La embajada israelí pregunta si España toleraría un Irán nuclear
Una embajada no pregunta por preguntar. La de Israel en España trasladó al Gobierno una cuestión que no admite respuesta cómoda: «¿Está España dispuesta a vivir bajo la amenaza de un arma nuclear, bajo el riesgo de aniquilación y bajo un terrorismo constante?». El texto llegó después de que el Ejecutivo condenara la «escalada militar en Oriente Medio» a raíz del ataque israelí contra instalaciones nucleares y militares iraníes, y de que la legación reprochara que ese comunicado parece ignorar la
«amenaza existencial» que el programa nuclear iraní representa para Israel. No consta que el Gobierno haya replicado públicamente. Alrededor del asunto se ha abierto una discusión en la que el cálculo estratégico convive con el exabrupto.
Qué dice la embajada de Israel y qué contestó el Gobierno
El comunicado del Ejecutivo habla de «escalada» y no de ataque, y la representación diplomática israelí reprochó que con ese vocabulario parece ignorarse la amenaza existencial del programa nuclear iraní. La pregunta que lanzó —si España aceptaría vivir bajo amenaza nuclear— puede leerse como una forma de
trasladar el coste de la condena al terreno de la seguridad nacional.
Hay un matiz que un participante subraya y que conviene no perder: la embajada se dirige a
España, no a Pedro Sánchez. La distinción importa porque permite separar el reproche al inquilino de La Moncloa del reproche al país.
La réplica oficial no consta. La oficiosa, en cambio, es abundante y de tono dispar: desde quien reclama una respuesta firme hasta quien despacha el asunto con guasa.
¿Es España un objetivo nuclear o un daño colateral?
El ejercicio de imaginación más citado del hilo es también el más oscuro: según un mensaje, en España «solo caerán dos o tres gigatones». La frase funciona como chiste de trinchera, pero contiene una tesis, la de que el país no figura en ninguna lista de prioridades.
La lista que se maneja en una parte de la conversación es explícita:
Reino Unido, Francia y Alemania, por ese orden. España entraría, si acaso, en el capítulo de
daños colaterales, de efectos de arrastre, de mercados y de rutas. De ahí a sostener que la irrelevancia protege hay un paso que se da sin sonrojo.
Frente a ese argumento, otro participante apunta algo más incómodo: cuando se habla de guerra nuclear se asume que las bombas caen sobre población civil y no sobre objetivos militares. Si eso es así, la condición de objetivo secundario consuela poco.
Alemania y Francia: la pregunta que queda sin respuesta
La pregunta por lo que hayan dicho Berlín y París sobre la amenaza se lanza en el hilo y queda sin respuesta. El silencio ajeno se usa como coartada propia, que es un
deporte nacional bastante anterior a este episodio.
Del comunicado a la refriega política interior
El giro llega rápido. En pocas intervenciones el asunto pasa de Oriente Medio a la Moncloa: hay quien sostiene que un Ejecutivo de otro signo se plegaría sin condiciones a las tesis israelíes.
Entre medias aparece la sospecha sobre el calendario: un participante sostiene que un conflicto abierto favorecería a quien ocupa el poder y le permitiría gobernar por decreto. Nada de eso se sostiene con datos aquí; es materia de fe política, y como tal circula.
Lo probable es que la embajada israelí no vuelva a formular la pregunta por escrito. Y lo probable, casi seguro, es que la respuesta española, cuando llegue, esquive el fondo: si un país sin capacidad nuclear está dispuesto a asumir el coste de una amenaza que no puede neutralizar. Con la que está cayendo, ese sigue siendo el único punto que nadie quiere firmar.