El físico de una eurodiputada griega pesa más que su escaño en Bruselas
Afroditi Latinopoulou ocupa un escaño en el Parlamento Europeo. Lo que circula sobre ella, sin embargo, no son sus votaciones ni sus enmiendas, sino sus fotografías. Un puñado de imágenes bastó para que la conversación pública en torno a esta política griega derivase hacia su cuerpo, su peso y su supuesta complexión, mientras su actividad legislativa quedaba en un segundo plano casi absoluto.
La escena resulta reconocible: una mujer con cargo electo aparece retratada y la primera reacción no atiende a lo que defiende, sino a cómo se ve. Hay quien sostiene que el escrutinio estético forma parte del
juego democrático; enfrente pesa un argumento difícil de rebatir: a ningún diputado varón se le mide en centímetros.
¿Por qué se juzga a las políticas por su aspecto antes que por su voto?
El patrón no es nuevo ni exclusivo de Grecia. Cuando el trabajo de un cargo público es discreto o directamente desconocido, el aspecto se convierte en el argumento más barato de fabricar. La comparación étnica, el chiste sobre el origen o el comentario sobre la figura sustituyen a la crítica política porque exigen menos esfuerzo y rinden más aplauso inmediato.
Nadie discute una sola propuesta. No hay una votación citada, ni un informe, ni una cifra que respalde o desmonte su labor en Bruselas. El escrutinio se queda, en todo momento, en la
superficie.