La tesis que separa patria, nación y Estado-Nación
Hay una grieta que reaparece cada vez que se discute sobre identidad: quien reivindica la patria y quien la administra desde el BOE usan la misma palabra para referirse a cosas distintas. Alrededor de la obra «Identitas, patria y nación», de Eugenio Gil, se ha desplegado una tesis incómoda para casi todos: que el Estado-Nación no es la patria, sino un artefacto burocrático que se apropió del nombre para legitimarse. En el caso español, esa disociación se describe como absoluta.
La nación como realidad orgánica y el Estado como ingeniería
El argumento se apoya en el Derecho Natural de Santo Tomás de Aquino. La nación —nacimiento, lengua, costumbre— y la patria —la tierra de los padres, el legado espiritual— serían realidades orgánicas y espontáneas, construidas de abajo hacia arriba. Ni el carné de identidad ni el aparato burocrático equivaldrían a esa tierra ni a esa herencia. El Estado sería lo contrario: ingeniería social de arriba hacia abajo, obsesionada con el control.
El mismo esquema se proyecta fuera de las fronteras. Se citan la Unión Europea, la Unión Soviética y el Foro de São Paulo como ejemplos de fuerzas que ceden soberanía a estructuras superiores para blindar su poder frente a los ciudadanos. No como plan coordinado en una base secreta, se aclara, sino como convergencia evolutiva de incentivos: cuando los gobiernos arrastran los mismos males, sus recetas acaban siendo idénticas.
Santayana frente a Ortega: ¿puede Europa ser una nación?
El asunto tiene precedente ilustre. Entre 1939 y 1940, George Santayana leyó «La rebelión de las masas» y anotó al margen del capítulo XIV, «¿Quién manda en el mundo?», una pregunta que sigue abierta: «¿Sin Inglaterra o con ella? ¿Sin los Estados Unidos? ¿Con Rusia?». Interpretó que a Ortega le gustaban las naciones extranjeras y quería ser inglés, francés y alemán sin dejar de ser español. Su conclusión: lo internacional —las matemáticas, la religión— no es otra nacionalidad, sino algo espiritual o material común a todos.
El patriotismo como vicio y el marxismo como blanco
Ningún bando sale limpio. La crítica alcanza también a la derecha cuando usa la idea de nación y de patria para engrandecer al Estado, lo que se señala como el origen de su fuerza terrible. La identidad nacional no sería lo primero, ni la defensa de la comunidad la justificación del Estado: el patrioterismo, se sostiene, es un vicio como cualquier otro.
En paralelo, el marxismo recibe su propia andanada. Se le reprocha no determinar con precisión las clases sociales, convertir la lucha de clases en un motor falso de la historia y no estar a la altura para explicar el paso del dinero metálico al dinero fiat.
Si la patria nace de abajo y el Estado la escribe desde arriba, falta por resolver quién firma el acta. Nadie lo ha conseguido todavía sin recurrir al carné.