Banco Popular: el suelo en 0,47 euros que acabó en un euro
El suelo del Banco Popular no estaba en 0,47 euros. Estaba en cero, y el accionista lo descubrió casi a la vez que el regulador. La proyección que situaba un suelo «interesante» en torno a los 0,47 euros, con rebote mínimo hasta 0,70 y opción sobre 0,84, tenía su lógica de gráfico —mínimos perforados, jornada de pánico, nivel pendiente de tocar— y, según sus críticos, ninguna indicación clara de salida. Es el detalle que se repite en cada operación así: se acierta el dibujo y se falla el plan. Cuando se avisó de que perder los 0,47 ponía la cosa fea y era mejor salirse, ya era tarde para casi todo el mundo.
¿Por qué 0,47 euros no fue el suelo del Popular?
Nunca lo fue porque un nivel técnico no dice nada sobre el valor de una empresa: solo marca dónde se han parado las ventas antes. La discusión posterior se centró en los porcentajes, y ahí los números se estiraron sin pudor. Se defendió una revalorización de casi el **40%** desde los 0,65 euros hasta los 0,87. La aritmética dice otra cosa: de 0,65 a 0,87 hay un **33%**, y quien hubiera seguido la recomendación en el minuto de su publicación habría comprado a **0,72**, con lo que el rebote se quedaba en un 20% y, afinando más, en un **13%** en el mejor de los escenarios posibles. El problema no es el porcentaje exacto. El problema es que después la acción cayó más de un 30% desde aquel supuesto suelo, y que, según sus críticos, nadie dijo cuándo salir.
Mientras se discutía eso, hubo órdenes de compra a **0,50 euros por 8.000 acciones** con la esperanza de rascar un 10% y salir corriendo. El consejo más sensato que circuló aquellos días fue también el más corto: si se compra, se pone stop loss.
Lo que decían las cuentas frente al gráfico
El balance era el argumento que el análisis técnico no podía tapar. Los números que se manejaban entonces: **37.000 millones en créditos**, de los cuales **15.000 millones eran morosos**, un **40%** de la cartera frente al **7%** de media de la banca española. Las pérdidas anuales por esos créditos se estimaban en **5.000 millones**, con una capitalización bursátil de apenas **1.500 millones** y un valor contable declarado de **10.000 millones**.
La estructura accionarial cerraba el círculo. Alrededor del **10%** estaba en manos de familias y fondos de inversión; el **90%** restante, en pequeños accionistas. Es decir: la mayoría del capital era de gente sin capacidad ni incentivo para poner miles de millones en una ampliación. Cualquier escenario de recapitalización implicaba una dilución demoledora para ese 90%.
Un euro por el banco y 7.000 millones a cargo de los demás
La resolución puso las cosas en su sitio con una cifra que no admite interpretación: el **Banco Santander pagó 1 euro** por la entidad y anunció una ampliación de capital de **7.000 millones** para sanear el balance, por encima de los 5.000 que se habían barajado. El contraste se resumió en una línea que circuló mucho: cualquiera podía comprar tres acciones por un euro ese día; esa madrugada, **Ana Patricia Botín compró 4.196.858.092 acciones por 1 euro**.
Aquí conviene recordar el orden de los factores. La primera obligación de quien gestiona dinero ajeno —y más si es público— es protegerlo. Si un depósito solo está garantizado hasta cierto límite y la entidad está en riesgo, sacarlo es lo razonable. Los fondos que estaban apostando contra el valor también perdieron, y mucho.
Los créditos blandos a clientes VIP para comprar acciones del propio banco
Donde el asunto deja de ser una discusión de gráficos es en el detalle de cómo se colocaron las acciones entre minoristas. Según las informaciones que se difundieron, la entidad habría financiado con **préstamos blandos a sus clientes VIP** para que compraran títulos del propio banco. Si eso fue así, el círculo era perfecto: el banco prestaba el dinero con el que el cliente compraba al banco, y quedaba por aclarar si las condiciones del crédito estaban atadas a mantener las acciones. No es una anécdota menor. Es la diferencia entre invertir y estar dentro de la trampa.
De «Abengoa 2.0» al «manual para robar un banco»
La caída del **17%** en una sola sesión hizo que alguien lo bautizara como el nuevo Abengoa, y no era mala comparación. La cobertura periodística que siguió a la operación se movió entre la crónica y la denuncia: hubo medios que sostuvieron que la entidad fue descapitalizada para facilitar su absorción antes de la intervención europea, con la **Junta Única de Resolución** y su presidenta, **Elke König**, en el centro de la decisión y con **Mario Draghi** mirando hacia otro lado, según esta versión.
Circuló incluso un decálogo irónico que describía el proceso paso a paso: elegir un objetivo con buen negocio y balance vulnerable, colocar un caballo de Troya con buenos contactos, dejar que el goteo de noticias haga el trabajo y esperar a que los cortos hagan caja. Un manual de robo de banco sin revólver ni pañuelo, y perfectamente legal. Sobre el papel, todo correcto. Sobre las cuentas de los accionistas, todo perdido.
¿Llegará el día en que se devuelva un céntimo? Hay quien sostiene que los pufos deben pagarlos los accionistas y no los contribuyentes. Otros recuerdan que se vulneró la propiedad privada sin que nadie haya respondido por ello. Con el dinero ya colocado y el banco absorbido, conviene no apostar la casa a que la próxima vez el suelo sea el que dice el gráfico.