pronósticos. Pero eso no significa que no haya un problema real de relevo generacional en los oficios físicos.
Al final, lo que queda es una discusión que empezó burlándose de las profecías apocalípticas y acabó confirmando que ninguna se había cumplido.
El colapso siempre está a la vuelta de la esquina, pero la esquina nunca llega. Y mientras tanto, las listas de espera siguen en máximos, el paro sigue alto y los jóvenes siguen sin querer cargar sacos. Ironías de la vida.