Invertir en cómics: 3,25 millones por un tebeo y muchas dudas
El 7 de abril de 2021, un número 1 de Action Comics —el ejemplar que introdujo a Superman en el mundo— se vendió por
3,25 millones de dólares, unos 2,7 millones de euros, en la web ComicConnect.com. La noticia la recogieron El Mundo y DW. Y dejó abierta una pregunta incómoda: si un papel viejo multiplica su precio, ¿tiene sentido invertir en cómics pensando en la reventa? La respuesta mayoritaria de quien lleva años en esto es un no con matices.
Qué se paga de verdad por un cómic
El titular de los 3,25 millones es la excepción que confirma el resto. Debajo, el mercado real es otra cosa. Como recoge un forero, una copia con
grado 9.6 CGC del X-Men nº 7 se ha vendido por 8.000 dólares; otra puja se cerró en
725 dólares tras una oferta de última hora, con el perdedor plantado en 610. En abril de 2017, un artículo de Inc.com cifraba en 2.500 o 3.000 dólares una copia 9.0 de Hulk 181.
Traducido: lo que se revaloriza con fuerza son unos pocos
santos griales —Action Comics 1, Detective Comics 27, Amazing Fantasy— y las primeras apariciones de personajes que luego fueron iconos. El resto, incluido casi todo lo publicado en las últimas tres décadas, vale poco o nada. Solo sostienen precio las primeras ediciones americanas en buen estado.
La nota CGC que casi nadie puede conseguir
Aquí está el detalle que rompe muchas ilusiones. Existe una empresa, Certified Guaranty Company, que puntúa el estado de conservación de un cómic y lo sella. Una nota alta dispara el precio. El problema es de dónde salen esas notas.
Quien lleva 35 años comprando lo explica sin adornos: una graduación de 9.6 es prácticamente imposible si el ejemplar se guardó de forma normal. Sus copias, dice, andarán entre 2.5 y 4, y no las manda a evaluar porque
cuesta más el proceso que el cómic. Es decir, la mayor parte del papel que la gente atesora en casa nunca alcanzará las notas que disparan el precio.
El pinchazo de los 90 y la burbuja de la nostalgia
Nadie que lleve tiempo en esto olvida lo que pasó con el mercado del cómic en los años 90. Un forero lo resume como precedente con una sola palabra:
catacrock.
Sobre el pico actual circula una tesis que se repite: esto es una burbuja de gente de mediana edad con dinero que intenta recuperar su infancia. Cuando esa generación deje de comprar, avisan, el mercado se deshincha. Una reflexión de otro forero resume el mecanismo:
el coleccionismo solo existe cuando abunda la gente que ya no sabe qué más comprarse.
Sellos, postales y el comprador que llega tarde
El aviso más duro no viene de los cómics, viene de otros coleccionables que hoy nadie mira. Quien de niño juntó sellos y los compró a precio de catálogo descubrió al venderlos que no sacaba ni la mitad. Hay quien se pregunta directamente quién colecciona ya vitolas de puros, sellos o postales.
La advertencia vale igual para el vinilo, el VHS o los juguetes de los ochenta. El coleccionismo es cíclico y se mueve por modas. Cambia la moda y el mercado se hunde sin avisar.
Cómics o cartera: el orden correcto
Hay una postura que ordena el debate. Antes de plantearse cómics, cartas o arte, hay que tener una cartera con activos tradicionales: renta variable, renta fija, inmobiliario. Solo entonces tiene sentido destinar una parte a activos alternativos, y solo si uno conoce el sector y sabe identificar gangas.
Quien lo ve como vehículo de inversión puro suele perder. Quien lo ve como un gasto en algo que le apasiona, rara vez se arrepiente. La diferencia no es el activo, es la expectativa con la que se entra.
El papel contra la nube
Y luego está el problema de fondo: el formato físico. Las colecciones de miles de libros, revistas y cómics ocupan habitaciones enteras y su valor de reventa tiende a cero. La digitalización —lectores electrónicos, tabletas, memoria— ha hecho que el contenido valga y el soporte no. Vender una colección grande es hoy un ejercicio de paciencia: dos euros por unidad, gastos de envío y seguros que se comen el margen. Muchos acaban contactando con tiendas especializadas para vender al peso.
Lo llamativo es que casi nadie tira sus estanterías, aunque sepa que no volverá a abrir esos tomos. Ahí se mezclan el valor sentimental y el espacio perdido, y ninguna hoja de cálculo resuelve ese nudo.
Quién comprará cuando envejezca el comprador actual
¿Y las nuevas generaciones? Esa es la incógnita que el análisis no cierra. Como apunta un forero, quienes hoy mueven el mercado retro andan entre los 37 y los 45 años. Cuando dejen de comprar, no está claro quién toma el relevo. Nadie ha sabido decir todavía qué pasa con un mercado cuyo comprador natural nació después de que todo estuviera digitalizado.