¿Se reproducen solo los tontos? El dilema de la fertilidad en tiempos de incertidumbre
La conversación sobre quién tiene hijos hoy arranca con una provocación: dos personas de perfiles opuestos —un treintañero con apenas dos años cotizados y un prejubilado que ingresa 6.000 euros al mes— coinciden en que los que se reproducen son los que están mantenidos, mientras que los listos están demasiado ocupados trabajando. La reflexión, reduccionista, esconde capas más profundas sobre la presión económica y social que enfrentan quienes quieren formar una familia.
El factor económico: estabilidad vs. precariedad
El dato del chaval de 31 años con solo dos años cotizados ilustra una realidad: muchos jóvenes no pueden permitirse tener hijos porque su situación laboral es inestable. No es una cuestión de inteligencia, sino de contexto. Mientras, el prejubilado con propiedades pagadas representa a quienes lograron acumular recursos en otra época. La brecha generacional se traduce en una paradoja: quienes tienen estabilidad pueden permitirse el lujo de ser padres, pero quienes carecen de ella, por muy listos que sean, lo ven como una quimera.
La ideología y el deseo de familia
Otra corriente apunta a que la decisión de tener hijos está mediada por la cosmovisión. Se menciona que quienes no están absorbidos por la ideología woke y han deseado siempre formar una familia son los que terminan teniendo hijos. Pero también hay quien señala que muchos quieren tenerlos y no pueden, atrapados por un sistema que lo complica todo. El argumento se desliza hacia la conspiración: que las élites decidieron desde los años 70 que la población no se reprodujera, y que la gente cree que es una elección individual cuando en realidad es inducida.
La reproducción en los extremos sociales
Un análisis adicional señala que la reproducción se concentra en los extremos: el lumpen y las personas con mucho dinero, estas últimas con frecuencia formando familias numerosas aunque sea con distintas parejas. La clase media, en cambio, parece atrapada entre la falta de recursos y la sobrecarga de exigencias. Así, tener hijos deja de ser una decisión libre para convertirse en un privilegio que solo unos pocos pueden ejercer.
Lo que ningún análisis termina de explicar es por qué, a pesar de las dificultades, todavía hay quien decide reproducirse. Quizá la respuesta no está ni en la inteligencia ni en la ideología, sino en la capacidad de ignorar el riesgo.
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