El fiasco de la baliza V16: fabricantes ahogados y conductores que no compran
La normativa que obligaba a llevar la baliza V16 a partir de 2026 ha quedado en vía muerta. La Dirección General de Tráfico (DGT) ha dejado el dispositivo en un limbo regulatorio mientras los fabricantes, que invirtieron millones en adaptar sus líneas, ven cómo el stock se acumula sin salida. «No se vende ni una», resumen en el sector.
Las cifras del desastre: 1.500 millones evaporados
Según datos compartidos en círculos del sector, el gasto acumulado en balizas V16 ascendería a 1.500 millones de euros, una cantidad que algunos vinculan directamente a decisiones políticas. Los fabricantes denuncian pérdidas millonarias tras haber realizado fuertes inversiones para cumplir con una normativa que hoy nadie exige. En paralelo, se habla de 60 millones de unidades vendidas, aunque la mayoría corresponderían a las primeras remesas, las que llegaron a los conductores más diligentes –o, según el tono del debate, «a los que picaron».
La paradoja es que la obligatoriedad sigue sobre el papel, pero en la práctica ni la ITV la reclama ni los conductores la compran. De hecho, varios testimonios aseguran haber pasado la inspección técnica sin que les preguntaran por la baliza. Y en las estanterías, el producto se acumula mientras los distribuidores chinos lo ofrecen a 15 euros en Amazon, minando cualquier intento de rentabilidad.
¿Es realmente obligatoria? El BOE no lo aclara
El nudo del conflicto está en la falta de claridad regulatoria. Aunque la DGT anunció la obligatoriedad y el BOE publicó pliegos de condiciones para la fabricación, no existe un texto único que establezca de forma inequívoca que sea obligatorio llevar la baliza. Algunos expertos señalan que Europa se desmarcó del requisito, dejando a España sola en la exigencia. Además, el proceso de homologación ha sido errático: varias balizas que estaban homologadas perdieron su certificación, lo que dejó a los fabricantes con producto inservible.
Mientras tanto, una parte considerable de conductores han optado por la desobediencia pasiva. «No la compro porque no me fío», es una posición recurrente. La sombra de anteriores polémicas –como las mascarillas o las vacunas– planea sobre el debate, y la desconfianza hacia el relato oficial se ha instalado. El resultado es un mercado paralizado, con fabricantes que reclaman explicaciones y conductores que aguantan la respiración a ver si la DGT da un paso atrás o, por el contrario, endurece el control.
De momento, la baliza V16 se ha convertido en el mayor fracaso de producto de seguridad vial en años. Y la pregunta que queda en el aire es si el organismo que dirige Pere Navarro asumirá responsabilidades o dejará que el asunto se pudra mientras los inversores cuentan pérdidas.
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