Albañil llama 'blanditos' a los jóvenes: los datos de un sector en crisis
Kike Urdiales, albañil con décadas de oficio, resumió en una frase la tensión que recorre la construcción: «los jóvenes de hoy no quieren trabajar, son unos blanditos». La declaración, enmarcada en un reportaje sobre la necesidad de 700.000 trabajadores en el sector, ha reabierto el debate sobre la verdadera causa del déficit de mano de obra. Los datos disponibles dibujan un panorama más complejo que un simple conflicto generacional.
Salarios que no convencen
Los sueldos que se ofrecen en el sector oscilan entre 24.000 y 28.000 euros brutos anuales, lo que se traduce en unos 1.600-1.800 euros netos al mes. Para un trabajo que exige esfuerzo físico continuado, exposición a la intemperie y riesgos laborales —los accidentes mortales en altura no son excepcionales—, la retribución resulta poco atractiva. En los años 90, un oficial de albañilería podía ganar entre 200.000 y 250.000 pesetas (1.200-1.500 euros nominales), cantidad que permitía entonces acceder a la entrada de una vivienda. Hoy, con los precios inmobiliarios multiplicados, esos ingresos apenas cubren un alquiler en las grandes ciudades.
El lastre de la crisis de 2008
La construcción española arrastra el trauma de la burbuja: durante la crisis financiera, millones de trabajadores fueron despedidos sin contemplaciones. La memoria de aquellos despidos masivos desincentiva a los jóvenes, que ven el sector como inestable. A ello se suma la falta de prestigio social y unas condiciones laborales que, en muchas contratas, no garantizan ni la seguridad ni los descansos adecuados. Quienes sí entran en el oficio, a menudo lo abandonan tras unos años: se estima que entre el 35% y el 45% de los trabajadores cualificados —oficiales, fontaneros, electricistas— terminan pasándose al autoempleo, buscando mejores condiciones como autónomos.
Contratación en el extranjero y dilema estructural
Ante la falta de relevo, las empresas constructoras están recurriendo a la contratación de mano de obra en Latinoamérica y África. Sin embargo, la rotación sigue siendo alta y no se consigue cubrir el déficit estructural. Mientras el sector no ofrezca salarios netos que compitan con otros empleos menos duros, y mientras no reconstruya la confianza perdida tras 2008, la queja del albañil veterano choca con una realidad económica tozuda. La pregunta que queda en el aire no es si los jóvenes son blanditos, sino si el precio ofrecido por un trabajo duro está a la altura del esfuerzo.