La fe del ateo y la fe del teísta: nadie tiene la prueba
Hay una paradoja que recorre este asunto de arriba abajo: quien niega a Dios suele exigir al creyente una prueba empírica que él mismo no puede aportar sobre su propia tesis. La discusión arranca con una definición que incomoda a los dos bandos: la fe no es credulidad ciega, sino confianza basada en algún indicio, en una percepción o impresión personal. Bajo ese prisma, el ateo también cree. Cree que la materia inconsciente, moviéndose según leyes, produjo de alguna manera al sujeto que piensa, siente y escribe.
El argumento central que sostiene la posición teísta es de una simplicidad casi brutal: de donde no hay no se puede sacar. Si la inconsciencia no contiene consciencia, combinarla no la genera. Se rechaza de plano la comparación con los colores —mezclar azul y amarillo da verde— porque ahí se habla de esencias, no de mezclas. La conclusión que se extrae es que la consciencia no puede ser un epifenómeno de la actividad material, sino al revés.
Qué dicen los que defienden la materia como origen
La respuesta desde el otro lado no se hace esperar, y tiene dos patas. La primera es la prudencia: ante un fenómeno que la neurociencia no ha explicado —el salto de lo físico a lo consciente—, lo razonable es no rellenar el hueco con una entidad ad hoc. La segunda es la acusación de reduccionismo: sostener que todo es consciencia es tan burdo como sostener que todo es materia, y Platón ya superó esa trampa con el principio de symploké, según el cual ni todo está conectado con todo ni todo está desconectado.
Ahí aparece el reproche de que la postura contraria también es una fe ciega. No hay pruebas de que la consciencia sea un epifenómeno, igual que no las hay de una consciencia creadora. La diferencia, se argumenta, es que una tesis propone un ser nuevo y la otra se limita a constatar lo que hay.
El software que rige el universo y la pregunta que nadie contesta
El tramo más interesante del asunto llega cuando se traslada el problema al terreno de las leyes físicas. Si existe un conjunto de propiedades, instrucciones o información que gobierna el comportamiento universal de la materia —y negarlo equivale a negar la propia Ciencia, cuyo objeto de estudio es precisamente eso—, la pregunta es si tras ese software hay una intención o no la hay. Quien sostiene la tesis teísta responde que no puede existir un software capaz de construir criaturas conscientes sin una causa consciente. Es la misma lógica de antes, aplicada al cosmos entero.
La contraofensiva es demoledora en su sencillez: postular una consciencia creadora para llenar un vacío ontológico es tan gratuito como postular gnomos en la Antártida. Hasta que no haya pruebas empíricas, todo lo demás es ruido de palabras.
La moral atea y el argumento del asesino de niños
En el terreno práctico, alguien lanza el envite más incómodo: si el ateo es coherente con su cosmovisión, no tiene base para indignarse ante un asesino de niños, porque el asesino es igual que cualquiera, solo le tocó por azar ser lo que es. La respuesta implícita es que la moral no necesita un legislador trascendente para funcionar, pero el golpe queda lanzado y nadie lo recoge del todo.
El cierre que no cierra
Al final del recorrido, la conversación deriva hacia la física de John Archibald Wheeler y hacia el idealismo de Kastrup, que defiende que solo existe una única conciencia cósmica de la que cada uno de nosotros sería un álter disociado. La materia, en esa lectura, no sería más que la apariencia extrínseca de procesos mentales. Y aparece una segunda vía: algo no puede surgir de la nada, luego tiene que existir algo que nunca empezó a ser y que nunca podrá dejar de ser lo que es. Un SOY eterno e inmutable.
La pregunta sigue en el aire, y probablemente seguirá: ¿puede no tener causa consciente un software capaz de construir criaturas conscientes? Nadie ha demostrado que sí. Nadie ha demostrado que no.