La jueza aplaza al viernes la entrega del hijo de Juana Rivas
La entrega del hijo menor de Juana Rivas a su padre, el italiano Francesco Arcuri, prevista para el jueves, quedó aplazada al viernes por decisión de la jueza, pese a existir una sentencia firme que ordena el traslado. El caso, que arrastra años de litigio, vuelve al primer plano mediático con una pregunta incómoda encima de la mesa: ¿por qué se retrasa la ejecución de una resolución judicial ya cerrada? Hay quien sostiene que el aplazamiento es una maniobra para ganar tiempo; otros apuntan a que la maquinaria institucional está buscando la forma de que el niño no salga de España.
Qué ha pasado con la entrega del menor
La secuencia es sencilla de contar y difícil de digerir. La jueza aplaza la entrega al viernes. El consejo de ministros se reúne el mismo día. Y en paralelo, el hijo mayor de Rivas, de 19 años, firma una carta pidiendo que le escuchen antes de que su hermano, de 11 años, sea entregado al padre. La carta no es un detalle menor: según las informaciones publicadas, la Justicia ya asumió en su día que la madre manipulaba al hijo mayor, lo que convierte el documento en una pieza más del pulso que se libra en los juzgados y en los platós.
El padre, Arcuri, repite en sus intervenciones públicas que lo único que quiere es un régimen de visitas para poder ver a sus hijos, en Italia o en España. Quienes siguen el caso de cerca señalan que el error de Arcuri, si se puede llamar error, es haber sido un padre implicado que no ha desistido. Otros habrían tirado la toalla hace años.
El precedente de 2009 y las denuncias posteriores
Aquí conviene ser preciso, porque el caso se presta a simplificaciones interesadas. En 2009, Arcuri firmó una conformidad en la que admitía haber maltratado a su mujer. Eso fue hace 16 años. Desde entonces, según las informaciones publicadas, no ha salido ninguna sentencia que le declare maltratador, pese a las denuncias presentadas por Rivas. La distinción entre haber sido y ser no es un matiz retórico: es la diferencia entre un hecho pasado y una condición presente que se le atribuye sin resolución judicial que la respalde.
El argumento que circula con más fuerza es que el caso se ha convertido en un campo de batalla donde el hombre es culpable por defecto. «Somos culpables incluso siendo buenos», resume una de las intervenciones más repetidas. La clave, sostienen, no está en Rivas ni en Arcuri ni siquiera en los hijos: está en que el relato oficial necesita un maltratador para sostener la función.
La hipótesis del «Juana está en mi casa 2»
La tesis que recorre el análisis más ácido es que el aplazamiento no es un problema técnico, sino el primer acto de una obra más larga. La predicción que se lanza es que no habrá entrega de ningún tipo y que, llegado el verano, se montará la segunda parte del espectáculo: Rivas declarándose en rebeldía, los jueces italianos del gobierno de Meloni convertidos en villanos de la función y el foco mediático puesto en el machismo mientras se dejan de lado otros asuntos que afectan al gobierno.
La coincidencia temporal con el consejo de ministros no ayuda a despejar sospechas. Hay quien apunta directamente a que el objetivo es tapar la actualidad con la matraca de siempre. La pregunta que flota es si la maquinaria del Estado puede ponerse en marcha para que el niño no salga de España, algo que en un Estado de Derecho debería ser impensable y que, vistos los antecedentes, ya no lo parece tanto.
El papel de las juezas y la sombra de la prevaricación
El aplazamiento ha reabierto un debate que va más allá del caso concreto: el margen de maniobra de los jueces ante una sentencia firme. La pregunta que se lanza sin rodeos es si retrasar la ejecución de una resolución judicial no es algo muy parecido a prevaricar. La respuesta no es sencilla, pero la sospecha ya está instalada.
En el fondo late una acusación más amplia: que existe una doble vara de medir. Lo que para un hombre sería delito, para una mujer se convierte en protección. «Como vivimos en una Charocracia, solo es delito cuando lo hace un hombre», resume una de las intervenciones. La ironía es amarga, pero el argumento tiene recorrido: si la entrega se aplaza sine die, alguien tendrá que explicar por qué.
Qué puede pasar a partir del viernes
El escenario más probable, a la vista de los antecedentes, es que el viernes tampoco haya entrega. O que la haya con un despliegue que convierta el traslado en un espectáculo. En cualquier caso, el niño de 11 años lleva desde Navidad sin hablar con su padre, sin ver a sus amigos y sin contacto con sus parientes italianos, según los testimonios que circulan. Ese es el dato que descoloca: mientras se discute sobre jueces, gobiernos y relatos, hay un menor que lleva meses en el centro de un conflicto que no eligió.