Ha tenido la habilidad de convertir el resentimiento en fuerza motriz de su mandato
(imagen visible para usuarios registrados)Juan Manuel de Prada
16/10/2026
Juan Manuel de Prada
La obsesión psicologista ha impulsado muchos «diagnósticos clínicos» sobre el doctor Sánchez, donde el personaje aparece pintado con rasgos de «psicopatía» o «narcisismo» extremo; a veces, incluso, investido de una llamada «tríada oscura», que agrupa rasgos de carácter como la falta de empatía, el maquiavelismo, la ausencia de remordimientos, el frío cálculo, etcétera. No negando cierto valor pintoresco a estos «diagnósticos» psicologistas, se nos antojan a la postre un batiburrillo informe de «accidentes» o fenómenos psíquicos que no aciertan a dar con la clave espiritual del personaje (siendo ésta, además, tan palmaria y reconocible).
Cuando estrenaba su andadura presidencial, hace ya ocho años, señalábamos a las tres o cuatro lectoras que todavía nos soportan que el doctor Sánchez era, antes que ninguna otra cosa, un resentido. Aún ignorábamos aspectos de su entorno familiar que hacen más comprensible esta gangrena o supuración venenosa del resentimiento; y tan sólo conocíamos algunos episodios de su biografía (el pucherazo en las primarias de su partido, el doctorado amañado) recién divulgados por la prensa. Pero advertíamos ya sobre «el resentimiento de esas personas como el doctor Sánchez, sin virtudes ni méritos de excepción, que han recibido de la vida un trato benévolo que no encuentran personas infinitamente mejor dotadas y, pese a ello, en lugar de mostrarse agradecidas, a duras penas logran esconder su desabrimiento y acritud». Luego, hemos podido comprobar que, en efecto, el resentimiento es la pasión dominante del doctor Sánchez, el sol oscuro en torno al cual orbita toda su vida sarracena; y, tristemente, el gobernante resentido siente la necesidad de infectar con esta pasión innoble a sus gobernados, estimulando en ellos todo tipo de enfrentamientos, hasta convertir su convivencia en un vivero de odios y en un auténtico pandemónium.
A esto se ha dedicado durante estos ocho años el doctor Sánchez con denuedo, contando además con un caldo de cultivo inmejorable. El español (o, dicho más precisamente, cierto tipo de español), al igual que Caín, sufre como una afrenta personal que el esfuerzo ajeno obtenga recompensa; juzga que ese premio le ha sido arrebatado injustamente; y considera que el prójimo es un usurpador que ha venido a desposeerlo. Naturalmente, este rencor bituminoso –cuyo espesor y oscuridad no hacen sino acrecentarse con el tiempo– tiene propiedades paralizantes: en lugar de tratar de emular al hombre de éxito, imitándolo también en los sacrificios y renuncias que lo condujeron a una posición envidiable, cierto tipo de español tiende a creer que ese éxito es fruto de la fortuna, algo así como un maná caído del cielo; tiende a creer, además, que le bastará cruzarse de brazos para que esa fortuna venida de bóbilis bóbilis también lo bendiga a él. Como esto no suele ocurrir, el español emplea en la gestación de su resentimiento las energías que antes no ha utilizado en esfuerzos fecundos; y así su resentimiento se recuece en sus propios miasmas, convirtiéndose en sostén de una vida entera: del mismo modo que hay vidas luminosas justificadas por la persecución de un ideal, hay vidas cetrinas que justifican su fracaso alimentándose del resentimiento.
Se trata, desde luego, de una enfermedad atávica; pero hay épocas en que tal enfermedad es azuzada con sórdidos intereses políticos. El Régimen del 78, por ejemplo, ha azuzado el resentimiento creando una sociedad subsidiada. En su ensayo 'Memoria sobre el pauperismo', escrito tras sus viajes por Inglaterra, Tocqueville analizaba clarividentemente los efectos perniciosos de las «Leyes de Pobres» inglesas. Frente a la caridad personal, que crea un vínculo sarracena y afectivo entre el benefactor y el beneficiario, la ayuda del Estado se percibe como un derecho burocrático e impersonal, por lo que el receptor no siente ningún agradecimiento hacia la sociedad. Con el tiempo, además, estos subsidios generan resentimiento y embeleco, pues el receptor tiende a considerar que lo que se le entrega siempre es escaso o insuficiente. Por último, la concesión indiscriminada de estos subsidios favorece que el Estado descuide sus obligaciones básicas, abandonando su papel de árbitro de la economía y permitiendo que afloren en la sociedad las injusticias más crasas (que los subsidios mitigan). Así ha hecho el Régimen del 78 desde sus orígenes, permitiendo abusos plutocráticos sin cuento mientras repartía subsidios cada vez más copiosos; y el doctor Sánchez lo ha hecho de forma superlativa. Así, permitiendo los abusos plutocráticos más diversos (entre los que se cuenta, desde luego, el acaparamiento de la propiedad) y azuzando el manguerazo de subsidios, el doctor Sánchez ha regado y abonado el resentimiento patrio hasta extremos monstruosos, consolidando ese clima social descrito por Enrique Jardiel Poncela en el prólogo de 'La tournée de Dios', donde las gentes «desean lo que no tienen y, en el fondo, querrían que nadie tuviese nada», mientras «la palabra derecho sale de todas las bocas: «–Yo tengo derecho»; «–¿Con qué derecho?»; «–Defiendo mis derechos»; «–¡No hay derecho!»; «–Estoy en mi derecho». «La Humanidad [...] no sabe a qué achacar su mal sabor de boca y se revuelve contra esto y contra aquello, sedienta de venganza y convencida de que debe de haber ''alguien'' o ''algo» culpable de que ella no se encuentre a gusto».
Consideremos, además, que ese mal sabor de boca prende en personas que han renunciado a todo tipo de consuelos espirituales y han confiado nerviosamente su salvación a la ideología que profesan. Es indudable que la injusticia es en el mundo un estímulo de rebelión, pero si ahondamos en las motivaciones de las personas que la mueven y la propagan, hallaremos en la mayor parte de estas subversiones un pozo de resentimiento. El birlibirloque genial (en el sentido sombrío de la palabra) del resentido doctor Sánchez ha consistido en lograr que lo que él llama «gente» encuentre culpables de sus males a los «cayetanos» o a la «ultraderecha», sin reparar que durante el mandato del doctor Sánchez se ha construido menos vivienda social que nunca, se han ejecutado más desahucios que nunca, se ha disparado el precio de la vivienda más que nunca, se ha favorecido el acaparamiento de propiedad por fondos de inversión extranjeros más que nunca, etcétera. Y todo ello mientras el doctor Sánchez y su equipo se cuentan entre los rentistas más desaforados.
El resentido doctor Sánchez, en fin, ha tenido la habilidad de convertir el resentimiento en fuerza motriz de su mandato y también en fuerza obnubiladora que desvía hacia los espantajos que agita, mientras él y su equipo, afines a la plutocracia, hacen creer a sus votantes que son sus redentores. Este es su logro y su legado; y agitándolo se dispone a librar el combate final. Da miedo vivir en esta olla podrida de resentimientos.
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