La AGI prometida y el fin del trabajo que nadie firma
El anuncio del proyecto Stargate, una inversión de
500.000 millones de dólares en infraestructura de inteligencia artificial en Estados Unidos, ha reabierto un debate que llevaba meses cocinándose a fuego lento: si la inteligencia artificial general llega de verdad, ¿qué pasa con el trabajo, con la economía y con la propia idea de que somos algo especial? La promesa oficial es ambiciosa: construir AGI y curar enfermedades a un ritmo sin precedentes. La reacción, en los mentideros digitales donde se discute de esto sin filtro, va del entusiasmo apocalíptico a la burla más despiadada. Y en medio, un puñado de preguntas incómodas que nadie termina de responder.
Qué es la AGI y por qué se discute si es posible
La inteligencia artificial general se define, en la conversación que se ha generado, como una IA capaz de llevar a cabo cualquier tarea intelectual que un ser humano pueda realizar. El imaginario popular la convierte en casi un dios omnisciente con el que se puede conversar. La primera objeción que aparece es técnica: una IA, por avanzada que sea, no comprende realmente lo que se le pide, solo predice estadísticamente la siguiente palabra. La segunda es más filosófica: para tener una AGI habría que emular el cerebro humano, basado en carbono y con su capacidad química para formar estructuras complejas y estables, algo que, se argumenta, resulta muy complicado de replicar en términos de conciencia reflexiva.
La contraargumentación llega rápido y con un símil que se repite: lo mismo decían de las aves y de volar hace cien años. No se trata de emular el funcionamiento interno del cerebro, sino de simular su resultado externo. Los primeros aviones no aleteaban; las redes neuronales artificiales no tienen nada que ver con las neuronas biológicas, solo están interconectadas y se pasan información de un nido a otro. De fuera hacia dentro, no de dentro hacia fuera. El futuro, sentencia una de las voces más vehemente, es el dato.
El debate sobre la conciencia: ¿razonan los humanos?
Uno de los giros más interesantes de la discusión es el que pone el foco no en la máquina, sino en nosotros. Los modelos de lenguaje no razonan porque no entienden, se dice. Pero ¿razonan los humanos? La respuesta que se lanza es incómoda: el 98% no, utilizan el sentido común y la intuición, toman decisiones basadas en patrones de experiencia previa. En ese terreno, los modelos ya nos superan. Es posible que muchos descubrimientos e innovaciones no sean más que el fruto de la racionalización posterior: primero intuimos, luego razonamos y encontramos la prueba. Los últimos modelos con cadena de pensamiento y mezcla de expertos son, básicamente, eso: racionalización.
Hay quien lleva el argumento al extremo y sostiene que no existe ninguna persona en el planeta con un 1% del conocimiento que acumula un modelo de lenguaje, y que el día que se descubra que nosotros también funcionamos por predicción estadística, a más de uno le va a dar algo. La coherencia, remata otro, es inevitable.
El escenario económico: cuatro grupos y una renta básica
Si la AGI llega, ¿cómo se reparte el pastel? La predicción más repetida dibuja un capitalismo con paguitas y cuatro grupos bien diferenciados. Primero, los superricos. Segundo, los rentistas de poca monta: gente con acciones o viviendas que, con el aumento de la productividad, vivirá bien sin trabajar. Tercero, los funcionarios, que fingirán trabajar pero cobrarán bastante bien, como ahora. Cuarto, los trabajadores especializados no sustituibles. Y quinto, los perceptores de una renta básica universal que vivirán en un piso patera con comida y entretenimiento, sin dar un palo al agua, para que no toquen los cojones. Vamos, lo que hay ahora pero quitando a la mayoría de la población del mercado laboral.
El problema de ese escenario, se objeta, es que la gente hambrienta tiende a liarla parda. Por eso el plan que se especula no es Elysium, sino mantener a las masas entretenidas: renta básica universal, sexo no reproductivo, porno, entretenimiento barato y drogas legales. Un plan de castración masiva y en dos generaciones la oligarquía hereda la Tierra limpia de mindundis. La población mundial reducida a la décima parte. La cuestión, se admite, es si eso es sostenible o si el invento estalla antes.
El problema de los datos: se está tocando techo
Frente al optimismo de las grandes cifras, aparece el argumento más terrenal: los modelos no están en pañales, están tocando techo. Hasta el propio Elon Musk reconoce que ya no quedan datos de calidad para entrenarlas. En ese escenario, eliminar al 80% de los potenciales creadores de contenidos para estas IAs suena a profecía autocumplida y bastante estúpida. Los vendehumos, se ironiza, convierten humo en oro con una facilidad pasmosa, y Trump les acaba de prometer un pastizal.
A esto se suma la sospecha sobre el sesgo de los datos. Si se pregunta a una IA por un genocidio en la conquista española de América, responderá que sí, citará párrafos y hasta enlaces. Si se pregunta por la colonización anglosajona, saldrá con que la historia es compleja y diversa y se irá por la tangente. ¿De quién son los datos? Esa es la pregunta.
La IA española: ALIA y el LLM que no despega
En España también se ha movido ficha. El Gobierno presentó ALIA, un modelo de lenguaje en castellano de código abierto y financiación pública. La acogida ha sido, digamos, tibia. Las primeras pruebas hablan de incoherencias, de que escribe mal el español y de que, para sorpresa de nadie, es un ajuste fino de Llama, el modelo de Meta. Indra habría puesto tres becarios y se habría llevado unos kilos, ironizan los más críticos, sin pruebas pero tampoco dudas. El diagnóstico que se repite: en España se entrena a la IA con dogmas del PSOE, frases de charo y Yoli, lenguaje para todes y verificaciones de Newtral. Luego saldrá subnormal y a echarle la culpa a los ricos de Estados Unidos.
Mientras tanto, la pregunta de fondo sigue sin respuesta. La AGI estará aquí en breve, dicen. O no. El punto exacto donde el análisis se atasca es el mismo donde empezó: nadie sabe si el cuello de botella es técnico, económico o simplemente humano.