La década que modernizó al Ejército de Corea del Norte: del cartón piedra al misil hipersónico
La última década ha cambiado el guion sobre el Ejército Popular de Corea. Lo que durante años se despachó como propaganda de cartón piedra ha mutado en un programa armamentístico con misiles balísticos de combustible sólido, vehículos de planeo hipersónico y una armada con pretensiones oceánicas. La cronología de los lanzamientos y desfiles que se han sucedido desde 2015 no deja espacio para el escepticismo de salón: el régimen ha pasado de probar satélites a exhibir un ICBM de 11 ejes.
En febrero de 2016, el lanzamiento del satélite Kwangmyongsong-4 demostró que el vector Unha-3 modificado podía poner carga en órbita. Siete años después, en abril de 2023, el Hwasong-18 se convertía en el primer ICBM de combustible sólido del país, capaz de pasar de la preparación al disparo en minutos y de permanecer oculto en túneles. El salto no es menor: elimina la vulnerabilidad del repostaje previo, el talón de Aquiles de los misiles líquidos.
Hipersónicos, drones y una armada nueva
La siguiente fase fue aún más ambiciosa. En abril de 2024, el Hwasong-16B incorporó un vehículo de planeo hipersónico (HGV) que maniobra a más de Mach 5 a baja altitud, un quebradero de cabeza para los sistemas de defensa antimisiles. El desfile de octubre de 2025 presentó el Hwasong-20, con tres lanzadores TEL de 11 ejes, junto a una flota de drones de ataque suicida y tanques de nueva generación.
En el mar, la clase Choe Hyon ya cuenta con dos destructores en pruebas (el segundo, bautizado Jiang Jian, disparó misiles de crucero en julio) y un tercer y cuarto en construcción. Kim Jong-un también supervisó el diseño de un submarino nuclear estratégico de unas 8.700 toneladas, el mayor proyecto naval del régimen.
Entre el óxido y el brillo de desfile
Ahora bien, no todo es un avance lineal. Hay quien recuerda que la economía norcoreana sigue siendo un chiringuito y que las piezas de museo brillantes no patrullan. La ironía la resume un detalle: el primer submarino mostrado, oxidado y con evidente uso, parece transmitir más credibilidad que los destructores recién salidos de grada, porque el uso implica tripulación entrenada.
Incluso en el detalle menor hay curiosidad: las carabinas Type 88-3 llevan un cargador helicoidal tan ancho que la culata retráctil no puede envolverlo, y los brazos pasan por encima. El resultado parece un arma de película de acción ochentera más que un fusil de campaña. Pero ahí está.
El punto de inflexión estratégico es innegable: con una inversión de más de 63.000 millones de dólares en el sistema GMD, Estados Unidos se enfrenta a una amenaza que ya no es un actor de riesgo controlado, sino una potencia nuclear industrializada. La cuestión que sigue sin respuesta es cuánto de esa modernización es hierro real y cuánto es humo, y hasta qué punto la economía del régimen podrá sostenerla.