José Elías y el supermercado que él mismo no compraría
Hay una pregunta que José Elías lanza en sus propias redes y que, leída despacio, dinamita su personaje: si tuvieras 300.000 euros ahorrados, ¿los invertirías en un negocio que gana 30.000 al año? Montar un supermercado La Sirena cuesta 300.000 euros. Y solo deja 30.000 de beneficio anual. Cuando plantea eso, la mayoría responde que no. Él también lo entiende. Y ahí está el nudo: el hombre que presume de imperio compró una cadena de supermercados con un retorno del 10% bruto, un margen que cualquier pequeño inversor rechazaría en una comida de domingo. La paradoja no es menor. Elías, que se hizo célebre explicando en YouTube que tiene siete holdings —obra pública, alimentación, energía, medicina, viviendas— y unas 180 empresas con 13.000 empleados, acaba de confesar en público que el negocio que le da la cara al público no lo habría comprado él.
Qué es La Sirena y por qué el dato incomoda
La Sirena es la cadena de congelados que Elías controla y que le ha servido de escaparate mediático. El cálculo que él mismo difunde es sencillo: 300.000 euros de inversión por local, 30.000 de beneficio anual. Un 10% sobre el capital, antes de impuestos, sin contar el coste de oportunidad ni el riesgo de un sector de márgenes finos y competencia feroz. Para un particular con ese dinero en el banco, la respuesta lógica es no. Para un supuesto gran empresario, la pregunta es por qué sí.
En el análisis que se ha hecho de su figura hay quien sostiene que Elías no compra supermercados por rentabilidad, sino por
sinergia: amueblar sus propios hoteles, alimentar su propia cadena, colocar producto de sus otras sociedades. Es decir, el supermercado no sería el negocio, sino la pieza de un puzle. El problema es que ese argumento lo convierte en un inversor industrial, no en el gurú de la inversión que vende en sus vídeos.
El relato del empresario hecho a sí mismo, bajo sospecha
La biografía que él mismo ha construido —hijo de obreros de Badalona, barrio de La Salut, de ver yonkis en el parque a la lista Forbes en diez años— es el activo principal de su marca. También es lo que más recelos despierta. Hay quien recuerda que su salto a la fama vino de la mano de un podcast de emprendimiento, no de una auditoría. Y hay quien apunta a que su exposición mediática —entrevistas de cuatro horas, desayunos con nombres del Ibex, vídeos en los que lee en una tablet lo que publican los medios— responde más a una estrategia de marketing personal que a la agenda de un directivo con 13.000 empleados a su cargo.
La comparación con otros vendedores de cursos es inevitable. Se le ha llamado la versión empresarial de ciertos gurús de redes, con mentorías para emprendedores que, según algunos cálculos que circulan, podrían rondar los 6.000 euros. No hay confirmación oficial de esas tarifas, pero el patrón —éxito visible, mensaje motivacional, producto formativo— es el mismo que el de otros personajes que acabaron peor de lo que empezaron.
La Sirena: ¿sinergia o agujero?
Sobre el terreno, la cosa no mejora. Hay testimonios de clientes que describen los supermercados de la cadena como locales vacíos, con congelados más caros que la competencia. La duda que flota es si el negocio aguanta por volumen, por precio o por algo menos confesable. Nadie ha aportado una auditoría, pero la sensación de que el escaparate no cuadra con el discurso es difícil de sacudir.
El propio Elías ha explicado su salida de OHL con una frase que resume su estilo: vio cosas feas, no quiso seguir allí y, como le sobraba el dinero, se largó. Es una declaración honesta y, a la vez, un reconocimiento de que su fortuna no viene de haber gestionado mejor que nadie, sino de haber sabido cuándo salir. Eso no es poca cosa. Pero tampoco es lo que vende.
El negocio de la fama
El activo más rentable de José Elías, a estas alturas, no es La Sirena ni sus holdings: es su propia figura. Un empresario que se expone en YouTube, concede entrevistas maratonianas y aparece en programas de televisión generalista está construyendo, consciente o no, un producto. Y como todo producto, tiene un comprador: el público que busca el atajo, el ejemplo, la fórmula.
La pregunta que queda en el aire no es si Elías es rico. Lo es. La pregunta es si el negocio que le ha hecho famoso —comprar empresas, contarlo, vender el método— resistiría el escrutinio que él mismo aplica a los demás cuando pregunta si invertirías 300.000 euros para ganar 30.000. La respuesta, por ahora, la tiene él. Y no la suelta.