Mia Skylar, fuera de OT: ¿transfobia o falta de talento?
El casting de Operación Triunfo vuelve a ser el campo de batalla donde se mezclan el talento, el morbo y la política identitaria. En esta ocasión, la protagonista es
Mia Skylar, una concursante trans que, según el planteamiento inicial de un forero, era «clara candidata a entrar» y que, por razones que no se explican, no ha superado la criba. La pregunta que sobrevuela el asunto es directa: ¿estamos ante un caso de
transfobia o ante una simple falta de nivel vocal?
El material de partida no ofrece una respuesta oficial. Lo que sí ofrece es un rosario de reacciones que van desde el apoyo incondicional hasta el escarnio más burdo. La propia interesada, según se recoge, ha manifestado que
no va a abandonar su sueño, lo que ha activado una ola de solidaridad en redes. Pero el tono general del asunto dista mucho de ser amable.
El argumento técnico: ¿canta bien o canta mal?
Más allá del ruido identitario, hay un debate técnico que conviene separar. Una parte del análisis sostiene que la voz de Mia Skylar es, sencillamente, mediocre:
afina de forma aceptable y se mantiene en el tono escogido, pero arrastra «vicios horteras» y una actitud que no transmite sinceridad. El veredicto de esta corriente es tajante: fuera del casting desde el primer segundo, con independencia de su condición de género.
En contra de esa lectura, hay quien recuerda que
OT ha tenido concursantes trans que sí pasaron las pruebas, y que en aquellos casos no se aireó su condición. Es decir, el programa no sería estructuralmente hostil, sino selectivo con el talento. La pregunta, entonces, es si el talento de Skylar estaba a la altura o si el filtro se aplicó con un sesgo añadido.
El ruido de fondo: insultos, burlas y un debate envenenado
La conversación se ha contaminado con rapidez. Hay mensajes que se mofan del aspecto físico, de la voz, de la evolución del cuerpo o de la cirugía. Se ha llegado a comparar a la concursante con personajes televisivos del pasado, se ha cuestionado su identidad de género con argumentos biológicos y se ha especulado sobre su orientación sexual. Nada de eso aporta un solo dato sobre su valía musical.
Frente a ese clima, ha surgido una defensa explícita del colectivo trans. El argumento central es que
los suicidios en personas trans se producen por la imposibilidad de transicionar o por el rechazo del entorno cercano, no por el hecho de ser trans. Y se advierte del daño que pueden hacer ciertos comentarios a quienes están pasándolo mal. Es la única parte del asunto que introduce un elemento de responsabilidad colectiva.
La hipótesis política: ¿la descartaron por ser de derechas?
Una de las teorías que circula apunta a un motivo distinto: que
la investigación previa al casting reveló que la concursante es de derechas y que eso bastó para descartarla. Es una hipótesis sin confirmación, pero encaja con la sospecha de que los filtros de estos programas no son solo musicales.
La otra cara de esa moneda es la acusación de victimismo. Hay quien sostiene que el problema no es la transfobia, sino la expectativa desmedida: creer que por el hecho de presentarse a un casting se tiene derecho a ganarlo, a convertirse en estrella y a que el fracaso sea siempre culpa de los demás. Esa línea argumental, dura, también tiene recorrido.
El contexto que nadie discute: un casting masivo y cruel
Conviene no perder de vista lo obvio. A un casting como el de OT se presentan
miles de aspirantes y la inmensa mayoría se queda fuera. Muchos van sin preparación, sin haber ensayado más de una hora y sin haber invertido un euro en formación. El rechazo, en esos casos, no es una tragedia personal: es la norma estadística.
La diferencia es que, cuando el rechazado pertenece a un colectivo históricamente señalado, el rechazo deja de ser anónimo y se convierte en caso. Y ahí es donde el asunto se atasca: no hay manera de demostrar que la condición de género pesó más que la afinación, ni de demostrar lo contrario. El casting no publica actas.