La clase media colombiana que marca el crecimiento poblacional de España
España no crece por nacimientos: crece por llegadas. Y en ese cómputo los colombianos se han convertido en la comunidad que más ha aumentado y en la que marca el crecimiento poblacional del país. Se maneja la cifra de unos
38.000 colombianos en un solo trimestre, presentados como una clase media enamorada de España que aterriza con título bajo el brazo. La foto tiene gancho. Los números que la rodean son bastante menos románticos.
¿Por qué se han disparado las llegadas de colombianos a España?
Porque, según el relato de uno de los participantes, el visado dejó de ser un obstáculo. Ese mismo usuario sitúa en
2015 la eliminación del requisito de visado para los ciudadanos colombianos y describe el mecanismo como entrar con un billete de avión como turista y decidir después quedarse. Es el factor que más se repite al explicar el salto, por encima del idioma, del clima o de cualquier supuesto flechazo cultural.
El resultado tiene una cara visible y otra que no sale en los reportajes. La visible son los titulados que llegan con papeles en regla. La otra la estima un informe de la
Fundación PorCausa citado en el debate, que sitúa en
135.000 los colombianos en situación irregular en España, con un aumento del
8% en el último año. Buena parte de ese colectivo no aparece en las estadísticas de extranjería.
Hay quien recuerda que el régimen de visados no siempre fue así y que su apertura y su cierre se han usado como arma política en ambos sentidos. La cronología exacta pesa menos que el efecto: cuando, según la estimación que se cita,
uno de cada cuatro emigrantes colombianos elige España, el flujo deja de ser anecdótico y pasa a ser estructura.
Clase media sobre el papel, mano de obra en la práctica
El perfil que se vende es el del profesional cualificado, pero la vida real pasa primero por la homologación del título, un trámite largo y con cola. Se describe el caso de quien trabaja en limpieza en España pudiendo ejercer de fisioterapeuta en su país, y que mientras tanto intenta reconocer su titulación aquí. No es una excepción pintoresca: es la secuencia habitual.
Y ahí el relato se rompe. Se sostiene que la llegada de profesionales dispuestos a cobrar menos presiona a la baja las condiciones de quienes ya estaban, en un mecanismo que no es exclusivo de los colombianos y que funciona igual en un ambulatorio que en una barra de bar. Los centros de salud, las cocinas y las cadenas de tiendas son los escenarios que más se citan.
La objeción tiene recorrido: si el salario de un médico colegiado lo fija el convenio, la nacionalidad del que firma el contrato no debería moverlo. La respuesta que se da a eso es que el dumping no opera por nómina, sino por plantilla. Si sobran candidatos dispuestos a firmar, el recorte de sustitutos y la sobrecarga del resto se justifican solos.
La seguridad, el argumento que casi nadie discute
Si hay un motivo que se repite en las conversaciones con migrantes colombianos es la
seguridad. Ciudades como Medellín, que en los años 90 figuraba entre las más peligrosas del mundo, han cambiado de piel hasta convertirse en destino de jubilados estadounidenses, aunque hay quien apunta que la violencia no ha desaparecido, sino que se ha desplazado a otras zonas y a otros países de la región.
Sobre ese fondo, la llegada de clase media se explica mejor por miedo que por moda. Lo que se discute es la mezcla. Junto al que huye, en el debate se cuela la sospecha de quien monta negocio o mueve dinero de origen poco claro, frente a quien simplemente viene a trabajar. Los propios protagonistas lo dicen sin ambigüedad: vienen por dinero. La seguridad es el argumento que se da en voz alta; la nómina, el que se persigue.
Vivienda y empleo: el coste que se traslada al que ya estaba
Dos efectos concentran las quejas. El primero es el alquiler: cualquier flujo migratorio intenso y con capacidad de pago se traduce en presión sobre el mercado residencial de las ciudades donde aterriza. El segundo es la competencia por puestos de atención al público, logística y hostelería, donde la barrera idiomática es mínima y la rotación alta.
A eso se añade un debate incómodo sobre el perfil real del que llega. Frente a la versión de la clase media con ahorros y título, se responde que hay barrios, colegios y servicios tensionados por una llegada que no siempre viene con recursos. Las dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo, y ese es justo el problema: se está discutiendo con anécdotas lo que exige serie de datos.
El flujo no se va a frenar por decreto ni por indignación. Con la
demografía española en caída y las vacantes laborales cubriéndose con personal de fuera, la pregunta útil no es cuántos vienen, sino con qué condiciones se les contrata y a quién le sale gratis esa factura. Si el ajuste se hace por salario y no por productividad, la próxima década de discusión migratoria la ganará quien peor pague.