El Planeta corona a Juan del Val y la meritocracia se resquebraja
El premio literario mejor dotado de España vuelve a poner el foco en la relación entre el grupo editor y los rostros de Atresmedia.
Juan del Val se alza con el Planeta 2025, un galardón que el año anterior recayó en
Sonsoles Ónega, también empleada de la misma casa. La secuencia no es nueva: el premio se convierte en un escaparate de promoción editorial donde el talento literario compite con la visibilidad televisiva. La pregunta que sobrevuela es si el jurado valora la obra o la capacidad del autor para venderla en horario estelar.
El premio Planeta como gasto de promoción editorial
La mecánica es conocida. Un grupo editorial convoca un premio millonario, lo falla entre sus propios autores o figuras afines y, de paso, se asegura portadas, entrevistas y un
best seller con el sello de la casa. El paralelismo con otros galardones corporativos es inevitable: como los premios que una empresa láctea concede a la calidad de su propia leche, el Planeta es, en el fondo, un gasto de promoción deducible. La estructura del jurado refuerza esa impresión:
Belén López (directora de Editorial Planeta),
Carmen Posadas (ganadora en 1998),
Luz Gabás (ganadora en 2022),
José Manuel Blecua y
Pere Gimferrer (RAE),
Juan Eslava Galán (ganador en 1987) y
José Crehueras (presidente del grupo). Un jurado donde la editorial y sus premiados tienen mayoría.
¿De qué trata la novela ganadora del Planeta 2025?
La obra narra la vida de una mujer de la alta sociedad sevillana atrapada en un matrimonio con un marqués que inicia una relación con un hombre más joven y de origen humilde. Escrita en tercera persona y en presente, explora el deseo de liberación femenina. El argumento no es casual: conecta con una línea comercial que las editoriales buscan desde el fenómeno de
50 sombras de Grey, un público lector mayoritariamente femenino y ávido de tramas de liberación personal. Hay quien sostiene que el premio responde a esa lógica de mercado; en contra pesa el argumento de que la calidad literaria debería ser el único criterio. La elección de una trama tan reconocible como vendible no ayuda a disipar dudas.
La sombra de la meritocracia: 1.500 obras y un ganador televisivo
El dato que descoloca:
1.500 obras presentadas al certamen, según un cálculo que circula en el hilo. Entre todas ellas, el jurado elige la de un rostro habitual de la televisión. La coincidencia estadística es, como mínimo, llamativa. La crítica apunta a que el trabajo y esfuerzo de centenares de escritores anónimos queda sepultado por el postureo y el peloteo. No es un fenómeno exclusivo del Planeta: hay quien sostiene que los premios Ondas llevan décadas siendo la SER premiándose a sí misma, y que el PP entrega galardones a figuras como Milei o Guaidó. La conclusión es incómoda: los premios, en España, funcionan como herramientas de posicionamiento más que como reconocimiento objetivo.
El negocio detrás del galardón: visibilidad, prime time y ventas
La jugada tiene lógica empresarial. Un famoso en horario estelar genera conversación, y la conversación vende libros. El Planeta no es ajeno a esa ecuación: el premio se convierte en noticia, el autor en entrevista recurrente y el sello editorial en beneficiario directo. La pregunta es si el lector compra literatura o compra el personaje. Los datos de ventas lo dirán. Mientras tanto, la credibilidad del galardón se mide en función de cuántos de sus ganadores siguen siendo recordados por su obra y no por su presencia en pantalla.
El futuro del Planeta: ¿Ana Rosa, Motos o Revilla?
La ironía recorre el sector. Si el criterio es la visibilidad televisiva, el palmarés futuro se antoja predecible:
Ana Rosa Quintana sería la siguiente en la lista, seguida de
Pablo Motos o, por qué no,
Revilla. La broma encierra una crítica seria: cuando el premio se entrega por encargo, el prestigio se diluye. El Planeta hace tiempo que dejó de ser un certamen literario para convertirse en una operación de marketing. La desvergüenza no tiene límite, pero la paciencia del lector, tampoco.