El hijo de Conde-Pumpido: horas de bronca y positivo en drogas
Un abogado de 42 años, hijo del presidente del Tribunal Constitucional, se plantó de madrugada en la puerta de las instalaciones de Mediaset, en el distrito madrileño de Fuencarral-El Pardo, y exigió entrar. Llegó en torno a las seis menos cuarto de la mañana alegando la
Ley de Protección de Datos para reclamar unas grabaciones sobre su persona, se quedó allí varias horas y acabó camino de la unidad de Psiquiatría del hospital Ramón y Cajal después de dar positivo en la prueba de drogas. El suceso, publicado por ABC, ha derivado en dos discusiones que exceden el episodio: si el brote psicótico es un diagnóstico o una coartada, y por qué no ha trascendido ni una sola imagen.
Qué ocurrió en la calle Federica Mompou
Los vigilantes le impidieron el paso al verle alterado y con signos de estar bajo los efectos de alguna sustancia. Dieron parte a la Policía Nacional, que a su vez requirió a la Policía Municipal porque el implicado seguía dentro de su coche y, en esas condiciones, podía estar cometiendo un delito contra la seguridad vial. A la llegada de los agentes locales se le practicó la prueba de drogas y el resultado fue positivo. El Samur-Protección Civil determinó que sufría un brote psicótico y lo trasladó al Ramón y Cajal, el centro más cercano.
Hay un detalle que las distintas versiones no cierran: la duración. Según cómo se cuente, la bronca en el acceso duró cinco horas o seis. Parece menor, pero marca la diferencia entre una rabieta y una madrugada entera de tira y afloja con seguridad privada, policía y servicios sanitarios de por medio, en una calle con tránsito constante de trabajadores del sector.
El resto del relato periodístico añade aristas incómodas: un letrado cada vez más presente en altercados y en acusaciones de malos tratos por parte de exparejas —una retirada por la denunciante después de judicializarse el caso y la última, días antes, con detención—. Nada de eso está condenado en firme y conviene subrayarlo. Pero forma parte del fondo sobre el que se lee la escena de la madrugada.
¿Fue un brote psicótico o una coartada?
No hay forma de saberlo con la información disponible, y esa grieta es justo por donde se cuela la desconfianza. Una línea de análisis acepta el cuadro clínico tal como lo describieron los servicios sanitarios y sostiene que un hombre en esa situación merece tratamiento y no escarnio público. Otra lectura, mucho más extendida, recela del momento en que llega la etiqueta: el diagnóstico aparece precisamente cuando había policía de por medio y una posible infracción de seguridad vial sobre la mesa.
El argumento que más se repite es comparativo y tiene que ver con el apellido. Con otro nombre y sin un padre en la presidencia del tribunal que interpreta la Constitución, el desenlace habría sido, se dice, un calabozo y unos grilletes. La comparación con el hijo de un presidente estadounidense se ha repetido hasta el agotamiento, y sirve para lo de siempre: recordar que la misma escena tiene dos relatos según quién la protagonice.
Al diagnóstico se le exige, además, un rigor que casi nadie aplica a los titulares. Un brote psicótico lo certifica un psiquiatra tras una evaluación; la impresión de un testigo, por mucha formación que tenga, no es un informe pericial. En mitad del ruido aparecieron mensajes de una psicóloga y testigo presencial dando su lectura del caso, y respuestas recordando el ámbito de la privacidad, el honor y la confidencialidad. Se acabó discutiendo más sobre quién puede decir qué que sobre el paciente.
Positivo en drogas al volante: el dato menos discutible
El positivo es, de todos los elementos conocidos, el más difícil de rebatir. Los agentes locales practicaron la prueba a su llegada y el resultado consta. Ese dato sitúa el episodio en el terreno de la seguridad vial y no solo en el sanitario, y explica por qué la intervención no terminó con una invitación a marcharse.
Hay quien recuerda otro elemento del relato: que al día siguiente del ingreso ya se le habría dado el alta del brote y habría comparecido ante el juzgado. La pregunta quedó flotando —si después de un brote psicótico uno está para ir a declarar— y la formuló un periodista que, además, había coincidido con él 48 horas antes y describió la sensación de que «iba muy puesto de varias cosas».
Ni una imagen: el poder que no se ve
El argumento que más ha crecido con el tiempo no tiene que ver con el diagnóstico, sino con lo que no se ha visto. El incidente se produjo de madrugada, en una calle con presencia permanente de medios que entran y salen del edificio. Según quienes siguen el caso, ha pasado casi un mes sin que haya trascendido ninguna grabación.
Para una parte de quienes siguen el caso, ese silencio alimenta la lectura más cínica: la de que existe un umbral de protección que no depende de la norma, sino de quién es el padre. No es una tesis demostrable y como sospecha se queda. Pero el contraste con la facilidad con la que se filtran imágenes de episodios menores, con ciudadanos anónimos en el papel protagonista, resulta difícil de esquivar sin hacer equilibrios.
El asunto sigue abierto en dos frentes. En el clínico, porque, según relatos recogidos, el alta llegó antes que cualquier explicación detallada. En el informativo, porque, según quienes siguen el caso, no ha trascendido ninguna grabación de lo que pasaba esa madrugada. Ahí, exactamente donde falta la imagen, se atasca el análisis.