Cara al Sol en Ferraz y el coste de sacar el himno a la calle
Una concentración frente a la sede federal del PSOE, en la madrileña calle Ferraz, incluyó cánticos franquistas como el Cara al Sol, el himno que se asocia a la Falange. No fue una marea humana: las cifras que se manejan en el hilo apuntan a
entre 200 y 300 personas, según el cálculo de uno de los participantes. Y sin embargo el acto generó un eco muy superior a su tamaño. La escena encajaba demasiado bien en un relato que llevaba semanas construyéndose en los dos extremos del tablero político.
Qué pasó en Ferraz y cuánta gente fue
La discusión sobre el número no es menor, porque de él depende la interpretación de todo lo demás. Hay quien lo despacha como
cuatro gatos haciendo el ridículo ante una sede a la que dicen despreciar. Otros replican que no eran cuatro, sino varios cientos, y que reducir el asunto a una anécdota es una forma cómoda de no mirarlo de frente. La horquilla, en cualquier caso, no permite hablar de movilización masiva.
Lo que sí quedó claro es el repertorio. Sonaron cánticos franquistas, con el despliegue de símbolos que suele acompañarlos. Para una parte del público, eso basta para descalificar la protesta entera. Para otra, entra dentro de lo que consideran
libertad de expresión: si se puede entonar la Internacional, sostienen, no hay motivo para impedir el Cara al Sol. El argumento tiene su lógica formal y su trampa evidente. Un himno no es solo música.
El problema de la transversalidad
Aquí aparece el primer punto de fricción serio, y no enfrenta a los dos bandos de siempre, sino a quienes comparten el rechazo al Gobierno. La tesis dominante en ese sector es que episodios así
dinamitan cualquier intento de construir un movimiento amplio. Con unos y con otros, viene a decirse, es imposible que exista en España una protesta transversal.
Quien está arriba, añaden, puede estar tranquilo.
El razonamiento es sencillo y difícil de rebatir: cualquier protesta asociada visualmente con el himno falangista pierde de golpe a toda la franja de votantes moderados que podría simpatizar con el malestar económico. Se gana intensidad y se pierde volumen. Otros van más lejos y sospechan que la operación beneficia directamente al Gobierno, porque le permite etiquetar como extremista a cualquiera que proteste.
Encantado, resumen.
La pulla de Sánchez sobre Eurovisión
Ese diagnóstico cobró fuerza cuando, según una cita que circuló por redes sociales, el presidente del Gobierno comentó la canción que iba a representar a España en Eurovisión.
«Entiendo que a la fachosfera le hubiera gustado tener el Cara al Sol, pero a mí me gustan más este tipo de canciones», decía la cita. Unos lo leyeron como una ocurrencia de sobremesa. Otros, como la confirmación de que el episodio se estaba usando como arma política.
Conviene reparar en un detalle que se pasa por alto. Al equiparar cualquier crítica con el himno falangista, el mensaje oficial estrecha el espacio de quienes quieren protestar sin ser identificados con ese imaginario. Y eso, paradójicamente, puede acabar reforzando a los grupos que reivindican el símbolo sin complejos.
La profecía se cumple sola, y la escriben dos.
¿Eran falangistas o franquistas? El pleito histórico
Buena parte de la discusión derivó hacia un terreno más antiguo: qué fue la Falange y qué le hizo el franquismo. La postura más repetida sostiene que
el régimen fagocitó y vació el falangismo original, hasta el punto de que, según un participante, los falangistas auténticos nunca fueron franquistas. La prueba que se cita es la misma: José Antonio Primo de Rivera fue fusilado y
Franco pudo haberlo salvado pero prefirió quedarse con su cara para las escuelas.
La defensa es tan apasionada como discutible. Hay quien rebate recordando que el falangismo original no era precisamente inofensivo, y el intercambio acaba derivando, como casi todo, hacia la Guerra Civil. La conclusión que queda flotando es incómoda: cada bando reclama un pasado que el otro considera inventado.
Franco, la Segunda Guerra Mundial y el abrazo con Eisenhower
El tramo final se centró en la supuesta astucia del dictador. El argumento, expuesto con detalle por un participante, es que mientras
media Europa se alineaba con el Tercer Reich tras la caída de Francia, Franco se puso de perfil porque intuía que Reino Unido y su imperio seguían en pie. Los dirigentes que eligieron bando acabaron, unos, muertos, y otros con sus países ocupados por la Unión Soviética. Franco murió en la cama y,
18 años después, se abrazaba con Eisenhower.
La réplica llega por la vía cronológica: la CIA no existía en 1940, así que atribuir a esa agencia la supervivencia del régimen se cae por su base. El contraargumento no niega el dato —Franco sobrevivió— pero discute la lectura. No fue una jugada maestra, sino la suma de oportunismo, represión interna y tolerancia interesada de los vencedores. La historia la cuentan los que se quedan.
El dato que se cuela en la trinchera
Queda un cabo suelto que conviene no perder: en un tramo del intercambio se menciona una cifra de
400 millones que se van a recibir, en un contexto de protesta agraria que se solapa con el simbólico. El vínculo entre el malestar del campo y una concentración con himnos falangistas es, como poco, forzado. Pero el dato sirve para recordar que detrás de la anécdota late un descontento más amplio. Y ese es el que no conviene confundir con
cuatro gritos.
¿Fue el Cara al Sol en Ferraz una torpeza aislada de un grupo de nostálgicos, o el síntoma de algo con más recorrido del que interesa admitir? Los dos lados creen tener la respuesta. La única certeza, de momento, es que una protesta de unos pocos cientos de personas ha ocupado un espacio muy superior al que le concede su número. En política, eso nunca sale gratis.