La ruleta rusa del sexo de pago: por qué algunos hombres asumen riesgos que saben que no deberían
¿Qué lleva a un hombre a pagar por sexo sin protección cuando sabe que puede contraer una ETS o engendrar un hijo no deseado? La respuesta, según el testimonio de varios hombres, es una mezcla de confianza mal fundada, cálculo económico y una pizca de adrenalina.
El perfil del riesgo: confianza y descuentos
Algunos justifican su decisión por la aparente salud de la pareja —una trabajadora sexual que «se ve muy sana»— o por el descuento que obtienen al aceptar el riesgo. Uno de ellos relata que paga la tarifa de una hora pero disfruta de hasta tres, un negocio que parece ventajoso hasta que se considera el coste potencial de una infección o un embarazo.
La edad de la mujer, 44 años y con dos hijos, suele citarse como argumento para minimizar la probabilidad de un embarazo, aunque ningún anticonceptivo es infalible. Otro participante confiesa que su pareja amateur le pedía eyacular fuera, pero al final admitió que tomaba precauciones por morbo, no por seguridad.
El riesgo legal y económico ignorado
Más allá de las enfermedades de transmisión sexual, la gran preocupación debería ser la pensión alimenticia. Un hijo no deseado no solo altera la vida personal, sino que supone una carga económica durante al menos 18 años. «Si a ella le interesase económicamente, puedes estar seguro de que lo haría», advierte un análisis, recordando que el consentimiento para no usar condón no protege contra reclamaciones de paternidad.
Pese a estos peligros evidentes, la conducta persiste. La falta de un anticonceptivo masculino eficaz y barato —una pastilla que permita «disparar balas de fogueo»— se menciona como una carencia que alimenta estas decisiones temerarias. Mientras tanto, los hombres que apuestan al no usar protección siguen jugando a la ruleta rusa con su salud y su cartera.