Rory B Bellows
Madmaxista
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De gran locomotora del crecimiento…
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España se ha convertido en el principal motor de crecimiento demográfico de la Unión Europea, con un saldo migratorio que supera a Francia y Alemania combinadas, lo que a su vez impulsa su economía.
Las cifras hablan por sí solas. España se ha erigido como la gran locomotora del crecimiento demográfico en la Unión Europea. No es por un repunte de natalidad ni por revertir el envejecimiento, sino por una oleada migratoria sin precedentes en las grandes economías del bloque. Los últimos datos de Eurostat, correspondientes al 1 de enero de 2026, revelan un saldo migratorio positivo de 582.896 personas en España. Esta cifra no solo es la más alta de toda la UE, sino que representa más de una cuarta parte del total de 2,06 millones de inmigrantes netos que ganó el bloque. Gracias a este flujo, España se acerca a la marca de los 50 millones de habitantes.
Para poner esta cifra en perspectiva, basta una comparación con sus vecinos. España acogió a más inmigrantes que Alemania y Francia juntas. Las dos mayores economías de la UE registraron saldos migratorios de 242.324 y 233.329 personas, respectivamente. La diferencia se acentúa si consideramos el tamaño de cada economía. Italia recibió 295.759 inmigrantes netos, Países Bajos 94.805, Bélgica 75.702 y Portugal 70.862. España, con una población de 49,1 millones a principios de 2025, absorbió aproximadamente el 28% de todo el saldo migratorio positivo de la UE, a pesar de representar solo el 11% de su población total. En otras palabras, el peso de España en el crecimiento migratorio europeo es más del doble de lo que le correspondería por su tamaño demográfico.
La inmigración está logrando lo que la demografía "autóctona" española lleva tiempo sin poder hacer: incrementar sustancialmente la población. Durante 2025, en España se registraron 442.536 defunciones frente a tan solo 321.442 nacimientos, lo que arroja un crecimiento vegetativo negativo de 121.094 personas. Sin la llegada de inmigrantes, España habría visto disminuir su población. Sin embargo, el saldo migratorio, cercano a las 583.000 personas, no solo compensó todas esas muertes, sino que permitió un aumento neto de 461.802 habitantes en un solo año. La práctica totalidad del crecimiento demográfico español proviene, por tanto, del exterior.
Esta situación diferencia radicalmente a España de otras grandes economías de la UE. Alemania, por ejemplo, sufrió una pérdida natural de 352.347 habitantes que su inmigración no logró compensar, terminando con un descenso de 110.023 personas. Italia registró 355.435 nacimientos frente a 651.830 fallecimientos; a pesar de recibir casi 296.000 inmigrantes netos, su población apenas se movió, con una pérdida de 636 habitantes. Francia, aunque con una demografía más equilibrada, vio su crecimiento total, de 229.709 personas, ser menos de la mitad del español. De hecho, España aportó por sí sola alrededor del 65% de todo el incremento de población registrado por la UE en 2025, que ascendió a 705.756 habitantes.
Este vuelco demográfico es clave para entender otra de las exceptionalidades españolas: su robusto crecimiento económico. España lleva años creciendo por encima de Alemania, Francia o Italia, y una de las razones fundamentales reside en la incorporación masiva de población al mercado laboral. En economía, la producción se basa en la combinación de capital, trabajo y productividad. La llegada de cientos de miles de personas, muchas en edad laboral, incrementa significativamente la disponibilidad del factor trabajo: aumenta el número de empleados potenciales, las horas trabajadas, el consumo y, en consecuencia, la demanda de vivienda, alimentos, transporte y servicios. Todo esto ejerce una presión al alza sobre el Producto Interior Bruto (PIB) agregado.
Esto se conoce como crecimiento extensivo: aumentar la producción mediante la incorporación de más factores productivos, en este caso principalmente trabajo, en lugar de lograr que cada trabajador sea más eficiente. Si una economía con diez trabajadores que producen 100 unidades cada uno genera un PIB de 1.000, al incorporar un trabajador adicional que mantiene la misma productividad, la producción sube a 1.100. El PIB crece un 10%, pero la producción por habitante no mejora. Una parte relevante de la divergencia en el crecimiento entre España y sus socios europeos se explica por esta sencilla aritmética.
Esto ayuda a comprender la aparente contradicción entre unos datos macroeconómicos sólidos y una mejora más discreta del bienestar individual. El PIB, el PIB per cápita y, sobre todo, los salarios reales (descontada la inflación) cuentan historias distintas. La incorporación de miles de trabajadores permite a España producir más, pero también aumenta el número de personas entre las que se reparte esa producción, además de generar otros problemas como la escasez de vivienda o la saturación de servicios públicos. Para un incremento sostenido de la renta por habitante, no basta con añadir trabajadores; es necesario elevar la productividad, aumentar el capital por empleado y orientar el empleo hacia actividades de mayor valor añadido.
La composición de la inmigración es crucial en este escenario. La economía española ha demostrado una gran eficacia en la creación de empleo, pero buena parte de esta nueva ocupación se concentra en sectores intensivos en mano de obra y con difícil mejora de productividad, como la hostelería, el turismo, el comercio, la construcción, la agricultura, los cuidados y ciertos servicios. Estas actividades son esenciales y la llegada de trabajadores permite eliminar cuellos de botella y ampliar la capacidad productiva. Sin embargo, muchos de estos sectores presentan niveles de productividad y salarios inferiores a los de industrias intensivas en capital y tecnología. Por ello, un rápido aumento del número de ocupados puede disparar el PIB agregado sin un crecimiento equivalente de la productividad o de los salarios reales.
Existe incluso un segundo efecto que contribuye a la moderación salarial. Una oferta de factor trabajo en constante crecimiento facilita a las empresas la búsqueda de personal y permite la expansión de ciertos sectores sin que la escasez de mano de obra desencadene incrementos salariales significativos. Esto no significa que la inmigración sea la única responsable de la evolución salarial (factores como la productividad, la inflación, la negociación colectiva y la composición sectorial también influyen), pero sí que la incorporación continua de trabajadores amplía la capacidad de la economía para crecer por volumen. España puede producir más porque tiene más brazos, aunque la producción por cada uno de ellos avance a un ritmo más lento.
España se encuentra ante una situación peculiar que probablemente marcará su economía en los próximos años. La inmigración actúa como un potente parche contra el invierno demográfico, impulsa el empleo, sostiene el consumo, amplía la recaudación fiscal y contribuye a que el PIB español avance más rápido que el de otras grandes economías europeas. Sin embargo, este parche no es suficiente para afrontar el futuro, con una generación del *baby boom* que se jubila y una economía global cada vez más competitiva.
El éxito en términos agregados no garantiza automáticamente un aumento del nivel de vida. El verdadero desafío reside en transformar este crecimiento extensivo en intensivo. Esto implica aprovechar el extraordinario aumento de la población activa para elevar la inversión, el capital por trabajador, la formación de estas personas y, sobre todo, la productividad. Porque sumar trabajadores permite hacer una economía más grande; conseguir que cada uno produzca más es lo que, a la larga, hace más ricos a sus ciudadanos.
De gran locomotora del crecimiento…