La final del 2030: la oferta de Infantino a Marruecos
El fútbol y la política se han dado la mano en el culebrón del Mundial 2030. Según publicaba The Times, Gianni Infantino habría puesto sobre la mesa la final del torneo para Marruecos a cambio de los apoyos necesarios para mantenerse en la presidencia de la FIFA. Ni la FIFA ni los organizadores de la candidatura conjunta España-Portugal-Marruecos han confirmado nada, pero el malestar ya está servido.
Una oferta que huele a trueque político
La información, atribuida al diario británico, ha desatado las comparaciones con la política doméstica. Si Pedro Sánchez pactó con ERC y Junts para comprar su apoyo, Infantino estaría haciendo lo propio con el voto marroquí en el comité ejecutivo de la FIFA. La analogía tiene miga: en ambos casos se trataría de entregar una contrapartida costosa para el contribuyente español a cambio de unos votos.
El precio, además, no es menor. España y Portugal asumirían la mayor parte del gasto en infraestructuras, mientras que Marruecos se llevaría el partido más lucrativo del torneo. En el análisis económico, la final mueve turismo de alto impacto, patrocinadores y retorno mediático. Que ese pastel acabe en Rabat no es una decisión técnica, es una decisión política.
Marruecos, ¿socio o competidor?
La candidatura tripartita ya era extraña: tres países, dos continentes y una diferencia abismal de capacidad organizativa. Los ejemplos que se ponen sobre la mesa son ilustrativos: ¿cómo encajar a 20.000 alemanes bebiendo cerveza en una ciudad marroquí, mientras otros 10.000 noruegos llegan a otra? ¿Y dónde entrenarán las 48 selecciones durante tres semanas? Las dudas sobre hoteles, transporte y seguridad son legítimas, aunque también hay quien señala que Marruecos ha organizado grandes eventos internacionales con solvencia.
La fractura UEFA-FIFA se agrava
Detrás del rifirrafe late un pulso institucional. La UEFA ve con recelo la deriva personalista de Infantino, heredero de Blatter en la escena de la corrupción. Las quinielas apuntan a la posibilidad de que las federaciones europeas se planteen retirar la candidatura o incluso organizar una Eurocopa paralela ese verano. Es una mera hipótesis, pero el precedente de la Superliga muestra que la amenaza no es humo.
Mientras tanto, el aficionado español asiste al espectáculo con una mezcla de resignación e ironía. Da igual dónde se juegue la final: alguno ya lo tiene claro, “va a ganar España”. Que sea en Marruecos o en Lisboa no cambiará el marcador. Pero la pelota, como casi siempre, está en el tejado de los que mandan.