La consciencia no está en el cerebro: es un campo anterior al Big Bang
Un nuevo estudio firmado por Maria Strømme, investigadora de la Universidad de Upsala (Suecia), sostiene que la consciencia no emerge del cerebro sino que es un campo fundamental del universo, originado antes del Big Bang. El trabajo lo ha publicado la American Institute of Physics (AIP), una institución académica establecida aunque de impacto moderado. La tesis, que suena a metafísica de sobremesa, tiene su aquel: si el campo precede al tiempo, al espacio y a la materia, la consciencia individual sería una simple
oscilación temporal dentro de él, igual que una onda es una excitación pasajera del océano.
El planteamiento es tan ambicioso que ha despertado de todo. Desde quien lo despacha como
new age con pretensiones hasta quien lleva años mascullando algo parecido sin atreverse a publicarlo. Lo que nadie discute es que la pregunta sigue abierta: qué es exactamente eso que llamamos consciencia y por qué la materia gris parece producirla.
Qué propone exactamente el estudio de Upsala
La propuesta central es que la consciencia es un campo unificado, análogo a los campos fermiónicos (materia) y bosónicos (fuerza) de la física de partículas. En esos campos, las partículas fundamentales no son
cosas dentro del campo: son la oscilación misma. Trasladado al terreno de la mente, la consciencia individual sería una fluctuación temporal de ese campo universal. Mientras el cuerpo vive, hay individualidad; cuando muere, la oscilación se disuelve y vuelve al campo.
El artículo va más allá y sitúa el origen: la realidad pre-Big Bang era una superposición atemporal que colapsó mediante un «pensamiento universal», creando tiempo, espacio y materia. Es decir, primero fue la consciencia y después todo lo demás. La investigadora integra así física cuántica con tradiciones como el Advaita Vedanta y el budismo, y se apoya en pioneros como Schrödinger y Bohm. No es una ocurrencia aislada: entronca con la idea de gravedad cuántica y con la sospecha, cada vez menos minoritaria, de que la materia no es lo primario.
¿Por qué la consciencia no se puede reproducir en un chip?
El argumento más repetido en contra de reducir la mente a cómputo no viene de filósofos sino de ingenieros. La objeción es contundente: por muchos transistores que se apilen y mucha velocidad de cálculo que se gane, no se ha dado un solo paso hacia la sensación primaria de dolor o de felicidad en una máquina. Una secuencia de ceros y unos no siente. El salto necesario no sería cuantitativo sino cualitativo, y ahí la ingeniería se queda sin respuesta.
Esa brecha es la que alimenta la tesis del campo. Si el cerebro no produce la consciencia sino que la recibe o la filtra, entonces el problema de la materia que piensa se disuelve. El cerebro sería una máquina de conexión, no de generación. Y si es una máquina, la pregunta práctica es qué proceso físico concreto hace falta para conectarse al campo: si una computadora actual no lo tiene, habrá que averiguar cuál es. Ese detalle, que parece menor, decidiría también qué animales son conscientes y cuáles operan como autómatas.
Del panteísmo de Spinoza a la noosfera: las raíces filosóficas
La idea de una consciencia universal que lo impregna todo tiene siglos de recorrido. Se la ha llamado panteísmo inmanente, al estilo spinoziano del
Deus sive natura, y también noosfera: un campo unificador que vendría a coincidir con lo descrito por sabios de culturas muy distintas. La Kabbalah, el gnosticismo o el Bhagavad Gita ya apuntaban ahí antes de que existiera la palabra neurociencia. El reproche que se lanza a cierta divulgación científica es el de haber construido una secta atea que ahora se ve obligada a reinventar lo que las tradiciones decían.
También hay quien ve en todo esto una versión reciclada de teorías ya formuladas. El neurofisiólogo mexicano Jacobo Grinberg propuso la Teoría Sintérgica: una red energética o
lattice que interconecta todo, donde la percepción es una elaboración del cerebro en interacción con esa red, no una copia fiel del mundo. Al integrar ambos hemisferios, el cerebro podría interactuar con esa estructura y expandir la consciencia. La coincidencia con el campo de Strømme es notable, aunque Grinberg publicara décadas antes.
El escepticismo: cada año sale una teoría y se queda en nada
La objeción más terrenal no discute la metafísica: discute el calendario. Artículos donde un físico afirma que la consciencia no está en el cerebro aparecen con regularidad, y al cabo de unos meses el autor publica un libro con su teoría y el asunto se diluye. La acusación es de aprovecharse de la credulidad ajena para vender libros y cursos. Sin pruebas reproducibles, la propuesta queda en el mismo cajón que la Teoría de Cuerdas: elegante, sugerente y sin una sola predicción verificable.
A eso se suma la desconfianza hacia la propia física cuántica como marco explicativo. Hay quien la considera un conjunto de reglas mágicas y falacias lingüísticas que acabará sustituido por un modelo clásico y determinista, sin que nadie pida perdón por las décadas de confusión. En ese clima, colgar la consciencia de un campo cuántico suena a apuesta arriesgada. La defensa es que la propuesta no es más descabellada que otras teorías aceptadas y que encaja razonablemente con la gravedad cuántica.
Qué explicaría: telepatía, experiencias cercanas a la muerte y fenómenos psíquicos
El atractivo del modelo es que ofrece base científica a fenómenos que la corriente dominante despacha sin más. Si la consciencia es un campo compartido, la telepatía, las experiencias cercanas a la muerte y ciertas habilidades psíquicas dejarían de ser anomalías y pasarían a ser accesos parciales a ese campo, facilitados en estados cerebrales alterados. La consciencia individual persistiría tras la muerte como una gota que vuelve al mar.
El problema es que esa misma amplitud es su debilidad. Una teoría que explica todo sin excluir nada corre el riesgo de no explicar nada. Y la frontera entre consciencia como campo físico y consciencia como concepto espiritual se vuelve tan difusa que cada lector la rellena con lo que ya creía. Los materialistas ven emergencia; los espiritualistas ven alma; los ingenieros ven un problema sin resolver; y los vendedores de cursos ven una oportunidad.
La predicción, con todas las reservas del mundo, es que dentro de un año este trabajo seguirá sin una prueba experimental que lo respalde y el debate se habrá desplazado a otro artículo con el mismo titular. Mientras tanto, la pregunta de fondo —por qué la materia gris produce la sensación de existir— seguirá sin respuesta, y eso es lo único que nadie discute.