Mañaco y borracho: la etiqueta según el envase
Hay un jardín, dos cajas de cerveza, tinto de verano y un grupo que lo celebra en casa. Para unos, esa escena es exactamente lo que dice la palabra: beber. Para otros, es la foto de un descontrolado. La misma imagen se convierte en un campo de batalla moral cuando alguien decide que su forma de consumir —o de no consumir— es la única decente.
El choque se agudiza cuando se comparan generaciones y cantidades. Un análisis deja caer que dos cajas de cerveza y unas botellas de vino equivalen a bastante menos alcohol que el que consumían de media los nacidos antes de 1998. El dato no cierra la pelea: lo que para una generación es una sobremesa, para otra es un acto de desmadre.
La superioridad moral no necesita beber
Hay quien se coloca en la posición del mañaco: el responsable, el que celebra con los suyos en el jardín, el que no despilfarra. Y hay quien responde con un eslogan demoledor: «cómprate una vida». Entre ambos extremos circula el grueso de la población, que bebe con moderación sin darle tanta importancia.
El problema no es el alcohol, sino el juicio. Cuando el abstemio desprecia al bebedor y el bebedor devuelve el golpe apelando a la dignidad de la fiesta, el consumo responsable desaparece de la conversación. Queda el sainete.
El dato que descoloca: se discute si dos cajas y unos vinacos son mucho o poco, mientras la media histórica de los mayores seguía estando por encima. Nadie parece dispuesto a aceptar que la frontera entre mañaco y borracho no la fija la cantidad, sino quién mira.