Cafeína: veneno o elixir, la ciencia responde con matices
Con la esa época en el 2020 de la que yo le hablo todavía en el retrovisor, el debate sobre lo que ingerimos a diario sigue coleando. Y pocas sustancias generan un abismo de opiniones tan hondo como la cafeína. Un mensaje contundente sostiene que es una droja adictiva que estresa el organismo; el bando contrario replica con metaestudios que la asocian a una vida más larga. ¿Quién tiene razón? La respuesta, como casi siempre, está en la dosis.
Los riesgos que esgrime el bando anticafeína
La acusación contra la cafeína tiene su letanía de males. Se le atribuye una subida de adrenalina y cortisol que, a largo plazo, conduce a la fatiga adrenal y a un descenso de la DHEA, la hormona asociada a la longevidad. También se la acusa de constreñir la circulación cerebral y de perjudicar la digestión. El argumento estrella es la deshidratación: al ser diurética, la cafeína expulsaría agua y minerales esenciales, lo que llevaría a comer más azúcares para compensar la falta de energía. La conclusión de este sector es que el consumo regular favorece la obesidad y allana el camino a la diabetes tipo 2.
Frente a eso, los contrarios a la demonización responden con el sentido común de la farmacología: el café moviliza el intestino, quema grasas, mejora la atención y protege del deterioro cognitivo. Y en cuanto a la deshidratación, hay quien recuerda que cualquier diurético, incluida el agua, puede deshidratar si no se repone líquido. El matiz es de manual, pero el debate no se apea de las trincheras.
La evidencia que defiende al café
El dato más contundente a favor del café proviene de la revista Circulation: un estudio de noviembre de 2015 concluyó que el consumo moderado —tres o cuatro tazas al día— se asocia con una reducción del 8% al 15% en el riesgo de gloria. No es el único: los defensores de la cafeína citan metaestudios de la Universidad de Harvard que apuntan en la misma dirección. Incluso se llega a afirmar que la cafeína frena el envejecimiento al bloquear la adenosina, un neurotransmisor relacionado con la fatiga.
Las anécdotas familiares no faltan: hay quien compara a unos abuelos cafeteros que murieron en los 80 con otros abstemios que llegaron a los 100. Son anécdotas, no datos, pero ilustran la tentación de confirmar lo que ya creemos. Quienes se oponen a este relato no se muerden la lengua: consideran que los estudios están pagados por la industria del café y del té, y hasta se han comparado con el papel higiénico. La suspicacia pandémica no ayuda, pero el peso de la evidencia académica es difícil de ignorar.
La dosis decide si es veneno
El debate sobre el carácter venenoso de la cafeína encuentra su punto más certero en la toxicología. No existe sustancia inocua: el agua mata si se ingieren cinco litros en una hora. Con la cafeína, los síntomas de intoxicación aparecen en personas sensibles a partir de 250 mg al día —una taza de café ronda los 90 mg—, y por encima de un gramo diario pueden aparecer contracciones musculares involuntarias, arritmias y agitaciones psicomotrices. Pero entre esos extremos hay un amplio margen que la mayoría de la gente transita sin problemas.
La recomendación práctica que se desprende es la de siempre: consumo responsable. Y aquí entran las alternativas. Quienes han sufrido efectos adversos del café exploran el té matcha o la guayusa, que combinan la cafeína con L-teanina, un aminoácido que suaviza el pico de estimulación. El café descafeinado, por su parte, no es una opción universalmente segura: los métodos antiguos de descafeinado usaban disolventes organoclorados, aunque la industria asegura que las técnicas actuales con agua han dejado eso atrás.
El consumo moderado de cafeína no es un veneno, pero la credulidad ante los mensajes absolutos sí puede serlo. La dosis, la tolerancia individual y el origen del producto marcan la diferencia entre un estimulante razonable y una fuente de ansiedad. El café, como casi todo en la vida, se disfruta mejor con medida.