Once minutos bajo las minas: el atasco de la ofensiva ucraniana
Un blindado con rodillos antiminas en la proa aparece reventado y detenido en mitad de un camino de tierra. Alrededor, soldados que han salido de los vehículos alcanzados buscan dónde cubrirse mientras el suelo sigue soltando explosiones. La secuencia que acompaña a la contraofensiva ucraniana en Zaporiyia dura
once minutos y explica mejor que cualquier
parte de guerra por qué la ofensiva se ha convertido en un problema de geometría: avanzar es caro y retroceder, letal.
El patrón se repite con una precisión incómoda. La columna llega a un campo de minas y se detiene. En ese momento caen las minas nuevas en su retaguardia: helicópteros, aviones y artillería se encargan de sembrar el terreno con cargas antipersona que clausuran la salida. Los vehículos quedan clavados, sin poder ir hacia delante ni volver atrás, y a partir de ahí la infantería desmontada es la que paga la factura. La mecánica la viene describiendo el coronel
MacGregor desde hace unos días, y el material grabado la confirma: uno de los blindados destruidos lleva delante precisamente los rodillos para detonar minas.
¿Cómo se inmoviliza una columna blindada con minas lanzadas desde el aire?
Las minas contrapersonales que aparecen en las imágenes tienen el tamaño de un plato de café. Cobertura plástica, completamente indetectables para un detector de metales y una explosión dirigida hacia arriba: alcanzan la pierna, no el vehículo. Se colocan bajo un
tapín —se levanta la tierra, se mete la carga, se vuelve a tapar—, de modo que el terreno no cambia de aspecto y, al día siguiente, quien las puso tampoco las encuentra. Pero el detalle que rompe la ofensiva no es el tamaño, es el reparto. Hay minas contra carro y contra personal mezcladas en grupos, lo que convierte cualquier camino abierto en una apuesta.
A eso se añade la vía aérea. Las submuniciones se lanzan en contenedores desde bombas de aviación o proyectiles de artillería que se abren en el aire y sueltan cientos de pequeñas cargas; al tocar el suelo funcionan como minas antipersona. Si el terreno está húmedo, es un barrizal o hay vegetación alta, no las ves. Ni tú ni nadie. La consecuencia táctica es la que se ve en la grabación: un vehículo inmovilizado deja de ser un arma y se convierte en un blanco con tripulación dentro.
¿Por qué el vehículo de rescate no se acerca más a los heridos?
Es la pregunta que recorre toda la secuencia. Una mina antipersona no destruye un blindado. Pero le puede dañar una cadena, y entonces nadie sale de ahí: el rescate se convierte en una trampa doble. De ahí que el conductor se mueva solo por el camino que ya ha hecho y que el vehículo se quede a una distancia que, vista desde fuera, parece inexplicable.
La explicación que dan quienes han estado en ese tipo de terreno es siempre la misma: en el frente no se tiene de todo y lo urgente era sacarlos cuanto antes. La alternativa técnica existía —usar una chapa o un tablero para unir la rampa del blindado con la zona donde estaban los heridos—, pero no se ejecutó. El resultado son once minutos eternos, con la sensación de que nadie había pensado antes cómo fabricar un camino.
Tres líneas defensivas y un avance que no llega
Aquí el relato se parte. Una parte del seguimiento sostiene que las fuerzas ucranianas ya han superado la primera línea en numerosos puntos y que los defensores han tenido que replegarse a la segunda. La otra responde con un dato incómodo: no se ha alcanzado la primera línea de defensa principal, solo sus posiciones avanzadas, y por delante quedan todavía
tres líneas escalonadas.
La lectura más extendida entre quienes siguen el frente día a día es la del desgaste: ir machacando poco a poco,
a fuego lento, sin prisa y sin pausa, hasta que la estructura defensiva se desmorone. Es una estrategia defendible. También es la que consume hombres y material a un ritmo que no aparece en los mapas.
El precio en blindados: Bradley y Leopard
Aquí las cifras entran en colisión. Una información atribuida a fuentes del Pentágono sitúa en torno al
15% los vehículos de combate Bradley perdidos por Ucrania. Otra parte del material que circula da por documentados nueve Bradley destruidos y quince dañados, además de dos Leopard 2 destruidos y tres dañados, y lo hace con retintín, mezclando esas cuentas con naves de ficción para ridiculizar lo que se publica desde el otro lado.
El problema de fondo es que nadie audita un campo de batalla en tiempo real y, en esa niebla, cada parte elige el número que le conviene. Lo que sí resiste es la imagen: blindados occidentales ardiendo en un camino por el que nadie se atreve a pasar. Reemplazarlos no lo paga la redacción que publica el titular.
De la munición de racimo al pulso político
El otro frente de la discusión es político. Hay quien sitúa la responsabilidad del conflicto en la expansión de la OTAN y en la cúpula de la Comisión Europea, y quien la sitúa en la decisión de invadir. El pulso sobre la ayuda militar también se sigue con lupa: una corriente sostiene que un cambio de gobierno en Washington puede cortar
el grifo a Kiev; la respuesta es que la ley de préstamo y arriendo deja esa decisión en manos del Congreso y que la Unión Europea, Canadá y Japón mantendrían su respaldo por razones de seguridad propia.
Mientras se dirime, la grabación deja otra huella menos comentada: la calidad de las cámaras de los drones ha dado un salto y hoy se ven detalles que antes eran impensables. La guerra se mira cada vez con más nitidez. Y con menos ganas.
Quedan tres líneas defensivas, once minutos de rescate y un porcentaje de blindados fuera de combate que una fuente oficial cifra en el 15%. Con esos números sobre la mesa, cada kilómetro ganado sale a un precio que casi nadie se atreve a poner por escrito.