La subida del oro y la plata dispara los robos en los museos de media Europa
El precio récord de los metales preciosos ha convertido las vitrinas de los museos en cajas fuertes a cielo abierto. La oleada de sustracciones ya ha alcanzado al Louvre, y la lista de objetivos ya incluye piezas de orfebrería y numismática. El cóctel lo completan un mercado negro de antigüedades que funciona por internet y unos sistemas de seguridad que, en muchos casos, llevan una década sin actualizarse.
El talón de Aquiles: seguridad pública con medios privados
La estructura invita al desastre. Los guardias de seguridad son privados y mal pagados, pero los responsables del diseño y la organización de la seguridad son funcionarios —muchos con formación en historia del arte, no en sistemas de protección—. El resultado es un modelo en el que nadie se siente propietario del riesgo. Se instaló un sistema hace diez años y ahí sigue, obsoleto, porque actualizarlo no entraba en el temario de ninguna oposición.
Hay quien sostiene que el problema se resolvería con gestión privada y pone como ejemplo el Palacio de Liria, en Madrid: la Casa de Alba cuida sus obras porque son suyas. Otros replican que la propiedad privada no es garantía, y señalan que algunos museos han abierto restaurantes hasta la madrugada para contentar a un operador privado mientras las piezas siguen expuestas a quien pase por allí.
La solución radical: originales blindados, copias a la vista
Entre las propuestas que ganan peso está la de retirar las piezas más valiosas a depósitos de alta seguridad y exponer reproducciones de calidad. Una buena copia cuesta menos de una décima parte del original y satisface al 99% de los visitantes. El problema, avisan, es que la copia tiene que ser muy buena.
Mientras el oro siga caro y la seguridad dependa de quien aprobó una oposición de historia del arte, la próxima noticia no será un robo más, sino el robo de una pieza irremplazable. A menos, claro, que los museos decidan esconder los originales antes de que sea tarde.