Barandillas: están para señalizar el peligro, no para sujetarte
¿Cuántas veces te has apoyado en una barandilla sin pensar que puede ceder? La respuesta es incómoda: la mayoría de nosotros, a diario. La advertencia que se repite en círculos de montaña desde hace décadas es tajante: las barandillas se instalan para señalar y delimitar lugares peligrosos, no para soportar el peso de una persona. Y los accidentes que se acumulan en prensa demuestran que no es una exageración.
El argumento se refuerza con una colección de casos reales que van de lo trágico a lo casi milagroso. En Portland, un inquilino murió al ceder un porche y la ciudad ordenó retirar los balcones del edificio. En Nueva Jersey, un niño falleció tras caer de un primer piso y otro resultó herido. En el centro comercial Ala Moana de Honolulu, una barandilla oxidada provocó un muerto y un herido crítico; la ciudad multó al centro por los pasamanos en mal estado. En Getxo, tres menores acabaron con traumatismos al ceder una barandilla. En A Coruña, una mujer murió y el informe policial certificó que la valla del paseo estaba en mal estado. La lista sigue: en la ruta del Cares, una joven cayó más de veinte metros al ceder una valla de madera con anclajes defectuosos.
La cultura de la confianza: creer que todo es seguro
Detrás de estos accidentes hay una idea que algunos analistas llaman la «cultura de la confianza»: asumimos que cualquier construcción está en buen estado, que si tiene aspecto sólido es seguro. La realidad es que el mantenimiento brilla por su ausencia. En la construcción española, la calidad ha sido históricamente deficiente: hay quien sostiene que las chapuzas son la norma en el 99% de los casos, y que la gente se ofende cuando avisas del peligro. El ejemplo del arquitecto premiado que diseñó una barandilla de cristal con remates de acero y acabó partida sirve de metáfora perfecta: la estética no sujeta.
Un profesional que ha dirigido obra de barandillas, ventanas y muros cortina lo resume en dos palabras: jamás me apoyo. No se trata de ser miedoso, sino de saber que el elemento que separa del vacío no está calculado para carga de apoyo, sino para contener caídas accidentales. Y cuando falla, un par de pisos bastan para matar a alguien.
El balconing y la trampa de la altura
El asunto resurge cada verano con las muertes por balconing en Magaluf y otros destinos turísticos. Ahí la culpa suele echarse a la víctima, pero hay testimonios que señalan que la altura de las barandillas es insuficiente para la estatura media de los visitantes. Con barandillas bajas, un mínimo desplazamiento del centro de gravedad hace girar a la persona y caer al vacío. Un caso lo cuenta un testigo que cayó desde un desnivel de metro y medio y solo salvó la vida porque aterrizó en un prado.
La advertencia no es nueva. En los miradores de montaña, desfiladeros y puentes siempre se ha dicho: nunca te apoyes, son para señalar el peligro. Y sin embargo, la confianza mata. De hecho, la caída es la principal causa de muerte externa en la mujer, muy por delante de otros riesgos.
Nueve años después, el aviso sigue vigente
La recopilación de estos casos lleva años nutriéndose de nuevas desgracias. En 2021 se añadió el caso de un hombre que murió al caer de un balcón en Tarragona por el fuerte viento, y el de ocho universitarios bolivianos que cayeron cuando una baranda cedió en la universidad. Años después, los episodios se repiten: pasarelas de madera sobre acantilados, vallas de hierro ancladas sin ingeniería, barandillas que parecen nuevas pero tienen los anclajes corroídos.
Quizá la lección más barata y eficaz es la que repiten los que más saben del asunto: si no es necesario, no toques la barandilla. Y si tienes que apoyarte, hazlo solo en aquello que sepas que está en buen estado. Porque lo único que separa una tarde normal de una caída de veinte metros es una pieza de acero inoxidable que puede estar podrida por dentro. Como dice el refrán que circula entre los que trabajan en altura: mejor vejez jodida que muerte temprana por gilipollas. Cada cual que ajuste su nivel de confianza.