80 Oreos de una sentada: el snack que nadie paga
Un vídeo de alguien que se come 80 galletas Oreo de una sentada y lo celebra con un comentario jocoso ha desatado una discusión más incómoda de lo que parece. La escena es lo de menos: lo que se discute es quién paga la factura sanitaria y social de un cuerpo que, a ese ritmo, se aproxima a los 350 kilos. Porque el caso no es aislado. En el mismo intercambio se recuerda a un paciente de 350 kilos al que el Hospital de Manises trasladó a casa en un camión y contra su criterio, y que en 2023 había perdido 240 kilos antes de ser detenido dos veces por narcotráfico, según relata un participante. La anécdota de las galletas es la punta del iceberg.
Qué es un mukbang y por qué se paga con la salud
El fenómeno tiene nombre:
mukbang. Nació en Corea del Sur y consiste en ingerir cantidades industriales de comida en directo, con el ruido de la masticación como reclamo sensorial. La muerte en directo de la streamer china Pan Xiaoting, de 24 años, mientras grababa este tipo de contenido, ha puesto el foco sobre una práctica que hasta ahora se miraba con curiosidad y no con alarma. La retransmisión de ingestas masivas no es una excentricidad: es un modelo de negocio que monetiza el exceso.
El detalle que más se repite en el análisis es el perfil de quien lo consume. No es hambre. Es una patología. La hipótesis que gana peso entre los participantes es que la obesidad mórbida —la de 200, 250 o 300 kilos, no la de 20 kilos de más— tiene detrás un trastorno mental que ningún endocrino arregla con una dieta. El circuito es conocido: el cuerpo pide recompensa, la pantalla la amplifica y el aplauso la consagra. Un problema psiquiátrico con una cámara delante.
El cálculo calórico que nadie quiere hacer
Ochenta Oreos no son un snack. Son una bomba de calorías vacías y grasas hidrogenadas que solo un cuerpo joven con las arterias aún no atascadas puede procesar sin pasar por urgencias. Ese es el argumento que más se repite entre quienes miran el vídeo con el gesto torcido: el problema no es la cantidad, es la composición. Grasas trans, azúcar y aceite de palma en dosis que ningún metabolismo amortiza.
La comparación que circula es demoledora. Hay quien se come un trozo de turrón y amanece con granos como un adolescente, mientras otro se mete seis pasteles para parar un tren y no se inmuta. La genética reparte cartas muy desiguales. Y luego está el detalle de la saciedad: comer durante mucho tiempo el mismo sabor debería cansar. En un trastorno alimentario, no cansa. Eso es exactamente lo que lo delata.
Quién mantiene a quien no puede trabajar
La pregunta económica sobrevuela todo el asunto. Un cuerpo de 300 kilos no trabaja en la obra ni de cara al público. Entonces, ¿quién paga la casa, el coche, la comida y el IBI? En los programas de televisión sobre obesidad extrema aparecen matrimonios con dos hijos, dos coches y casa individual con jardín, y nunca se explica de dónde sale el dinero, según comenta un participante. La sospecha de que hay una pensión o una ayuda pública detrás es inevitable, y nadie la desmiente.
El coste no termina en la compra. El traslado de un paciente de 350 kilos exige un camión porque no existen ambulancias homologadas para ese peso. La sanidad pública asume un gasto logístico que no está diseñado para ese volumen. Y cuando el paciente se recupera parcialmente, el sistema tampoco tiene previsto qué hacer con él.
El espectáculo como modelo de negocio
Hay un ángulo que incomoda más que el sanitario: el vídeo existe porque alguien lo ve. Los seguidores no son espectadores pasivos, son clientes. Pagan con likes, con suscripciones y con publicidad que se reparte entre la plataforma y el creador. El cuerpo que se destroza es el producto. La degeneración es el gancho.
Eso explica por qué el fenómeno no se corrige solo. Mientras haya audiencia, habrá quien se meta 80 Oreos delante de una cámara. La nueva sociedad del espectáculo constante convierte cualquier exceso en contenido, y el algoritmo premia lo extremo. La compasión no paga el alquiler; el morbo sí.
La ayuda que no llega y el aplauso que sobra
La conclusión que se impone es incómoda. Estas personas necesitan tratamiento psiquiátrico, no una bandeja de galletas ni una comunidad que les jalea. El aplauso digital es la peor medicina posible: refuerza el trastorno y retrasa la única intervención que funcionaría. Mientras tanto, el sistema sanitario pone camiones donde debería poner psiquiatras.
Queda la duda de siempre. Si el problema es tan evidente, si el coste es tan alto y si la solución es tan conocida, ¿por qué seguimos mirando?