Ceuta, Melilla y Cataluña: el coste que nadie pone sobre la mesa
La hipótesis de una desintegración territorial de España ha aterrizado en la conversación pública con un guion casi cerrado: Marruecos tienta la toma de Ceuta y Melilla, Cataluña acaba convertida en protectorado israelí y el resto se reparte según intereses de potencias medianas. Lo llamativo no es el guion, sino que se discute como una mera cuestión de tiempo.
En ese relato, la supuesta pasividad del ejército ante las plazas norteafricanas vacía de autoridad cualquier respuesta ante un nuevo pulso secesionista. Se argumenta que Marruecos e Israel, los mismos actores que empujan en el Mediterráneo, son quienes tensan la cuerda en Cataluña. Y se maneja la cifra de dos millones de residentes de origen marroquí en Cataluña como eventual base demográfica para un conflicto.
¿Quién defiende qué ante la ruptura?
Hay quien sostiene que la dejación en Ceuta y Melilla demostraría que el Estado no empleará la fuerza para sostener su integridad territorial. En el lado opuesto, una corriente pragmática asume la descomposición como irreversible y toma posiciones: desde quien mira a Asturias como refugio hasta quien reclama un modelo social que premie al que asume riesgos.
En medio queda un silencio incómodo. La conversación se concentra en el reparto de soberanía y en la geopolítica, pero apenas hay espacio para los números del desmantelamiento: cierre de fronteras, renegociación de deuda, fuga de sedes corporativas, pérdida de fondos europeos. La factura de la ruptura no aparece, como si alguien la asumiese de forma mágica. Si algo enseña la historia de procesos soberanistas es que el coste recae sobre los de siempre. El fantasma del protectorado israelí, descabellado, normaliza que la integridad territorial es negociable.
¿Cuál es el precio de una España fragmentada? Nadie lo ha puesto sobre la mesa. Ese silencio es la mejor noticia que ha tenido en años el independentismo.