Irán: mucho misil, pocos resultados y un relato en duda
Cinco oleadas de misiles. Un puñado de civiles muertos. Ni un solo suboficial enemigo abatido, según el recuento más repetido en la conversación. Ese es el balance que una parte del análisis extrae del intercambio de golpes entre Irán e Israel y que sirve para responder a la pregunta que sobrevuela el asunto: ¿es Irán una potencia militar de verdad o un gigante con los pies de barro? La respuesta, como casi siempre, depende de a quién se le pregunte y de qué se entienda por ganar.
El punto de partida es una afirmación rotunda:
«Irán es una mierda pinchada en un palo». A partir de ahí, el intercambio deriva hacia terrenos muy distintos: la capacidad real del arsenal iraní, la eficacia del escudo israelí, el papel de Estados Unidos, la naturaleza del régimen de Teherán y hasta la legitimidad histórica de Persia como civilización. Pocas veces un titular tan corto dio para tanto.
Qué ha demostrado el intercambio de misiles
El argumento más repetido es el del contraste entre propaganda y resultados. Se sostiene que
Irán dispara mucho y acierta poco, que buena parte de los proyectiles cae en zonas despobladas del desierto o incluso fuera de territorio israelí, y que la defensa israelí, con apoyo estadounidense, intercepta la mayoría. La conclusión que se extrae es que contra el armamento americano no hay nada que hacer, y que ni Rusia ni Irán, con todo su ruido en redes, han demostrado estar a la altura.
Enfrente aparece el matiz. Hay quien recuerda que
Irán es perfectamente consciente de sus limitaciones: carece de fuerza aérea efectiva, arrastra aviones de los años ochenta y ha diseñado su potencial militar asumiendo esas carencias. Desde esa lectura, lo que parece torpeza es en realidad una gestión racional de recursos escasos: no se puede competir en cazas, así que se apuesta por misiles y drones. Y no se enseñan todas las cartas de golpe.
La contraoferta a esa tesis es la del desgaste. Se argumenta que
Irán puede permitirse muchos muertos, pero Israel los esconde, y que los misiles más modernos y de mayor alcance están guardados para más adelante. Los drones de las primeras oleadas serían obsoletos, ya superados por versiones con más velocidad, más radio de acción y trayectorias cambiantes. Es una guerra de largo recorrido, dicen, y lo que se ha visto es solo el aperitivo.
El Mossad y la guerra que no se ve
Uno de los puntos donde más converge el análisis es en la capacidad de infiltración.
Coches bomba, objetivos fijados, mandos localizados. La lectura dominante es que los servicios israelíes tienen penetradas las estructuras iraníes hasta un punto que explica muchos de los resultados sobre el terreno. Eso, se dice, tiene que tener a la cúpula militar iraní con el pulso tembloroso.
No es una impresión aislada. Se menciona el intento de reclutar disidentes para colocar a un heredero del Sha, con agentes capturados, torturados y, en algún caso, según se afirma, atados a misiles con rumbo a Israel. La primera víctima de una guerra es la verdad, resume una de las intervenciones más citadas: ni Israel está arrasando ni Irán puede ganar.
¿Qué régimen es Irán y qué se juega la región?
El plano militar se cruza con el político. Una corriente describe el régimen iraní como
un sistema de vigilancia extrema sobre su propia población, con especial atención al control de las mujeres, y subraya su condición de teocracia sin vocación democrática. Otra recuerda que no es una dictadura cualquiera: es una civilización con milenios a la espalda, con aportaciones históricas que van del primer derecho humano documentado a revoluciones matemáticas, y que ha sobrevivido a conquistadores mucho más temidos que cualquier ejército contemporáneo.
En medio, testimonios de primera mano. Quien ha estado en Teherán describe una impresión positiva: mujeres al frente de departamentos, presencia femenina notable en la universidad y en centros de formación técnica, con multinacionales asiáticas operando en la formación profesional. Y una observación que rompe esquemas:
las condenas a muerte se aplican, según ese relato, a pederastas. No es una democracia, concede, pero tampoco el estereotipo plano que se vende fuera.
El escenario que nadie descarta
La hipótesis más incómoda es la de la caída del régimen. Quien la plantea avisa de que no se trata de los talibanes:
son más radicales y no dudarían en arrastrar al país entero antes que rendirse. El precedente que se cita es el de una Alemania acorralada que siguió luchando hasta el final. La conclusión es que Estados Unidos e Israel pueden destruir infraestructura, pero forzar un cambio de régimen es otra cosa.
Y luego está la lectura larga. La que sostiene que
Persia lleva milenios en pie y seguirá donde está pase lo que pase, mientras que Israel es un estado de nuevo cuño, con diez millones de habitantes, que depende de un aliado hegemónico y se ha enemistado con todos sus vecinos. Cuando ese aliado ceda el puesto, la cuenta se ajustará sola. Tic, tac.
El detalle que descoloca no es militar. Es que, después de cinco oleadas, de reactores alcanzados y de cúpulas diezmadas, la discusión sigue girando alrededor de la misma pregunta del principio: quién está ganando. Y nadie, ni los más vehementes, se atreve a ponerle fecha a la respuesta.