El Stalingrado de Kherson acabó en retirada rusa sin batalla
La contraofensiva ucraniana puso Kherson en todos los mapas, pero la ciudad no se parece en nada a Stalingrado. Ni muro de fuego, ni aniquilación del ejército atacante, ni avance ruso hacia el oeste. La tesis que se defendía entonces era la contraria: que las fuerzas de Zelenski chocarían con una trampa calcada de la que la Wehrmacht encontró en el Volga y que el ejército ucraniano acabaría colapsando. Lo que ocurrió es una
retirada rusa completada sin combate urbano. El relato ha tardado bastante más en retirarse que las tropas.
La tesis del muro de fuego
El planteamiento original atribuía al ejército ruso una superioridad casi natural en defensa y contraataque, y sostenía que en Kherson se estaba preparando una encerrona idéntica a la de la Segunda Guerra Mundial. Los atacantes, venía a decirse, chocarían contra un muro de fuego y serían aniquilados, lo que provocaría el
colapso del ejército ucraniano y abriría el camino hacia el oeste.
En ese esquema había un tercer actor. La OTAN y sus socios europeos habrían trasladado a Ucrania casi todo su material bélico, de modo que, destruido ese material, quedarían indefensos. Y
Estados Unidos no acudiría al rescate, según esa lectura, porque solo interviene cuando el rival ya está débil o derrotado. Es análisis, no dato: el tiempo lo ha ido desmontando pieza a pieza.
¿Por qué Kherson nunca pudo ser Stalingrado?
El argumento central tiene que ver con la geografía. Ni Stalingrado ni Kherson pueden ser envueltas, porque
están en la ribera de un río. En el caso soviético, la Wehrmacht lo pasó mal precisamente por la artillería situada en la orilla opuesta del Volga, que nunca dejó de castigar a los atacantes. Un cerco clásico, con el anillo cerrándose por la retaguardia, exige un espacio que el agua no concede.
Hay un segundo problema, más de manual: en Stalingrado el ejército alemán era el que atacaba y los soviéticos quienes defendían. La analogía solo funciona si se acepta que Ucrania juega el papel de la Wehrmacht. Con el tiempo, ese molde se recicló en otra ciudad, Bakhmut, donde curiosamente los papeles estaban invertidos: allí atacaban los rusos y defendían los ucranianos. Todo valía lo mismo.
La cuenta de tropas que nunca cuadró
Los números fueron bajando conforme se acercaba la supuesta batalla. Según un cálculo que circulaba en el hilo, había
100.000 efectivos rusos en la zona un mes antes del asalto previsto. Después ya no eran 100.000. Ni 90.000. Tampoco 80.000. La conclusión que se extraía era que haría falta movilizar hasta el último recurso disponible para sostener el frente, lo que no encaja con la imagen de una máquina militar esperando paciente detrás del río.
Tampoco ayudaba el calendario. Una ofensiva anunciada
con un mes de antelación a bombo y platillo difícilmente pilla por sorpresa al enemigo, y ese es un mal comienzo para cualquier operación. Otro análisis, formulado antes de que se moviera nada, anticipaba que las fuerzas ucranianas no atacarían de frente: envolverían la ciudad y los defensores saldrían por piernas antes de quedar cercados. Sin cerco, no hay combate urbano. Y sin combate urbano, no hay Stalingrado.
La artillería manda y el manual se queda viejo
La lectura que mejor ha resistido es la más aburrida:
la artillería sigue siendo la reina indiscutible de esta guerra. Nada de maniobras brillantes. Fuego, más fuego y kilómetros de trincheras. Y una advertencia clásica: el error habitual de los estados mayores es preparar la guerra anterior. Cada conflicto es distinto, y el molde que aquí encajaba no era el de Stalingrado, sino el de la guerra ruso-finlandesa. Otros iban más lejos y describían un conflicto de desgaste lento, de inspiración siria, con Rusia y la OTAN midiéndose desde 2014.
De la batalla original quedó al menos un testimonio familiar que resume la escala mejor que cualquier cifra actual: un maquinista que perdió un brazo en un bombardeo, se reincorporó como guardagujas y siguió en el mismo puesto hasta su jubilación. Las vías se reparaban de inmediato y el tráfico de hombres y material hacia la ciudad no se detenía nunca. Eso era una guerra de desgaste con la retaguardia funcionando. Aquí la retaguardia, sencillamente, se marchó.
El día después
Cuando la ciudad cambió de manos, la comparación se quedó sin argumentos. No hubo asalto frontal ni aniquilación: los defensores se retiraron y la población prorrusa salió con ellos. Los vídeos que circulaban como prueba de la liberación eran, según se señaló, de una fase anterior del conflicto. Con la ciudad prácticamente vacía, el escenario quedaba más cerca del desierto que del infierno de fuego prometido.
El epílogo tiene su gracia. El mismo molde apareció después en otra ciudad, con los papeles cambiados y la misma palabra en el titular. Con estos mimbres, cualquier núcleo con un río cerca es Stalingrado. Nadie ha explicado todavía por qué el patrón se recicla sin que a nadie le salten las alarmas.