Caputo: discurso aplaudido como «honesto», con el dólar a 800 y la inflación al 300%
Luis Caputo vuelve al atril para explicar honestamente la situación económica y anunciar medidas. El detalle incómodo es el currículum: fue responsable del Banco Central y ministro de Economía durante un Gobierno al que se atribuye el mayor aumento de la deuda pública del país. Su intervención, aplaudida como un ejercicio poco habitual de honestidad, llega con el cambio oficial del dólar fijado en
800 pesos y una inflación que, según el cálculo que manejan los participantes, se situaba en el
300% y subiendo.
Hay algo de paradoja en el elogio. El mismo equipo económico que antes defendía ajustes graduales aparece ahora con la motosierra, y la duda que sobrevuela es si el discurso explica la situación o la agrava. Porque explicar, explica.
¿Quién es Luis Caputo, el ministro del discurso?
Caputo es un economista vinculado a la banca que ya pasó por el Banco Central argentino y por el Ministerio de Economía durante el mandato de Mauricio Macri. Ese es el dato que sus críticos repiten: el mismo hombre que hoy anuncia recortes formó parte del equipo al que se asocia el salto del endeudamiento. Para quienes lo defienden, precisamente por eso sabe dónde están los agujeros.
La estructura del poder económico da más munición.
Aquellos nombres ya sonaban en la etapa anterior, bautizada entonces como el mejor equipo económico en décadas, con resultados que el tiempo no ha mejorado. Y en la trastienda política se señala el peso de la hermana del presidente en la administración, presentado por sus detractores como un caso de nepotismo mientras se exige mérito al resto de la plantilla pública.
Las cifras que el discurso no resuelve
El déficit proyectado para el ejercicio siguiente ronda el
15% y hay vencimientos con el FMI por
15.000 millones que hay que atender. Sobre la mesa están además las Leliqs y una masa monetaria que, según los cálculos más pesimistas que circulan, bastaría para alimentar una hiperinflación con lo que ya está en circulación.
Las previsiones se mueven entre el
1.000% en unos meses, el
2.000% en un año y el
15.000% en dos. Nadie las firma como certezas, pero ordenan el debate: el problema no es solo el déficit de mañana, es el dinero que ya está en la calle. El detalle que descoloca a muchos es que el peso de la deuda argentina sobre su economía es inferior al español, lo que desmonta el relato del despilfarro exclusivo.
Funcionarios: presencialidad total, contratos revisados y casos insólitos
El anuncio de revisar los contratos públicos y exigir el
100% de presencialidad a los empleados del Estado ha sacado a la luz relatos llamativos. Se habla de departamentos tan sobredimensionados que sus integrantes no se conocían entre sí y de personal fallecido que seguía figurando en nómina y cobrando, un extremo apuntado desde la propia estructura administrativa y pendiente de verificación independiente.
Ahí está el filón emocional del asunto: la idea de que el ajuste no recorta servicios, sino privilegios. También su punto ciego, porque muchos de esos sueldos sostienen economías domésticas enteras. La discusión sobre el gasto público se convierte así en una discusión sobre quién merece el dinero y quién no.
¿Se puede comparar Argentina con España?
La comparación aparece en cuanto se habla de empleo público, y el argumento es sencillo: aquí el ajuste no ha llegado porque alguien lo paga fuera. La tesis más repetida sostiene que España funciona como la Argentina de la impresora ajena, y que el día que el BCE deje de sostener el relato, el despertar será el mismo. Es una hipótesis, no un pronóstico, pero explica por qué un asunto interno argentino interesa tanto fuera de sus fronteras. Espejo y advertencia a la vez.
El ajuste como justicia social y su reverso
Una parte del análisis sostiene que recortar transferencias que no corresponden no es liberalismo, sino justicia social: si el dinero público nace de la deuda, repartirlo sin contrapartida equivale a hipotecar a los que aún no han nacido. En contra pesa el argumento opuesto, el de quien ya vive de rentas y pide recortes a los que aún no han llegado a nada.
Entre ambos extremos queda el dato incómodo de la pobreza proyectada, del
45% de la población en la miseria que ya se daba por descontado hacia un escenario que algunos llevan al 70%. Y una promesa pendiente: la dolarización que se vendió en campaña sigue sin ejecutarse, con los tipos de interés intactos y el control de cambios en pie, lo que para muchos convierte la revolución anunciada en continuismo con mejor puesta en escena.
La receta ya se probó en Grecia, Islandia e Irlanda
Los precedentes se citan como aval y como amenaza. Grecia necesitó una década de préstamos con condiciones durísimas para estabilizarse. Irlanda bajó su impuesto de Sociedades del
50% al 12,5% y tardó unos
20 años en pasar de país pobre a rico, con años malos por el camino. A Alemania le perdonaron los préstamos en
1953; a Argentina, en cambio, le presta el FMI.
El sacrificio interno se mide ya en años, no en trimestres. La comparación más repetida habla de un coste social
similar a estar en guerra durante un lustro como mínimo. Eso, y no la devaluación, es lo que decidirá si el discurso era honesto o solo era sincero.
Con el dólar oficial clavado en 800 pesos y el ajuste devorando capital político a cada semana, la pregunta ya no es si el diagnóstico era acertado. Es cuánto aguanta un país antes de que el diagnóstico se lo coma a él.