La incautación de bienes rusos sin sentencia abre un precedente
Yates, cuentas y participaciones industriales de empresarios rusos se acumulan entre bloqueos e incautaciones por media Europa. La novedad no está en la escala, sino en que buena parte de esas operaciones se ejecuta sin sentencia firme detrás. En un sistema que presume de Estado de derecho, eso abre un melón que el conflicto en Ucrania ha convertido en asunto de primer orden.
La cuestión de fondo se formula en una línea: ¿qué base jurídica permite requisar el patrimonio de alguien por el país en el que nació? La versión oficial apela a las sanciones internacionales y a los vínculos del afectado con el poder ruso. La crítica responde que ahí se está confundiendo al empresario con el Estado.
¿Qué base legal tiene la incautación de bienes rusos?
El objetivo declarado es la presión económica: golpear la cartera de quienes sostienen el entramado financiero del Kremlin para encarecer la guerra. Sobre el papel suena quirúrgico. En la práctica,
los afectados no siempre residen en Rusia ni tienen relación directa con la decisión política, y ahí arranca el problema. Hay quien sostiene que estas medidas no superarán el filtro de los tribunales; el propio planteamiento inicial del asunto duda de que tengan recorrido judicial alguno.
Conviene distinguir dos cosas que se mezclan todo el rato: el bloqueo temporal de activos, que es una medida cautelar reversible, y la expropiación definitiva, que es otra liga. La primera se justifica como arma de negociación. La segunda convierte a un particular en pagano de una guerra que no declaró.
Sin auto judicial y sin derecho de defensa, el afectado no tiene forma de demostrar que su fortuna es anterior al conflicto ni de discutir la etiqueta que le han colgado.
Por qué nunca había ocurrido: el dinero dejó de ser físico
La comparación histórica que más circula es la de la Segunda Guerra Mundial, cuando, según se sostiene en el debate, ni las propiedades de los exiliados alemanes ni las de los empresarios del bando contrario se tocaron de este modo. ¿Por qué ahora sí? Una respuesta se repite con fuerza:
porque nunca antes fue técnicamente posible. La mayor parte de la riqueza ya no son lingotes ni escrituras, son apuntes en un ordenador. Congelar un saldo o marcar una cuenta es hoy cuestión de un clic.
Esa es la parte que inquieta. La misma tecnología que permite bloquear la embarcación de un magnate permite bloquear la nómina de cualquiera. Y el precedente, una vez sentado, no distingue nacionalidades. El argumento que se esgrime para justificarlo —que se trata de una excepción puntual contra un régimen que no respeta nada— es el mismo que podría usar el siguiente gobierno con menos escrúpulos.
El precio a pagar: reservas, dólar y confianza institucional
El movimiento que más ruido genera no es el de los yates, sino el de las reservas de un banco central. Si un país puede ver sus activos en el exterior congelados de un día para otro, cualquier Estado con reservas en euros o dólares tiene un motivo nuevo para replantearse dónde las guarda.
Según un cálculo que circula en el debate, dos tercios de la población mundial vive en países que no han respaldado las sanciones, y esa mayoría no necesitaba muchos incentivos para buscar alternativas.
La tesis que se repite es que el dólar y el euro son moneda de reserva por la seguridad que ofrecen, no por decreto. Y esa seguridad es precisamente lo que se está poniendo en el escaparate. Llama la atención el caso de
Gazprom, cuyas acciones, según un participante, ya no valen nada mientras el gas sigue ahí. Una destrucción de valor que, según ese mismo planteamiento, no responde a ningún cambio en los fundamentales del negocio.
Sumado al cierre de medios señalados como prorrusos, el resultado es una erosión difícil de reconstruir: la confianza institucional no se recupera de un día para otro. El surrealismo llega hasta el deporte, con el planteamiento, señalado por un participante, de un expediente de la UEFA al Fenerbahçe por los cánticos de su afición a favor de Putin en un partido contra el Dinamo de Kiev.
Yemen, Gaza y el doble rasero que nadie quiere mirar
Al asunto le sale un incordio por el flanco de la coherencia. Si el criterio es castigar la guerra de un Estado incautando el patrimonio de sus empresarios, la lógica no se sostiene sola: ¿se tocará algún día el dinero de los inversores de países que bombardean Yemen o Gaza? ¿Y las propiedades de compañías españolas en el extranjero si España entra en un conflicto? La pregunta no es retórica, es la prueba del algodón del criterio.
La defensa del planteamiento responde que no hay comparación posible, porque aquí se trata de individuos
integrados en el círculo íntimo del poder, beneficiarios directos de concesiones estatales y no simples triunfadores del mercado. Es un matiz relevante, aunque traslada el problema a otro sitio: alguien tendría que demostrar, caso por caso y con pruebas, quién pertenece a ese círculo y quién no. Sin eso, la etiqueta de oligarca sustituye a la sentencia.
Del empresario ruso a tu cuenta corriente
Aquí está el punto que más inquieta a quien mira el asunto sin la coyuntura delante. La discusión sobre el euro digital y sobre la capacidad técnica de bloquear saldos ha dejado de ser teórica: si el Estado puede apretar un botón y dejar una cuenta a cero por una decisión administrativa, el resto es cuestión de voluntad política. En el debate se citan precedentes más modestos —retiradas de permisos de conducir por impagos, cuentas congeladas sin orden judicial— que dibujan la pendiente.
El aviso que se repite es simple:
hoy son los sospechosos de siempre; mañana puede ser una nómina cualquiera. Y una vez que la excepción se normaliza, vuelve a convertirse en norma. La prevaricación, recuerdan algunos, era un delito hasta hace relativamente poco.
El asunto sigue vivo donde no hay sentencia que lo cierre: en los despachos, en las cuentas congeladas y en la lista de países que ya están buscando dónde poner sus reservas. Con el precedente sobre la mesa, la pregunta que queda sin responder no es qué se confisca, sino quién firma la próxima orden y con qué papel detrás.