Notarios a los 25: la endogamia del mérito y el privilegio heredado
Iñigo Revilla y Nicolás Almarza Ayarza se convirtieron en notarios a los 25 años. Ambos son hijos de notario. La coincidencia no es casual: el acceso a la notaría en España sigue siendo un circuito cerrado donde el apellido pesa casi tanto como el temario.
El 10% que aprueba y el 90% que no
Solo uno de cada diez aspirantes supera las oposiciones a notario. Se necesitan años de estudio intensivo, pero la mayoría de los que logran la plaza tienen antecedentes familiares en la profesión. Los datos del Colegio Notarial muestran que un tercio de los notarios en ejercicio son hijos de notarios. El debate no es si estudian –lo hacen, y mucho– sino si parten con ventaja: acceso a material, contacto con fedatarios y, sobre todo, el conocimiento tácito de un oficio que se aprende en casa.
La renta de la fe pública
Una vez dentro, el negocio es goloso. Los aranceles notariales están tasados, pero permiten cobrar por trámites mínimos: un euro por abrir la ventanilla telemática, sesenta por una renuncia de herencia simple. La economía de la notaría se basa en el volumen de actos, y en zonas de alta actividad inmobiliaria los ingresos pueden superar los 8.000 euros mensuales. La pregunta incómoda: ¿cuánto valor añade realmente el notario a esa transacción?
La sombra del franquismo
El cuerpo de notarios actual tiene sus raíces en la promoción patriótica de los años 40, cuando se depuró a los profesionales afines a la República y se colocó a adeptos del régimen. Ese origen marcó una cultura de endogamia que ha perdurado. Las oposiciones actuales son objetivas, pero el filtro social sigue siendo feroz: quien no crece en un entorno jurídico difícilmente sueña con ser notario a los 18 años.
La pregunta que nadie responde es si el mérito individual puede romper el monopolio familiar. Mientras tanto, dos jóvenes de 25 años con apellido de notario suman una nueva generación a la casta. El sistema funciona, pero no para todos.
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